2. Campo de´ Fiori sigue ardiendo


El hombre apaga el cigarrillo contra la suela de su zapato y se va. Deja un billete de diez euros y dobla el periódico debajo del brazo. Mientras camina con gesto rápido, echa un último vistazo hacia la plaza y solamente es capaz de distinguir la fisionomía oscura del monje, y sus ojos clavados hacia el horizonte.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 11 mayo, 2016


Un hombre con gafas fuma un cigarrillo mientras lee el periódico. Se esfuerza por concentrarse en las noticias, pasa por alto la publicidad, hasta que un grito lo distrae y el periódico cae al suelo. Pomodori secchi, Pomodori secchi, grita un hombre robusto, enfundado en un delantal blanco y con un bigote exageradamente largo. El hombre de las gafas alza la vista y ve el bullicio del mercado: el color de la verdura arrancada de la tierra hace apenas unas horas, en la madrugada; los olores de las especias, haciendo de la primavera romana un manifiesto de aromas; el caminar lento de los turistas, que se paran, miran curiosos, se encandilan por el sol, beben agua de una fuente  y vuelven a mirar para comprobar que todo aquello sigue estando allí; la estatua tenebrosa de Giordano Bruno, héroe de las noches romanas, sostenido por citas que esperan y retrasos a la hora de la comida.

Estatua de Giornado Bruno

Estatua de Giornado Bruno

El hombre apaga el cigarrillo contra la suela de su zapato y se va. Deja un billete de diez euros y dobla el periódico debajo del brazo. Mientras camina con gesto rápido, echa un último vistazo hacia la plaza y solamente es capaz de distinguir la fisionomía oscura del monje, y sus ojos clavados hacia el horizonte. E brucia ancora, dice antes de torcer la esquina y marcharse.

Giordano Bruno no fue romano, pero Roma le debe mucho. No tanto por lo que hizo, sino por lo que hicieron con él en todas las épocas. Monje dominico, abandonará la orden por mostrarse en desacuerdo con sus doctrinas. De espíritu indomable, viajará a Inglaterra, París, Suiza, convirtiéndose al calvinismo, para meses después, renegar de él. Combativo, neoplatónico, de carácter agrio, su figura preside Campo de´Fiori desde hace más de un siglo.

Pero no lo elevemos a los altares antes de matarlo. El 17 de Febrero de 1600, tras ser declarado culpable por la Inquisición (lo acusaban de hereje, de querer dominar la mente de los demás y practicar magia negra) fue quemado vivo en el mismo lugar donde hoy se recuerda su memoria. Roma, por aquel tiempo, era un refugio de superstición y sus plazas olían constantemente a humo, ya fuera por sus altares, ya fuera por los sucesivos saqueos (y los españoles hicieron algunos), ya fuera por las hogueras de vanidades, espectáculos que Savonalora probó con fortuna en Florencia, un siglo atrás, quemando libros junto a carne humana.

Puesto de especias en Campo de'Fiori

Puesto de especias en Campo de’Fiori

Tuvo Bruno muchos años de silencio. Las cenizas de su condena se esparcieron por el Tíber y el Campo se convirtió en plaza. Ya en el siglo XIX, cuando Roma pasó a ser domina por los Saboya y no por los dioses vaticanos, se colocó la estatua actual y la municipalidad se preocupó de que no le faltasen flores y homenajes todos los meses del año.

Suele ser un lugar de paso obligado. Las veces que he venido a Roma me he sentado a los pies de la estatua y he dejado que pasara el tiempo. Bruno representa esa ciudad que nunca existió, esa Roma que quiso progresar más allá de la superstición de los curas, y que fue cayendo, una a una, entre hogueras y exilios. Es un lugar melancólico, dicen los romanos. No en vano, la mayor conquista de Bruno, sin ni siquiera saberlo, sea el haber permanecido  Campo de´Fiori como la única plaza del centro de la ciudad sin una iglesia.

Hoy en día es un lugar tomado por la juventud. Huele a libertad por todos los rincones. En una esquina está el Cinema Farnese, resistencia de cierto cine alternativo, y en el centro de la plaza el mercado, un resquicio casi arqueológico que aún no ha sido devorado por lo turístico.

Un puesto de flores frente a la estatua de Bruno

Un puesto de flores frente a la estatua de Bruno

A eso de las siete de la tarde, cuando empieza a caer el sol, los comerciantes recogen sus tiendas y la plaza es tomada por cientos de personas que beben cerveza hasta que la policía desaloja el lugar, antes de que se formen peleas (sobre todo cuando hay partido de fútbol). Siempre que vamos a cenar a Der Pallaro (una trattoria puramente romana donde la patrona nos confunde siempre con argentinos, y se lamenta amargamente por haber elegido la curia un papa comunista) solemos acabar la noche entre cervezas frías y la mirada tenebrosa de Bruno, él, que rechazando las imágenes de santos, y solo aceptando el crucifijo como símbolo, se ha convertido en un santo laico, un héroe público al que van los romanos a pedir ayuda ante las citas,  lugar común de solitarios y de viajeros sin rumbo.

Aquel hombre que torció la esquina y salió de la plaza avanza unos metros por Via de Largo Argentina. Esquiva a la gente y callejea un poco para buscar el fresco de la sombra. Pasa delante de San Ignacio de Loyola y entra en uno de los portones de enfrente. Es un hombre de negocios y la pausa para el desayuno ha acabado.  Tal vez no sepa que la iglesia de San Ignacio es hermosa. Tal vez no sabrá nunca que en una de sus capillas, los restos del cardenal Roberto Belarmino descansan pomposamente, canonizado en 1930 por la Iglesia Católica, casi cincuenta años después de que la estatua de Giordano Bruno fue puesta en el centro de Campo de’Fiori. Este elegido entre los mortales fue el encargado por la Inquisición de presidir  el proceso de acusación de herejía a Bruno. Apenas unos veinte años más tarde, en 1616, él mismo presidirá también el proceso de acusación de Galileo Galilei.

En Roma, en apenas trescientos metros, héroes divinos y humanos se disputan cada palmo de terreno como si se tratase de una guerra abierta sin descanso.

Foto principal: Campo de’Fiori en una mañana de mercado

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