18. El camino del Hades III: las Fosas Ardeatinas

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

La madrugada del 24 de Marzo, las fuerzas nazis tomaron 335 prisioneros seleccionados al azar. Por cada soldado alemán muerto, diez italianos ejecutados.


Al sol de Roma 2 junio, 2016


Al lado de las tumbas viejas nos vamos dejando llevar hacia donde nos conduzcan nuestros pasos. El sol cae a plomo en la Appa Antica. Un templo se deshace entre las flores. Cuando nos acercamos comprobamos que es un árbol. El templo está detrás y no es más que un conjunto de piedras que tuvo forma de santuario. Hoy un grupo de viajeros descansa entre sus mármoles y se protege en su sombra.

Entonces empiezan a aparecer caminos que van multiplicando las posibilidades. Asumimos que la vía, cuanto más frondosa, más apetecible debe ser. Llegamos a la espesura de un bosque y cuando salimos de él vemos desde lo alto las catacumbas como hormigueros disecados. Las puertas de Roma quedan demasiado lejos. Salimos a otra calzada romana. La vía Ardeatina, apartada del tiempo. Por no haber no hay ni ruinas de templos, solo un camino largo y algún ciprés a los lados. Seguimos caminando un poco, más por inercia que por curiosidad.  Es cuando encontramos todos esos nombres y esas cifras.

Mausoleo de las Fosas Ardeatinas

Mausoleo de las Fosas Ardeatinas

El 24 de Marzo de 1944 Roma estaba bajo el dominio de la Alemania Nazi. Eran años de guerra. El fascismo llevaba más de dos décadas alimentando el monstruo que ya estaba a punto de derrumbarse. Los soldados italianos que luchaban con una fe equivocada morían en Rusia, en Etiopia, en Sicilia y en Grecia. En las ciudades se aguantaban los bombardeos que el ejército americano perpetraba. Mussolini seguía sin caer.

Un día antes, en vía Rasella, un comando del ejército alemán atravesaba la calle sin ningún sobresalto. Pocos minutos después, una explosión de dinamita hacía temblar los cimientos de los edificios contiguos. Murieron 33 personas, la mayoría de ellas, soldados alemanes. Los partisanos habían preparado un atentado para precipitar el avance aliado, que ya asediaba la ciudad de Nápoles. Las cosas, como siempre en la Historia, sucedieron de otra forma.

Recuerdo de los mártires

Recuerdo de los mártires

Entramos en una galería que estaba custodiada por un jardín. Dentro de la galería todo era penumbra. Costaba trabajo identificar el lugar preciso en donde estábamos. Poco a poco se fue aclimatando la vista. Teníamos delante de nosotros filas inmensas de tumbas. Multitud de tumbas. Piedra sobre piedra y un montón de silencio.

Aquellas tumbas, sin embargo, no tenían la antigüedad de las que habíamos visto durante toda la Appia Antica. Tenían flores frescas, inscripciones en lengua romance, fechas fácilmente calculables, cercanas a nuestras vidas, a nuestras experiencias. Todas tenían la misma sobriedad. Un color gris que no llegaba a ser oscuridad, pero en donde reposaba el pensamiento y la seriedad.

Mausoleo de las Fosas Ardeatinas desde el interior.

Mausoleo de las Fosas Ardeatinas desde el interior.

La madrugada del 24 de Marzo, las fuerzas nazis tomaron 335 prisioneros seleccionados al azar. Por cada soldado alemán muerto, diez italianos ejecutados. Los sacaron de sus casas. Imagino el azar del general nazi, la frialdad de su mirada, en un mapa grande como una mesa, eligiendo calles y números, pisos, y luego el componente final de la familia: el anciano, el padre, el niño.

Esa mañana se los llevaron en camiones a las afueras de Roma. En unas minas cercanas, en el margen derecho de la vía Ardeatina, los pusieron a cavar sin descanso. Después, de cinco en cinco, dispararon en la nuca sus pistolas. Iban cayendo poco a poco, como pesos  temblorosos en el vacío, sobre las fosas que acababan de construir. Después echaron cal sobre los cuerpos. Pocos días antes de que los norteamericanos liberaran Roma para siempre de la tiranía fascista, volaron las minas con explosivos para no dejar huella de la masacre.

Lugar exacto donde se produjo la masacre

Lugar exacto donde se produjo la masacre

Nosotros nos acercamos lentamente hacia los nichos. Yo leo nombres que me dicen bien poco. Nombres tan normales y actuales que bien podría ser compañeros de cervezas, colegas de la universidad o los guardianes de mi tiempo libre. Paco lee algunas cifras en voz alta. 58. 47. 35. 62. 17. Son los años que tenían las víctimas cuando fueron ejecutados.

Nos sentamos en las escaleras. El techo es bajo. Una enorme losa, del mismo material de las tumbas, suspendida en el cielo. Uno no percibe la forma en que está sujetado el techo. Paco dice que se respira paz, como dentro de una tumba. Yo pienso, en cambio, que esa paz conlleva angustia y agobio, como se debe estar dentro de una tumba.

Salimos del lugar en silencio y con absoluto respeto. Al volver a Roma apenas nos sorprenden las ruinas de las Termas de Caracalla o el Coliseo, que a lo lejos, se desprende del cielo. La ciudad parece cambiada desde que entramos a la vía Appia Antica.

Foto principal: Monumento fúnebre y entrada a las Fosas Ardeatinas

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