24. El alfil ruso y la sombra de Augusto


Entre los escasos diez metros que separan el Mausoleo y el Ara Pacis, un hombre va dejando, semana tras semana, sus obras de arte. La primera que vemos es una barca pequeña llena de monedas de céntimo.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 10 junio, 2016


Lo conocí la primera semana que llegué a Roma. Mejor dicho, conocí su obra en una de las primeras caminata que hice en torno por el Ara Pacis. Pero no fui capaz de advertir lo que realmente era, y pensé solamente que se trataba de un vagabundo que pedía dinero. Estaba equivocado.

Encerrado en un cubo blanco con grandes vidrieras, el Altar de la Patria encumbra la memoria de Augusto. El recuerdo del primer emperador romano, el padre de una generación de hombres inmortales, que logró pacificar todas las regiones de un gran imperio (matando a los pocos enemigos que quedaban tras sesenta años de guerras civiles) y que fue considerado un dios en vida, se celebra a pocos metros del río Tíber.

El artistta frente al Ara Pacis

El artistta frente al Ara Pacis

El edificio que guarda el verdadero Altar (un complejo de mármol que simula una procesión triunfal, con una escalera sagrada) es de las pocas construcciones modernas que se han hecho en la ciudad de los milenios. El viajero sube las escaleras entre fuentes que aparecen y desaparecen, dejando a la izquierda un muro que simula los confines del imperio y que va a aparar al mismo corazón de mármol del monumento. A través de las cristaleras, unos pocos se asoman para ver el Altar sin entrar en el museo. Al rato se cansan porque solo ven una masa blanca detenida en mitad de la sala y del tiempo y se sientan a que llegue la tarde en las escalinatas, a la sombra de los propios muros.

A pocos metros, el Mausoleo de Augusto parece como un esqueleto de tierra en mitad de la plaza. Monumento funerario, más que para el descanso eterno del emperador, sirvió como tumba a perpetuidad de las víctimas que Livia, mujer de Augusto, iba acumulando poco a poco. El método era simple como la redondez de la luna. Cuando alguien se sentía indispuesto, Livia mandaba a sus médicos o daba a probar los higos que ella misma había cultivado en su jardín. La mayoría de los fallecidos serán de su propia familia: sobrinos, primos, generales leales a su marido durante décadas. Incluso hijos y nietos.

El artista y una de sus obras. Fotografía de Beyond the grave

El artista y una de sus obras. Fotografía de Beyond the grave

Un tipo, que al lado de grande monumentos, hace cosas pequeñas, oí decírlo a un periodista cierta vez, mientras tomábamos una cerveza a pocos metros, muy alejados ya de los tiempos y de los higos de Livia. A los lados, un edificio de viviendas construidas durante el fascismo y que simulan la arquitectura imperial improvisan una plaza donde los niños juegan y los turistas descansan.

Entre los escasos diez metros que separan el Mausoleo y el Ara Pacis, un hombre va dejando, semana tras semana, sus obras de arte. La primera que vemos es una barca pequeña llena de monedas de céntimo. Se llama Una barca di soldi (Un montón de dinero). La segunda es un trozo de muñeca rota y sucia. Lleva un lazo rosa atado en el tobillo. Otra obra es un fragmento de periódico puesto al revés. Los cables de unos auriculares liados por mil partes. Una fotografía vieja. Unas zapatillas rotas. Tres bolígrafos sin tinta. Varias pinzas de la ropa atadas simulando hombres escaladores. Botellas de plástico vacías y unidas por el cuello.

La gente que pasa por ahí, sorprendida, no sabe si echar dinero o seguir caminando. Se detienen, sorprendidos, en cada detalle. Se diría que dedican más tiempo a esas pequeñas obras que a la memoria del grande de Augusto. La primera vez que lo vi, pensé que se trataba de judío asquenazí, superviviente de mil batallas y avatares., tantos como tuvo el siglo XX, y proveniente del frío ruso. Su aspecto me recordó al de un alfil de ajedrez. Pelo largo y cano, gafas redondas y de pasta, larga barba acaba en punta, camisa blanca abierta por el pecho y pantalones negros. Hicimos varias elucubraciones Paco y yo sobre su posible pasado. Yo lo imaginaba escapando de Treblinka, y Paco lo veía tocando el violín en la filarmónica de Moscú.

Retrato del artista. Fotografía de LTVs_faustodellechiaie_10

Retrato del artista. Fotografía de LTVs_faustodellechiaie_10

Aparecía de vez en cuando, no todos los días. Se ponía de pie, firme como una espada (en realidad, como un alfil que amenazara una paralela, justo hacia el rey enemigo), y sin hablar, dejaba que los turistas rieran o que fotografiaran. Solo unos pocos percibían su efigie, confundida entre las letras latinas que escribió Augusto y que describen su legado.

Algunas veces he querido hablar con él. Me he acercado con cautela, sin querer molestar, distinguiéndome de todos esos turistas que fotografían sin piedad sus obras, más para mofarse que para recordarlo. Es entonces cuando el alfil ruso se presenta. En realidad se llama Fausto delle Chiaie, y se trata de un artista romano con cierto renombre internacional, que ha expuesto en París (todo el mundo expone en París), Dublín y Bruselas. Su arte está basado en el rubbish art, en la creación de espacios artísticos y de momentos creativos a través de elementos que el ser humano ya no utiliza y que acaban siendo basura. El artista prefiere llamarlo Arte pobre.

Cuando va cayendo el sol y la plaza se empieza a llenar de coches de alta gama, que acuden a fiestas importantes,  Fausto delle Chiaie, el alfil ruso, empieza a recoger sus obras en una bolsa de plástico. Desaparece de la plaza por un extremo. El corredor de la historia se vuelve a vaciar y la gente pasa impasible, sin saber qué Mausoleo hay a la derecha, ni que existen altares fuera de las iglesias. Hay, sin embargo, un peso de melancolía en sus obras, en cada gesto de espera y en su mirada, que se desliza perdida por todo el muro de Augusto. Es el mismo peso que permanece cuando cae la noche y él ya ha desaparecido. La melancolía de las pequeñas cosas entre tanto peso.

Foto principal: Ara Pacis

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