13. Piazza del Popolo II: en el nombre de Dios


Porque fue el arte quien verdaderamente se encargó de exorcizar la memoria de lo satánico y las raíces de la superstición, encarnadas en aquel nogal neroniano.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 26 mayo, 2016


Miguel de Cervantes, aún joven, sin ninguna guerra por contar en sus espaldas, con la mano izquierda vigorosa y con un pasado oscuro dejado en una calle de Sevilla, entraba por la Porta Flaminia en Roma. Apenas había cumplido 25 años y la plaza del Popolo era el lugar donde las carretas descargaban la mercancía y las bestias reposaban famélicas al sol. Estamos a finales del siglo XVI, y en una esquina de la plaza ya se podía vislumbrar una iglesia que poco a poco tomaba forma.

La muerte, a través de unos barrotes

La muerte, a través de unos barrotes

Rafael Alberti asume los ojos del mejor escritor castellano y en un poema breve describe su entrada a la ciudad santa:

Cervantes entró en Roma por la Porta del Popolo.

“¡Oh grande, oh poderosa, oh sacrosanta

alma ciudad de Roma!”,

le dijo, arrodillándose,

devota, humildemente.

Pero Cervantes aún no era Cervantes, y a Roma ya se le estaba empezando a poner el tono sobrio y majestuoso que tiene hoy en día. Porque si hay algún rincón de esta ciudad que represente la transformación profunda que sufrió el arte en el siglo XVI, debemos entrar nada más atravesar la Porta Flaminia a Santa Maria del Popolo.

Morte ad Caelos, de Bernini

Morte ad Caelos, de Bernini

Porque fue el arte quien verdaderamente se encargó de exorcizar la memoria de lo satánico y las raíces de la superstición, encarnadas en aquel nogal neroniano.  Desde aquella primitiva capilla que mandara construir  el papa Pascual II, Santa Maria del Popolo ha sido un constante centro de creación. Hogar de todas las tendencias, refugio de los mejores artistas de su tiempo, en el siglo XV empezó a construirse una basílica con aire renacentista. En este momento, los gloriosos nombres de Rafael y Bramante tomaron la responsabilidad de convertir una iglesia creada contra la superstición en una obra memorable para los ojos de los viajeros, que día a día descubrían una pequeña parcela del paraíso.

Fachada de Santa Maria del Popolo

Fachada de Santa Maria del Popolo

El resultado fue la Capilla Chigi, que es en sí una pequeña iglesia dentro de la basílica. Ideada por Rafael, la cúpula quiere ser un trasunto del cielo, con un azul que solo podemos encontrar en los poemas del propio Alberti. En el pavimento, justo en el centro del eje de la cúpula, un mosaico en mármol lleva la efigie latina Mors Ad Caelos (Muerte desde el Cielo), diseñado por Bernini. Aquella muerte alada que recibe al viajero, al que va a contemplar la tumba de otro cardenal romano. A los lados, esculturas del mismo Bernini se dejan encandilar por la luz cegadora que proviene de la cúpula. El profeta Habacuc, sorprendido por la llegada de un ángel, transforma un espacio puramente renacentista en una celebración barroca. No cabe más arte en esa capilla. No caben más nombres memorables entre sus muros.

Panorámica de la cúpula de la capilla Chigi, de Rafael

Panorámica de la cúpula de la capilla Chigi, de Rafael

Avanzando hacia las profundidades de Santa Maria del Popolo, aún se nos regalan dos momentos intensos antes de abandonar el templo. Al llegar a la altura del altar mayor, encontramos la Capilla Cerasi, a oscuras, y apenas notada por la mayoría de turistas y peregrinos. Es entonces cuando uno debe sentarse y asumir que no existe el resto del mundo. Si se afina la vista y se concentra, aquellos dos cuadros que están en la penumbra empezarán a formarse, poco a poco, como la mejor de las revelaciones. A la izquierda, tres pobres diablos están atando a un señor envejecido a una cruz. Lo cuelgan del revés, y el hombre apenas puede extender el brazo. Sus músculos ya han dado demasiado de sí. A la derecha, un soldado romano cae del caballo, y justo antes de ser aplastado por sus patas, un hombre salido de una taberna a altas horas detiene el movimiento del caballo. Hablamos, por supuesto, del Martirio de San Pedro y de La conversión de San Pablo, de Caravaggio. Dos hombres, frente a frente, entre la oscuridad.

Placa conmemorativa de los carbonaros ajusticiados en Piazza del Popolo

Placa conmemorativa de los carbonaros ajusticiados en Piazza del Popolo

Si afuera todo es bullicio, tráfico, calurosos hombres que venden sombreros y sacerdotes estigmatizados fumando cigarrillos mentolados, en el interior de Santa Maria del Popolo el único sentimiento que se percibe es la soledad y el equilibrio. Sin embargo, el fuego del infierno no se extinguió con el agua bendita del exorcismo de Nerón ni con la expresión artística suprema de la basílica. El 23 de Noviembre de 1825, dos carbonaros, Angelo Targhini y Leonida Montanari, fueron decapitados en Piazza del Popolo por reunirse secretamente y declarar que no creían en Dios. Hoy en día son pocos los que perciben una placa, apenas visible, frente a Santa María. Su pecado fue no reconocer el poder terrenal del papado. No creer en más dios que el de la razón. Parece una historia medieval, pero hablamos del siglo XIX.

Piazza del Popolo es hoy en día uno de los lugares más transitados de la ciudad. Da inicio y fin a tres vías que atraviesan el centro como si se tratasen de venas que portan viajeros y hombres ministeriales. Via del Corso al centro, lugar de antiguas carreras de caballos, que lleva directamente a Piazza Venezia; Via del Babuino, que transcurre hasta las escaleras más bellas del mundo, las de Piazza Spagna; y Via di Ripetta, hasta el encuentro con el Ara Pacis, Mausoleo de Augusto.

Así giran los tiempos. Así se revierten los siglos. Unos pocos nombres bastaron para convertir una tierra pantanosa donde campaban el cólera y los fantasmas en el epicentro de la belleza.

Foto principal: El profeta Habacuc, de Bernini

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