14. El Moisés o la escultura que no valió la pena


El recién nombrado Julio II quería ser recordado para la posteridad. En Marzo de 1505, llama a un joven escultor que vivía bajo el amparo de los Medicis, en Florencia. Miguel Ángel Buonarroti apenas contaba con treinta años cuando acepta la llamada del papa...

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 27 mayo, 2016


Pocos eran los que a principios del siglo XVI querían ser enterrados en San Pietro in Vincoli. En lo alto de una colina, de difícil acceso y rodeada de viviendas malhadadas donde se mezclaban las ruinas de lo que un día fue un imperio, la trashumancia del ganado y el podredumbre de los barrios periféricos, una pequeña iglesia de corte paleocristiano se erigía venciendo al tiempo, custodiando las cadenas con las que San Pedro fue hecho prisionero, tras volver a Roma por la Appia Antica.

No era un lugar, por supuesto, en el que Giuliano della Rovere soñara reposar para el resto de la eternidad. El cardenal era un hombre siniestro, colérico, que nadaba mejor en las aguas turbulentas de la política que en los silencios de la oración. Se define mejor como un príncipe renacentista que como un hombre de Dios. Ávido de poder, quería transformar a los Estados Papales en una potencia militar que asumiera el poder de toda la península itálica. Enemigo descarnado del Papa Borgia (Alejandro VI, el último español en sentarse en la cátedra de San Pedro), fue elegido papa en 1503 bajo el nombre de Julio II, y, paradojas de la vida, fue cuando llegó Miguel Ángel a Roma.

Escalinata que sube hasta San Pietro in Vincoli

Escalinata que sube hasta San Pietro in Vincoli

El recién nombrado Julio II quería ser recordado para la posteridad. En Marzo de 1505, llama a un joven escultor que vivía bajo el amparo de los Medicis, en Florencia. Miguel Ángel Buonarroti  apenas contaba con treinta años cuando acepta la llamada del papa y se traslada a Roma para llevar su estilo de líneas sobreexpuestas y llenar las iglesias de movimientos fuertes y cuerpos musculados. Hombre ya acostumbrado a las cortes y a tratar con las altas estancias del poder, iba a encontrar en Julio II su alter ego político, el mecenas que debía convertirlo en el artista más esencial que pisara Roma.

Sería el trabajo de su vida y así se lo planteó Della Rovere. Diseñaría el mausoleo más impresionante que se hubiera construido hasta la fecha. Julio II pensó ser enterrado en un lugar que impresionara a todos los cristianos de cualquier época, un monumento que definiera el nuevo modelo político y religioso, y que convirtiera el recuerdo del propio papa en imborrable.  Tras ver la escultura de La Piedad, el pontífice no dudará en llamar a Miguel Ángel.

Sepulcro de Julio II

Sepulcro de Julio II

El proyecto original debía tener más de 11 metros de alto y 7 de ancho, con tres niveles diferentes en donde se vislumbraran esculturas de esclavos, profetas, San Pablo y Moisés, estando el sepulcro de Julio II en el interior de dicho mausoleo, con un presupuesto que excedía de largo cualquier obra que se haya realizado anteriormente. Se situaría en el centro de la antigua basílica del Vaticano.  Sin embargo, los tiempos corrían demasiado deprisa y Julio II tenía demasiada grandeza en sus dominios.

 Si San Pedro había creado la Iglesia Católica Romana desde las catacumbas, él quería edificar una nueva Iglesia basada en el arte renacentista que había nacido en Toscana. Proyectó  construir la basílica más grande jamás creada, en el lugar del martirio de San Pedro, un templo que se viera desde todos los puntos cardinales de Roma. Llamó a Bramante para diseñar la basílica y el presupuesto de aquel mausoleo mortuorio sufrió su primer recorte económico.

El Moisés desde un lado

El Moisés desde un lado

Por aquellos tiempos, Miguel Ángel ya había terminado de hacer su Moisés, con esa mirada terrible y serena, denunciando hacia un lado, con el gesto tenso de quien se va a levantar, con las Tablas de la Ley a punto de ser lanzarlas contra una roca, tras ver a su pueblo adorando un becerro de oro. Su taller se encontraba al otro lado de los foros de Trajano, no muy lejos del lugar donde vivían las ratas.

En 1508, otro proyecto distrae a Miguel Ángel del sepulcro. Debía ser el mayor espacio artístico de la cristiandad, donde se reflejara el hombre nuevo que había nacido con el Humanismo. Costó 3000 escudos y tras cuatro años de penosos trabajos el genio florentino pudo acabar su obra. Hablamos de la Capilla Sixtina, ese lugar donde el cielo y la tierra se acercan hasta la distancia ínfima del dedo índice de Dios y Adán. Della Rovere no acabó muy contento con el resultado, pero el tiempo seguía pasando y su tumba, cada vez más cerca, aún estaba apenas iniciada.

En pleno proceso artístico, el papa Julio II muere, sin ver acabado su mausoleo y los nuevos pontífices no compartirán el entusiasmo que Della Rovere puso en la realización de su tumba. León X redujo a la mitad el proyecto, y Adriano VI, último papa no italiano hasta Juan Pablo II, se dedicó más a las intrigas que a la conquista del arte en su breve papado. Clemente VII dará el estoque definitivo a una tumba que buscaba ser terminada, aunque su huésped llevara dos décadas muerto. Miguel Ángel deberá negociar con la familia del antiguo papa otro lugar para colocar su mausoleo. San Pedro del Vaticano quedaba cerrado por el recuerdo de quien un día fue Julio II.

Detalle del brazo del Moisés

Detalle del brazo del Moisés

Con Paulo III, a Miguel Ángel le cancelarán los restantes trabajos encargados por Julio II, y ocuparán su tiempo las nuevas obras de la cúpula de San Pedro del Vaticano.  Quedará como resultado final un sepulcro espléndido, pero comparable con el de otros cardenales que se esconden en tantas capillas e iglesias romanas. Serán dos los niveles finales, con las esculturas de Raquel y Leah rodeando a Moisés.

El 12 de Febrero de 1610, los restos de Julio II serán trasladados finalmente a San Pietro in Vincoli. El papa Della Rovere no podía saber que gracias a su sepulcro, años después, todo el mundo quería ser enterrado allí. El propio Miguel Ángel nunca verá el éxito de su obra, que él mismo consideraba el mayor de sus fracasos. Pocos años después de la muerte del papa, un alemán tranquilo colgaba un papel en la puerta de la parroquia de su ciudad. Rompía en dos el mundo, entre otras cosas, porque en Roma, los papas gastaban demasiado en sepulturas.

Foto principal: Moisés

 

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