16. Camino se hace al andar: la vía Appia Antica


Porque no estamos ante una calzada romana. Hablamos de un monumento a la filosofía existencial que es el sendero humano. Hablamos, tal vez, de un sentimiento. De una manera de ser ante la vida.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 31 mayo, 2016


Inexorable y repetitivo, no es cierto que todos los caminos conduzcan a Roma. Es solo una media verdad, y las medias verdades, con el tiempo, acaban siendo mentiras. Para ser rigurosos, debemos decir más bien que solo algunos caminos conducen a Roma, pero que sin embargo, todos los caminos salen de la vía Appia Antica. Esta afirmación no es un juego literario. Es tan cierta como una mañana soleada. Desde las grandes avenidas que se van haciendo extensas, y que van a parar a los fosos de las murallas, hasta las carreteras que atraviesan llanos y pantanos, y que van a dar al caluroso sur, todas ellas parten de la Appia Antica.

Porque no estamos ante una calzada romana. Hablamos de un monumento a la filosofía existencial que es el sendero humano. Hablamos, tal vez, de un sentimiento. De una manera de ser ante la vida. Todo eso es la Appia Antica. Antigua carretera que unía Roma (unir Roma quería decir, en aquellos tiempos, unirla el mundo) con Bríndisi, hoy en día sigue siendo un gran territorio donde pululan a partes iguales los acueductos rotos, las tumbas excavadas en la piedra, los pinos, altos como tardes de verano, las lápidas cuyas inscripciones se llenan de faltas de ortografía (y descubrirán que son las más hermosas y las más constantes frente al olvido), y los coches derrapando sobre un pavimento que ha sentido caballos más nobles y elegantes.

Camino humano por la Appia Antica

Camino humano por la Appia Antica

La vía comienza en la Porta di San Sebastiano, llamada por los romanos como Porta Appia. El cristianismo pasó de estar escondido bajo la tierra a cambiar los nombres y el sentido de la mayoría de las piedras y altares que se levantan en Roma. Muchos de ellos, hoy deben su subsistencia a este cambio de nombre. Otros, desgraciadamente, son pasto del olvido y de la tierra ponzoñosa de la que alguna vez nacieron.

Al poco de salir de las Termas de Caracalla, ese bastión de huesos de barro y piedra roja, el viajero atraviesa el arco de Druso y ya siente que el pavimento cambia de forma. Muchos siglos antes de que un hombre nacido para las masas, Ettore Muti, jerarca fascista, mediocre, como la ideología que procesaba, convierta en su palacio particular la Porta di San Sebastiano, un hombre solo dejaba Roma y hacía los primeros kilómetros de la Appia a pie, para escapar de lo que se profesaba como una muerte segura.

Ruinas del Circo de Majencio

Ruinas del Circo de Majencio

Fue San Pedro el que paró a descansar debajo de un olivo, resguardado de los mirones que intentaban ver en su barba un cristiano primitivo (luego serán, cerca de esta vía, los judíos los que escondan su aspecto de la mirada de otros perseguidores). En un punto exacto, Jesús se le apareció y le dijo: Domine, quo vadis? dejando para siempre las huellas de sus sandalias (las divinas sandalias) sobre el pavimento romano. El lugar hoy es una iglesia custodiada por el gobierno polaco. Se disputa con la basílica de San Sebastián cierta reliquia que en estos tiempos parece más asunto de la teoría publicitaria que de la fe. Hablamos de las pisadas de Jesús sobre la calzada, dos efigies que bien podrían llevar a la humanidad a dejar de creer para siempre, pero que infunde en muchos viajeros valor suficiente como para no volver atrás y llegar, al menos, hasta el templo de Celilia Metella.

La vía se va haciendo cada vez más ancha. El tránsito de los coches disminuye hasta que llega un punto en la que solo se encuentran familias felices de la mano y enamorados que pasean en bicicleta. A la izquierda, ya dejando Roma atrás, las ruinas del circo de Majencio es lugar para interpretaciones teatrales. Las tragedias de Sófocles, Esquilo y Eurípides nacen al caer la noche. Por la mañana Shakespeare saca sus puñales y sus intrigas políticas. A la derecha, la tierra tiembla si se habla bajo, y nacen las catacumbas, como ríos misteriosos de aguas oscuras, que conducen al ser humano hasta la esencia de su ser, hasta la pobreza, hasta la verdad, hasta la muerte más noble.

El final del camino es confuso. Ciertamente, nunca hay un final en esta vía. El viajero siempre intenta ir más allá, pero debe volver a sus hoteles de vida disipada y olvidar las ruinas de una vida diseminada en las aceras. Los kilómetros se van sucediendo y hasta el sur, lugar al que van a parar todas las cosas buenas de la vida, los anfiteatros, templos, acueductos, catacumbas, esculturas y todo lo que el hombre aprendió a hacer con el mármol se van abriendo camino hacia los lados, puntos geográficos entre las manos del peregrino, entre el vuelo de los pájaros.

El viajero se retira porque sabe que esta vía es infinita. Hace alguna foto y entiende que de aquí parten todos los caminos. Tienen razón. Sin embargo, nunca sabrán que quien camina la Appia Antica, quien hace tan solo unos metros, está caminando, solo sin remedio, sobre la calzada más certera de la vida. Todos acabamos al final pereciendo a un lado de esta calzada romana. Algunas inscripciones nos lo recuerdas. En otras se ha borrado ya el nombre de un dios.

Foto principal: Romeo y Julieta en el Circo de Majencio

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