23. Alfredo y Lia


Hablar de la historia de su establecimiento es contar, en cierto, modo la historia del barrio, de estirpes familiares que se van sucediendo en la barra del bar, sentados leyendo el periódico, o de pie, haciendo hora para entrar al trabajo.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 9 junio, 2016


No todos los lugares hermosos de la ciudad deben tener nombre. A veces basta con que existan, aunque no salgan en los mapas y no quepan en las guías de viajes. Se encuentran por casualidad, en un momento en que perdemos la brújula y nuestros pasos se encaminan hacia una calle equivocada, perseguidos por la sed y el cansancio.

Una esquina con encanto en el bar de Alfredo y Lia

Una esquina con encanto en el bar de Alfredo y Lia

Alfredo y su mujer, Lia, regentan un bar humilde en las inmediaciones del Vaticano, fuera ya del bullicio de los turistas y de los vendedores de humo. Subiendo unos metros por Ottaviano, girando a la derecha por vía Giovanni Bettolo, encontramos un local pequeño pero espacioso, decorado hacia afuera, hacia la vida, con grandes fotos artísticas que hacen pensar en otros mundos mientras se disfruta de uno de los mejores cafés italianos de la ciudad. Sus ventanales y su terraza permiten que siempre haya fresco, y que las conversaciones corran de un lugar a otro, de la calle al interior, de los trabajos a la vida diaria, conversaciones en las que participa todo el mundo, y que suele moderar la atenta Lia, que se afana en la caja registradora, mientras Alfredo, con un acento romano extravagante, asiente con la cabeza y se apodera de la máquina de café.

Hablar de la historia de su establecimiento es contar, en cierto, modo la historia del barrio, de estirpes familiares que se van sucediendo en la barra del bar, sentados leyendo el periódico, o de pie, haciendo hora para entrar al trabajo. Son 54 los años que Alfredo lleva sirviendo el desayuno a todo aquel que pase. Nos muestra orgulloso una fotografía en la que se ve un muchacho de apenas 16 años. Lleva delantal y pajarita, a la vieja usanza, y en su rostro se percibe un cierto atisbo de timidez. Nos dice que es él, en su primer trabajo como camarero, en el Corso Vittorio Emanuele, al otro lado de la ciudad. Arriba, otra fotografía muestra a cinco chicos caminando por la calle en la que se encuentra hoy mismo el bar. En la terraza se ven unas mesas colocadas y gente disfrutando del sol. La escena recuerda a I vitelloni, de Fellini (incluso a Calle Mayor, de Bardem). El barrio está irreconocible, nos dice Lia, desde el otro lado de la caja, lo único que queda de él es este bar. Y nosotros, concluye Alfredo antes de volver a su puesto de mando en la cafetera.

Alfredo y un cliente habitual

Alfredo y un cliente habitual

Nos cuentan que donde antes había carpinterías, sastrerías, barberías y tiendas de ultramarinos, ahora podemos ver estudios de arquitectura, tiendas de moda, de diseño, un teatro independiente y una librería que ocupa tres plantas. No hay tantos lectores en Roma, nos dice un cliente desde el fondo del bar, justo al lado de la pequeña librería donde decenas de ejemplares se exponen al público para quien quiera pueda relajarse sobre unas líneas al azar.

El bar ha sabido adaptarse a la modernidad, al cambio de los tiempos, a la entrada de las nuevas ideologías y de las modas, que han ido arrasando la ciudad una a una. Las personas que entran al bar, más que clientes, son familiares. Lia y Alfredo los conocen a todos por sus nombres y apellidos. Esa chica que acaba de entrar, me dice Lia, es esta de aquí, y me enseña una fotografía de un bebé, mientras su madre mira orgullosa hacia la cámara. En efecto, es un bar de dinastías. Los abuelos acompañan a sus nietos, que antes habían llevado a sus hijos. Lia sabe lo que cada uno quiere. Alfredo, como un ajedrecista privilegiado, predice lo que van a pedir todos, la temperatura a la que le gusta el café, la cantidad de leche y las cucharadas de azúcar.

Lia atendiendo la caja

Lia atendiendo la caja

En efecto, la parte interior del bar es un mosaico de buenos momentos y de recuerdos intachables. Cada persona que acude habitualmente a desayunar o a comer, deja una foto en la que Alfredo y Lia posan con una sonrisa espontánea. Hay fotos de tres generaciones, justo donde Lia guarda los juguetes para cuando vienen niños pequeños. En otras, Alfredo sale disfrazado de bebé o de estrella de rock. Cuentan riendo que suelen celebrar las fiestas de carnaval y navidad con todo el barrio. Es nuestro agradecimiento a tantos años en el que los buenos días se hacen indispensables. No somos un bar, comenta Lia, somos un hogar intermedio entre todos los hogares.

Colgado en la parte más alta de la pared, Alfredo muestra orgulloso un diploma que la Roma le dedicó, por su constancia como socio y aficionado. Nos dice, con amargura, que el peor momento de su carrera como tifoso fue cuando vio a su equipo perder en los penaltis contra el Liverpool en la final de la Copa de Europa. Aquella noche, la Roma jugaba en el Olímpico. Lia se ríe en silencio. Ella es de la Lazio, espacios bien diferenciados dentro del bar.

Alfredo, en una foto en su primer bar, en 1961

Alfredo, en una foto en su primer bar, en 1961

Cuando nos ven entrar, Lia saluda siempre diciendo Hola Spagna. No hace falta contestar para encontrarnos dos cornetti alla crema y dos cafés con leche, con sus vasos de agua. Alfredo nos guiña el ojo, en señal de aprobación. El bar, a diez metros del estudio de Paco, es el comienzo de la mañana para nosotros. Mientras Paco se va, yo me quedo media hora más sentado en la terraza, leyendo o simplemente escuchando las conversaciones del interior. Cuando me vaya, les prometo, me despediré y dejaré una fotografía. No saben, tal vez, que seré yo el que me lleve una foto de ellos, de su rincón romano, cuando acaben estos días.

Foto principal: Terraza del Bar de Alfredo y Lia

 

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