12. Piazza del Popolo I. En el nombre de Satán


Las voces en esta ciudad corren, se cuelan en todos los rincones y se esparcen por cada casa en cada conversación. Se decía que el nogal se llenaba de diablos a ciertas horas de la tarde y crecían de sus ramas rostros deformes y enloquecidos.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 25 mayo, 2016


Al norte de la ciudad, un siglo antes de que se construyeran las murallas Aurelianas que hoy en día vemos, en el extremo del Campo de Marte, un sepulcro custodiaba las cenizas del emperador Nerón, llamado el Sepolcro dei Domizi. Irónico final para el gobernador de Roma, a quien se le atribuye la quema de la ciudad: él que hizo de la urbe un conjunto de cenizas, acabaría formando la misma substancia para la eternidad.

Inicio de Via del Corso desde Piazza del Popolo

Inicio de Via del Corso desde Piazza del Popolo

El debate sobre la quema de Roma a manos de Nerón es tan incierto como su propio rostro. El cine americano ha ayudado poco a esclarecer la cuestión. La visión que tenemos de Nerón es la de un loco obeso que incendia la ciudad para satisfacer una vena artística desmesurada. Nerón agarra la lira y mientras los templos caían entre nubes de llamas, recita unos versos improvisados. Esa caricatura es tan alejada de la realidad como el olor de aquellas hogueras. Hoy en día se sostiene poco la visión de ese Nerón enloquecido que quema Roma por interés poético. Roma aún era un conglomerado de casas de madera que los Julio-Claudios se encargarían de hacerlas mármol. Más podría tratarse de una operación urbanística para abrir nuevos barrios más saneados.

Obelisco de Piazza del Popolo y via del Corso

Obelisco de Piazza del Popolo y via del Corso

Pero con incendio o no, lo que sí está claro es que Nerón empezó la persecución contra los cristianos desde el momento en que la culpa recayó en esta pequeña secta del judaísmo. Aquellos pobres esclavos que se ocultaban bajo la tierra habían descubierto una nueva fe, basada en la solidaridad entre ellos, en el trabajo, en la creencia de un paraíso extratemporal, e iban a ser perseguidos durante siglos. Pocos hubieran vaticinado que aquellos iluminados obcecados iban a convertirse en el aparato ideológico de los siglos venideros, en la espada y en la pluma de la ciudad más importante de la Historia.

Aquel lugar al norte de la ciudad se convirtió con el tiempo en la puerta principal para todos los bárbaros que debían asolar Roma en los siglos oscuros y de decadencia del Imperio Romano. Aún no era una plaza reconocible, sino un descampado, lugar propio para los mosquitos que portaban la malaria a causa de las crecidas del Tíber. En el centro se erigía un nogal que tenía el mismo tiempo indeterminado que las primeras piedras de la ciudad, a pocos metros de donde reposaban las cenizas de Nerón. El emperador se había convertido con el paso de los siglos en el símbolo mismo del demonio, una encarnación del Ángel Caído sobre la tierra. Y el epicentro del mal se encontraba en ese nogal que se erigía elegante y oscuro sobre la palude romana. Las malas lenguas decían que el fantasma de Nerón se paseaba, sin túnica blanca, y espantaba a la plebe.

Piazza del Popolo y el inicio de las tres vias principale, el Babuino, el Corso y Ripetta

Piazza del Popolo y el inicio de las tres vias principale, el Babuino, el Corso y Ripetta

Las voces en esta ciudad corren, se cuelan en todos los rincones y se esparcen por cada casa en cada conversación. Se decía que el nogal se llenaba de diablos a ciertas horas de la tarde y crecían de sus ramas rostros deformes y enloquecidos. Con el paso del tiempo, los romanos empezaron a acudir a los pies del nogal a hacer ritos satánicos, a pasear en silencio para escuchar los dictados del mismo demonio y glorificar la memoria del emperador que intentó abrasar la cruz de Cristo. La moda se fue de las manos y Roma se convirtió en un nido de hombres que veían el Apocalipsis floreciendo de aquel nogal, y la superstición hizo insoportable la paz del pueblo romano.

Muy lejos de allí, en 1099, Jerusalén viene liberada de la Media Luna. Los costes de aquella cruzada fueron pagados por el pueblo romano, ajeno tal vez a todas aquellas guerras de las que poco se sabía, y con las que tan poco se ganaba. Para conmemorar tamaña victoria, el papa Pascual II, aprovechando el estado de caos en el que se había sumado la ciudad, ordena construir una primitiva capilla que recordara para siempre el hecho histórico.

El papa Pascual II vio ante sus ojos la ocasión de resolver dos problemas a la vez. Terminando el siglo XI, envuelta Roma y Europa en siglos inciertos, el papa acudió con un ejército de cardenales y practicó un exorcismo al nogal, que posteriormente fue talado y quemado bajo letanías y ráfagas de agua bendita. En última instancia, los cronistas llegan a decir que el fantasma de Nerón se elevó sobre el nogal y dio vueltas sobre toda la ciudad hasta que la palabra divina logró dominar al espíritu iracundo. Posteriormente, las cenizas de Nerón fueron desenterradas y tiradas al río. El fantasma de Nerón no se volvió a levantar de su sepulcro, y el norte de Roma pudo reposar tranquilo. Era el momento de convertir en eternidad aquella extensión abandonada de Roma.  Se ponía la primera piedra de lo que con el paso de los siglos llamarían Santa Maria del Popolo.

Foto Principal: Porta Flaminia y Santa Maria del Popolo

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