21. Cementerio Accattolico de Roma


El siglo XIX formó, de una manera clara, lo que somos hoy en día. Pero creó, por encima de todas las cosas, el concepto del viaje como el hombre que se sumerge de lleno en una ciudad y absorbe toda su esencia.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 7 junio, 2016


Henry James era un tipo extremadamente sensible. Pasó más de treinta años de su vida para lograr entender una ciudad como Roma, en la bisagra entre los siglos XIX y el XX. La ciudad apenas llevaba unos años como la capital de un país nuevo. Recogería sus vivencias, poco antes de morir, en un libro personalísimo cuyo título hoy ya parece desgastado. Vacaciones en Roma.

De entre todas las iglesias, todas las calles con sus vínculos nerviosos, iguales a brazos de árboles, de entre todos los rincones y todos los templos caídos, el bueno de James sobreponía un lugar por encima de todos: el cementerio Accattolico. Imagen olvidada para el viajero, de él dejó escrito uno de los momentos más sublimes de su lírica: “Es una mezcla de lágrimas y sonrisas, de piedras y de flores, de cipreses en luto y de cielo luminoso, que da  la impresión de volver una mirada hacia la norte desde el lado más feliz de la tumba.”

Pirami de Cestia desde el cementerio Accattolico

Pirami de Cestia desde el cementerio Accattolico

A las puertas de las murallas Aurelianas (los no católicos debían ser enterrados a las afueras de la ciudad Santa), en 1821, Sir Walter Synod portaba el cuerpo de su hija, fallecida la noche anterior, en una extraña procesión mortuoria custodiada por la guardia para evitar que algún católico exaltado pudiera profanar el duelo familiar. Sir Walter Synod era protestante. Su hija simplemente estaba muerta. El gobierno romano, tal vez conmovido por una muerte temprana, le dejará un trozo de terreno baldío tras la Porta di San Paolo. Aquel fue el primer entierro del Cementerio Accattolico de Roma.

A pocos metros, uno de los monumentos mortuorios más extravagantes del mundo se deja ver, desorbitado, exagerado y fuera de todo estilo concreto. Hablamos de la Pirámide de Caio Cesto, patricio romano que en el 12 a. C. quiso dejar para la posteridad  su tumba para vértigo de los visitantes.

Sin embargo, el Cementerio Accattolico es un lugar de recogimiento, de belleza concentrada y de apartamiento. Es también un paso obligado para todo aquel que sienta la literatura como una forma de vida.  Un campo de ideas recobradas y un lugar de culto para aquellos que creyeron en una ciudad más libre, en una Roma tolerante y que confiara en las ideas, no en los cirios.

Piramide Cestia y Porta di San Paolo

Piramide Cestia y Porta di San Paolo

El siglo XIX formó, de una manera clara, lo que somos hoy en día. Pero creó, por encima de todas las cosas, el concepto del viaje como el hombre que se sumerge de lleno en una ciudad y absorbe toda su esencia. Cientos de hijos de aristócratas franceses e ingleses partían desde la Gare de Lyon en París (el centro del mundo en el s. XIX) para realizar el Grand Tour, un viaje por la época clásica que debía recorrer toda Italia y Grecia. Las consecuencias directas fueron que los museos de París y Londres se llenaron de antigüedades romanas y griegas (algunas robadas, otras compradas), pero también supuso el descubrimiento renovado de un pasado común en toda la Europa. Esos jóvenes adinerados y cultos, sin quererlo, estaban creando el turismo (touriste, derivado de Grand Tour). Un turismo más tolerante del que practican millones de norteamericanos y japoneses.

Ahora, el cementerio Accattolico custodia los restos de aquellos enamorados que pasaron su juventud entre ruinas vegetales y lupanares romanos. La tumba de Joan Keats es en sí un monumento, con la inscripción mítica “Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua.”. También Percy Shelley, que dejó su Prometeo moderno, descansa para siempre entre cipreses y pinos romanos.

Antonio Gramsci, pensador imprescindible para entender el siglo XX europeo

Antonio Gramsci, pensador imprescindible para entender el siglo XX europeo

Sin duda alguna, si debemos hablar de tumbas ilustres en el Accattolico, Antonio Gramsci fluye como la luz de la luna sobre el mármol. Fundador del Partido Comunista Italiano, de los mayores intelectuales europeos que vio en sus últimos días la barbarie fascista, y murió en la soledad de un hospital que era una cárcel, bajo designio de Benito Mussolini. Su obra, su pensamiento, se recogen en un monumento poético de la literatura italiana, Le ceneri di Gramsci (Las cenizas de Gramsci), escritas por Pasolini, un comunista odiado tanto por los suyos como por los contrarios. Fue uno de los primeros libros de poesía que leí en italiano, y desmontó toda la inocencia de una ideología, el comunismo, que se presentaba en las palabras de Pasolini como una fuerza tan intolerante como la misma que condenó a Gramsci.

El viajero camina entre tumbas cuyos apellidos son ingleses, alemanes, franceses y nórdicos. Por momentos parece no estar paseando por Roma. Decían que en Roma la belleza venía de la mano del dios de los católicos. Apenas unas muertes bastaron para demostrar que el dios de los protestantes también creaba maravillas.

Foto: Escultura del ángel

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