19. El Spinario


La primera vez que vine a Roma estuve dos horas delante de ese niño. Me quedé clavado como si una fuerza misteriosa no me dejara avanzar. Simplemente me senté en un banco en frente, y me puse a estudiar su imagen...

Redaccion
@elsoldelorca

Al sol de Roma 3 junio, 2016


Observen por un momento atentamente. Acérquense sin miedo. No sean tímidos. Disfruten el silencio que a veces, simplemente, se sucede en esta ciudad. Ese niño que ven, en el centro de la sala, solo, sentado sobre un sillón de piedras, completamente desnudo, con los músculos a medio camino entre la infancia y la plenitud, con la pierna izquierda apoyada sobre la rodilla derecha, intentando sacarse una espina que quedó clavada en la planta de su pie, y que no le deja caminar, ese niño que ven ahí, tan quieto, tan apartado, es la cara exacta de la eternidad de Roma.

La primera vez que vine a Roma estuve dos horas delante de ese niño. Me quedé clavado como si una fuerza misteriosa no me dejara avanzar. Simplemente me senté en un banco en frente, y me puse a estudiar su imagen, las líneas curvas de su cabello, sus labios ligeramente colorados, sus clavículas arqueadas y sus ojos como pozas vacías. Leí en algún sitio, que hace ya dos siglos, Napoleón también estuvo varias horas admirando su figura. Sospecho que tiene más mérito que un hombre como Napoleón, que había asolado media Europa y que había hablado con la gran Esfinge, pudiera impresionarse ante la sencillez del chico de la espina.

Es, sin embargo, solamente una pequeña muestra de la grandeza que fue Roma antes de ser solamente la capital de un país, cuando era ella sola un imperio. La estatua del Spinario tiene muchos más años que el edificio que lo alberga (por otro lado, diseñado por Miguel Ángel). 1600 años más. Es un espacio de paso. Una sala de transición cualquiera de los Museos Capitolinos. Justo antes de llegar a la Loba Capitolina, aquella diosas amantando a los gemelos, que las gentes remontaban a la época de los etruscos, pero que en realidad es renacentista.

La Loba Capitolina

Pasear por los Museos Capitolinos es viajar al corazón mismo de las pasiones humanas. Es una conversación constante con el ser humano, el hombre de tiempos pasados, que hacía del mármol un sistema de comunicación, y el valor un conjunto de leyes. Es sobre todo disfrutar de la paz de una ciudad, porque los turistas huyen de las salas tranquilas y de las pequeñas cosas. Ellos buscan la pompa de los monumentos ya hechos. En los Museos Capitolinos, el visitante participa también de la construcción de la Historia.

Los sotanos de los Museos Capitolinos.

Pocas salas más allá, la estatua ecuestre de Marco Aurelio se eleva por encima de unos vidrios. La estatua es fruto de un error de la Historia. Es producto de una equivocación. Los cristianos, cuando ya olvidaron su humilde nacimiento y pasaron de ser perseguidos a perseguidores, salvaron la estatua creyendo que se trataba de Constantino. La barba ayudó a la confusión y la estatua no acabó siendo un capricho de un papa o la tumba de un cardenal.

Patio de los Museos Capitolinos.

Pero caminamos sin prisas y casi en silencio. De vez en cuando se escucha algún eco. Nos acercamos a otra sala y descubrimos que es un hombre que juega con una oca. Un perro que espera fiel a su amo. Una tumba etrusca que se despereza de un largo sueño.

Bajamos a los sótanos del museo. Todos creen que se suceden las muestras de cerámicas, escritas en una lengua incomprensible. Sin embargo, giramos a la derecha y subimos de nuevo unos escalones. La grandeza de los foros está de nuestra parte ahora. En los balcones que se abren por unas inmensas galerías, el viajero llega exhausto, y encuentra la inmensidad. El arco de Severo. El frontal de un templo que tiembla ante la tarde. El Palatino, rico de vasos rotos y edificios dorados. Y en el fondo, el Coliseo, marcando las agujas del reloj en esta ciudad en donde no existe el tiempo.

Nos sentamos en la piedra. En una de estas habitaciones, Petrarca fue coronado como poeta. Aquel lugar es tan grandioso que hasta Petrarca es un nombre más. Su sombra pasa desapercibida entre otras sombras más alargadas.
Nos quedamos quietos hasta que alguien dice en alguna habitación que van a cerrar el museo. Paco y yo nos miramos. Ambos desearíamos escondernos detrás de alguna estatua, de la Minerva que tenemos detrás, y salir cuando haya atardecido a jugar una partida de cartas con una escultura de un gladiador, o ver los baños de miel y leche de una Venus desnuda.

Salimos lentamente, sin dejar de mirar hacia los foros, hasta que nos duelen los ojos y la luz eléctrica de los sótanos nos hace frotarnos con las manos. Cuando salimos, pienso en Napoleón, el hombre más grande de un siglo, que viajó en secreto durante una semana, sin decir nada a sus escoltas, que llegó a Roma vestido de vagabundo, y entró en un palacio por la puerta de atrás para robar al chico de la espina y ponerlo en su habitación parisina. El hombre que conquistó el mundo y que se sintió pequeño delante de una espina clavada en el pie. En eso pienso cuando apagan las luces del museo.

  • Eva

    Parece que estoy de nuevo en el mismo lugar que me impresionó tantísimo. Gracias Pepe.

 

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