15. Ciudad perdida, libros encontrados.


El hombre acaricia la parte superior del libro. Palpa las hojas. Mira de reojo hacia el dependiente argentino, que comprueba aburrido la caja registradora, y vuelve a sumergirse en la lectura. Lee de prestado.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 30 mayo, 2016


“Parece mentira, pero yo nací en el barrio de los Empalados. El nombre brilla como la luna. El nombre, con su cuerno, abre un camino en el sueño y el hombre camina por ese sendero. Un sendero tembloroso. Siempre crudo. El sendero de llegada o de salida del infierno. A eso se reduce todo. Acercarse o alejarse del infierno. Yo, por ejemplo, he mandado matar. He hecho los mejores regalos de cumpleaños. He financiado proyectos faraónicos. He abierto los ojos en la oscuridad. Con extrema lentitud abrí los ojos y sólo vi o imaginé aquel nombre: barrio de los Empalados, fulgurante como la estrella del destino.”

El hombre acaricia la parte superior del libro. Palpa las hojas. Mira de reojo hacia el dependiente argentino, que comprueba aburrido la caja registradora, y vuelve a sumergirse en la lectura. Lee de prestado. No tiene dinero suficiente para comprar los libros, así que viene ocasionalmente a la librería, a media tarde, y lee distraídamente durante quince minutos un cuento, el capítulo que corresponda o algún poema azaroso en una antología sacada de entre los libros por fortuna.

Libros en oferta

Libros en oferta

Tras cerrar el libro, anota en un cuaderno que guarda en la chaqueta el título y el autor. Tal vez cuando vuelva a su país comprará el libro. Anota también el lugar donde lo ha dejado, para que en la próxima visita le sea fácil encontrarlo y continuar su lectura. Es un conjunto de cuentos cuyo lazo de unión es la prostitución. No. El lazo de unión no son las putas, sino el sexo, que no es lo mismo. A los pocos minutos, vuelve a dar otro vistazo a un libro en oferta. Lo mira aburrido y tras dejarlo al revés se marcha de la librería. No queda mucho para que cierren.

Afuera, Piazza Navona se llena de turistas y de estatuas. El calor del día no mitiga aún. Poca gente entra a la librería. Se acercan muchos, miran con asombro el escaparate en el que se vislumbran algunos títulos, unos merecidos, exóticos, intrigantes; otros pura pose, de sonrisa fácil, títulos que no merecerían ni estar en el interior de la más triste de las cajas en el último sótano de las catacumbas literarias. Tras descansar un tiempo, vuelven a retomar su caminata. No esperaban encontrar títulos en español. Tal vez compran alguna postal. Buscan la sombra, la perspectiva tranquila de la fuente de Bernini deslizándose sobre el mármol (un templo acuático), la cúpula triste de Sant’Agnese, de Borromini, y dan la espalda a los libros.

La librería Española de Piazza Navona abrió sus puertas en 1962. En una ciudad tan acostumbrada a las reliquias y donde el tiempo no se mide por años, sino por la densidad de sus ruinas, encontrar una librería con más de cincuenta años de existencia cuyos títulos atañen al ámbito hispano es casi un milagro. La cultura española pesa en Roma como si lloviera plomo del cielo. Sus iglesias son testigo de intrigas políticas, de saqueos renacentistas, encargos a espada y a pluma, que siempre han llevado el nombre de la corona española, de algún cardenal nacido en Valencia o impuesto por un príncipe aragonés. Roma, sin embargo, intenta deshacerse de cualquier huella extranjera en su memoria, sin saber que ella misma es el mundo encerrado en apenas unas murallas.

Librería española de Piazza Navona

Librería española de Piazza Navona

En los carteles publicitarios reza un mensaje que es más bien una declaración de intenciones: “Dal 1962, l’unica librería spagnola in Italia” (Desde 1962, la única librería española en Italia). Si es cierto, que la segunda lengua más hablada del mundo tenga solamente un punto de venta en todo el territorio italiano habla más bien de un problema de egos culturales que de una necesidad básica. Roma es una ciudad en la que, por momentos, solamente se escucha el castellano, ya sea el acento dulce de las diferentes regiones de Latinoamérica, ya sean los sonidos ásperos de la península ibérica. El descubrimiento de la literatura española por parte de los italiano no se ha realizado del todo, descontando, claro está, a los omnipresentes del Boom Latinoamericano (Borges, Cortázar, Márquez, Llosa…) y el insufrible espadachín de Reverte, que se repite en las librerías como un sable oxidado. Nombres como el de Roberto Bolaño, Elmer Mendonza, Fernando Vallejo (cito unos pocos, pero podría dedicar años de escritura) están más cerca de ser jugadores de futbol latinoamericanos esparcidos por el Inter y el Nápoles que de escritores consagrados.

Sin embargo, la librería española de Piazza Navona es una isla de paz a las obligaciones del viajero. Uno entra y en tan solo un pasillo puede viajar a casi todos los rincones de la hispanidad. Apenas unos metros bastan para cambiar el ensayo sobre la Transición por los viajes afortunados de los conquistadores. A la izquierda, justo al fondo, dos chicas bonitas dudan sobre qué manual de español comprar. Una dependienta, algo mayor, les ayuda a decidirse. Paco elige perder su virginidad en el mundo bolañesco. El bautizo se celebra en Piazza Navona, a la salida de la librería. Dos cervezas y la noche encima. El dependiente nos dice que en apenas una semana se trasladan. A dónde, pregunto yo. Sin mirarme, el dependiente argentino me dice que no lo saben. Debemos volver a la librería antes de que cierren, antes de que llegue el fin del mundo, para que al menos terminemos esos libros que dejamos a medias.

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