0. El lenguaje de las cúpulas


Hay campanas viejas y oxidadas. Se las reconoce porque su voz es ronca y apenas llega desde lejos. Cuando suenan, la ciudad se viste con un aire sagrado y los siglos empiezan a temblar.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 9 mayo, 2016


Vivir en Roma es escuchar sucesivamente el repique de las campanas por todos lados. Conversaciones desde lo alto de la ciudad. Palabras metálicas que solo entiende quien se para, contempla y descifra desde una terraza, este dialecto eterno de los campanarios.

Hay campanas viejas y oxidadas. Se las reconoce porque su voz es ronca y apenas llega desde lejos. Cuando suenan, la ciudad se viste con un aire sagrado y los siglos empiezan a temblar. Se las descifra porque son oscuras y pasan desapercibidas a los turistas y a los policías. Luego hay campanas jóvenes que traen consigo rumores del Barroco. Estas son las que mejor se escuchan. Suelen tener, desde la mañana hasta el atardecer, largas conversaciones. De una cúpula a otra el repique fluye como un río paralelo que fuera por el cielo. En realidad, el Tíber es un espejo del lenguaje de las campanas hecho agua.

Cúpulas de San Rocco (Pequeña) y San Carlo al Corso (Grande)

Cúpulas de San Rocco (Pequeña) y San Carlo al Corso (Grande)

Pero también hay campanas de mármol. Estas no suenan. Solamente se pueden ver al anochecer, cuando la ciudad se acuesta y olvida su pose de bella engalanada, y saca a relucir su verdadero rostro. Es la Roma de las cascadas, de las plazas solitarias sin palomas, de las calles sin coches y de las caricias a deshora.

Desde la terraza en la que vivo de prestado, yo siento todas las campanas de la ciudad. A veces me acerco a la balaustrada e intento traducir sus conversaciones. Cuando ya atardece y la ciudad se hace incendio, bajo a confundirme como un viandante más, hasta que la oscuridad me atrapa.

Monumento de Vittorio Emanuele II

Monumento de Vittorio Emanuele II

Pero ese es el mundo de las alturas. Abajo, a ras de suelo, hay una ciudad que pide ser descubierta a cada metro y que tiembla cada vez que se abre una puerta o se cierra una ventana. La llaman Roma.

Uno cree estar inmerso en una selva de calles cortadas a la medida caprichosa de los siglos. Gira a la izquierda y se pierde ante una columnata: es una sastrería, donde además, reparan el calzado. Siguiendo recto se puede encontrar una fuente. El agua es fresca y buena. Un grupo de turistas toma una pausa y mira las fotografías que nunca verán al volver a casa. Se alejan y el surtidor de agua sigue derrochando su lenta música líquida. Bajo el asfalto de Roma se encuentra la doble belleza que esconde el otro lado del espejo. Galerías de aguas claras sin turistas ni atascos, sin el petróleo del tiempo sobre el mármol. Apenas unos metros de paseo y una plaza con forma de violín se aparece. Sale incienso de sus iglesias. Algunos rezan y otros las fotografían.

Pero la ciudad fue hecha para caminar sin prisas, deteniéndose en cada esquina como si fuera la última vez que vieran la belleza. Rafael Alberti estuvo a punto de morir en sus calles. Sobrevivió al tráfico, a los adoquines irregulares, a los puentes cambiantes, a las dos orillas del Tíber, a la enfermedad de los orines por las esquinas, y sobre todo, sobrevivió a la belleza desatada, al incontrolable movimiento de una ciudad que vive en el éxtasis, y que está siempre al borde de morir en él. El poeta inglés, John Keats, en cambio, murió una mañana de Febrero entre sus calles, extasiado, escupiendo sangre por las esquinas, siendo aún descaradamente joven.

Cúpula de Sant'Agnese

Cúpula de Sant’Agnese

No hay profeta que año tras año no vaticine la destrucción de esta ciudad: el tráfico, la polución, los turistas, la nueva línea de metro (las obras duran ya quince años), los políticos y los romanos, que con su carácter agrio y desapacible, luchan día a día por hacer de esta ciudad un lugar inhabitable. No lo consiguen. Roma es tan misteriosa que siempre se salva en el último momento.

Así la vamos a vivir paso a paso, metro a metro y día a día, bajo el sol que transforma las cúpulas en chimeneas, los cardenales en chicas bonitas con escotes, los automóviles en galerías donde, por no pasar, no pasa ni el silencio, y las grandes colas y hordas de turistas en terrazas solitarias donde escuchar el lenguaje de las campanas. Caminemos tranquilamente por su historia y por sus historias. Dejémonos llevar por sus gentes y por sus tumbas. Entremos a sus museos y llenemos sus bares, así podremos confundirnos, al final de todo, entre el lento caminar de sus siglos.

Foto principal: Panorámica de la orilla derecha del Tíber

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