11. No es un violonchelo. Es la santa


En Agosto de 1981, tal vez en el bochorno de los veranos caribeños, o en el bullicio de Coyoacán, entre palmeras y banianos, Gabriel García Márquez escribía uno de sus relatos más impactantes, La santa.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 24 mayo, 2016


“Veintidós años después volví a ver a Margarito Duarte. Apareció de pronto en una de las callecitas secretas del Trastevere, y me costó trabajo reconocerlo a primera vista por su castellano difícil y su buen talante de romano antiguo. Tenía el cabello blanco y escaso, y no le quedaban rastros de la conducta lúgubre y las ropas funerarias de letrado andino con que había venido a Roma por primera vez, pero en el curso de la conversación fui rescatándolo poco a poco de las perfidias de sus años y volvía a verlo como era: sigiloso, imprevisible, y de una tenacidad de picapedrero. Antes de la segunda taza de café en uno de nuestros bares de otros tiempos, me atreví a hacerle la pregunta que me carcomía por dentro.

-¿Qué pasó con la santa?”

En Agosto de 1981, tal vez en el bochorno de los veranos caribeños, o en el bullicio de Coyoacán, entre palmeras y banianos, Gabriel García Márquez escribía uno de sus relatos más impactantes, La santa. Margarito Duarte, colombiano, nacido en uno de los pueblos colgados de los Andes, viaja a Roma para lograr la canonización de su hija. Años atrás, su mujer había fallecido en el parto. Su hija, criatura hermosa, también había sucumbido a unas fiebres. Tenía siete años, y once años después de su muerte, debió trasladar sus restos por reformas en el cementerio. Su padre comprobó que su cuerpo estaba incorrupto, que el aroma de las rosas no se había desvanecido, y que su figura, intacta, hermosa, no pesaba. De esta forma, el padre cargará por Roma con el cadáver de su hija en un estuche de piel.

Muchos años antes, a principios de la década de los cincuenta, García Márquez llegaba a Roma como corresponsal del periódico El Espectador. Lo habían mandado ante la inminente muerte de Pio XII. El propio escritor bromeaba pasados los años. Esperaba llegar a una ciudad enlutada por el inminente fallecimiento, y se encontró al papa pescando en Castelgandolfo, a pocos kilómetros de la ciudad. Su primer artículo escrito en Roma habla del ataque de hipo que estuvo a punto de costarle la vida al Santo Padre. Aún sin saberlo, García Márquez estaba a punto de descubrir una ciudad a la altura de su propia imaginación.

Fotograma de Milagro en Roma, (1989), basada en el relato de Gabo

Fotograma de Milagro en Roma, (1989), basada en el relato de Gabo

Su primera residencia será un pequeño hotel situado en la via Nazionale. Desde el balcón de su habitación podía ver las ruinas del Coliseo, firmes contra el suelo, soportando el tráfico que las circundaban de un lado para otro. Incansable periodista, buscó por todos los medios entrevistar al papa, pero no lo logró. En una de las eternas audiencias papales, García Márquez cuenta que la policía encontró el cuerpo decapitado de una joven. Se encontraba en Castelgandolfo, y todos temían que la cabeza apareciera a las pocas horas, flotando en lago tan santo.

Qué duda cabe que todas estas historias, todo este ambiente que cabila entre lo misterioso y lo humano, entre lo divino y lo real, entre lo mágico y lo sugestivo, fue un campo de cultivo para lo que debía de ser una de las narrativas más decisivas de la lengua castellana.

Gabo en uno de sus últimos viajes a Roma

Gabo en uno de sus últimos viajes a Roma

García Márquez se perdió en Roma en busca de una ciudad que se escapaba de sus manos. No es el escritor consagrado que se deja llevar el que encontramos por la ciudad. Es otro. Es apenas un joven que se hipnotiza con las esquinas color salmón y con las tumbas del suelo. Pero sobre todo, García Márquez aún no sabe que su destino es la escritura. Llega a Roma con el sueño de convertirse en un cineasta renombrado. Toma clases en una escuela de cine. Conoce a Zavattini, uno de los padres del cine neorrealista italiano, y acude varias veces a cubrir el Festival de Cine de Venecia. Uno de sus profesores pudo ser el mismo Federico Fellini. Amarcord, obra maestra e inimitable, está hecha de la misma substancia que Macondo. Ambos genios entendieron que el realismo mágico parte de la esencia humana, y la supera hasta llegar a lo sobrenatural.

Porque la Roma que describe García Márquez en sus crónicas está llena de ecos macondianos. Esa ciudad que existe en su escritura, en realidad había nacido, como Roma, antes de que el tiempo le pusiera nombre.  Esta Roma de García Márquez es real, es cotidiana. Es la ciudad de todos los días, porque  quien no haya visto un entierro por el Trastevere, en la caída del sol, atravesando terrazas de cervezas y flores, no sabe lo que es Roma. Porque quien no haya visto un papa devorado por las hormigas y el hipo no sabe lo que es Roma. Porque quien no haya visto el cuerpo de una niña muerta, aún más bella que la vida, no sabe lo que es Roma.

Gabo leyendo un periódico

Gabo leyendo un periódico

Décadas después, el escritor colombiano vuelve a Roma, esta vez como viajero, y se derrumba al ver que la memoria no resiste bien los vendavales. En los últimos párrafos de La Santa lo describe de forma magistral:

“Volví a Roma veintidós años después de conocer a Margarito Duarte, y tal vez no hubiera pensado en él si no lo hubiera encontrado por casualidad (…) Los árboles de la Villa Borghese estaban desgreñados bajo la lluvia, el galoppatoio de las princesas tristes había sido devorado por una maleza sin flores, y las bellas de antaño habían sido sustituidas por atletas andróginos travestidos de manolas. El único sobreviviente de una fauna extinguida era el viejo león, sarnoso y acatarrado, en su isla de aguas marchitas. Nadie cantaba ni se moría de amor en las tractorías plastificadas de la Plaza de España. Pues la Roma de nuestras nostalgias era ya otra Roma antigua dentro de la antigua Roma de los Césares.”

Vasco Szinetar fotografiando a Gabo

Vasco Szinetar fotografiando a Gabo

En un momento del cuento, el padre que vagaba desesperado por las calles de la ciudad enseñando el cadáver de su hija, guardado en un estuche de piel, se sienta cerca de un griego, estudiante del barrio del Trastevere. Este le pregunta si tocaba el violonchelo. El padre, que apenas sabía italiano, le responde con frialdad que no es un violonchelo, sino una santa, y le muestra el cadáver incorrupto de su hija. Esto es Roma, un cadáver bello, descrito por el mejor de los escritores.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

 

meme-lelpicoesquina

meme-aquiencorresponda

meme-hablandobajito2

meme-todoquedaencasa

meme-laimpertinenciaconstatnte

meme-tecnolorca

meme-hayqueseguir

meme-lapalabraembrujoazahar

meme-unaciudadmuchasrealidades

meme-pokerdebastos

meme-porelarticulo33

meme-lapielquequieres

meme-reflexionescontigo

meme-cafe-digital-con-juan-bermudez

 

Talleres Periago - Cardiograma