25. El pueblo de terracota


Fue en París donde conocí a los hombres de terracota. No quise confundirme en mi primer año a la izquierda del Sena, y me cuidé mucho de no llamarlos “hombres venidos del polvo”, o “civilización sacada del barro”.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 13 junio, 2016


Hablamos de inicios, que, a pesar de las expectativas, suelen ser más oscuros que los finales. De un estadio en el que el tiempo no se contaba por años, sino por silencios minerales. De un momento en que esta ciudad recubierta de historia como una cebolla herida no tenía más que algunas colinas derramadas sobre las riberas de un río famélico de peces. De aquellos días en que los dioses eran campesinos coléricos y no habían inventado ni los cascos, y las lanzas eran ramas de los árboles recién cortadas.

Fue en París donde conocí a los hombres de terracota. No quise confundirme en mi primer año a la izquierda del Sena, y me cuidé mucho de no llamarlos “hombres venidos del polvo”, o “civilización sacada del barro”. La lengua francesa me protegía contra los errores y acerté a decir que, efectivamente, aquellos seres que poblaron una región indeterminada entre la actual Toscana y el Lazio estaban formados de terracota, al igual que una cerámica vieja o una copa de carpintero. Eran los etruscos, hombres de ojos fijos y oscuros.

Yo apenas acababa de llegar a la ENS, y me sentía, más que como un extranjero, como un polizón, viajando en la primera clase intelectual francesa, sin haber sacado billete. De entre todos los cursos a los que asistí (algunos extravagantes como Iniciación al copto antiguo, Historia del mosaico paleocristiano, o incluso Aproximación al latín de cafetería), las clases de Etruscología fueron las que más me motivaron. Jean Paul Thuillier era un tipo apuesto, simpático, desbordante de sabiduría y en cierto punto, simpático. Más que un profesor, en aquellos días hizo de psicólogo (me dejó hacer los exámenes en italiano, ya que el francés se presentaba ante mis ojos como un dialecto del copto) y me abrió una puerta maravillosa, a la par que desconocida: me enseño quienes eran los etruscos.

Cortona. Antiguo asentamiento etrusco.

Con él, visité los sótanos olvidados del Louvre, donde, en los rincones más anónimos, se guardaban unas tumbas que a priori parecían romanas, pero que tenían un aire muy diferente. Aquellos grandes espacios de terracota resultaban ser sarcófagos etruscos, donde, encima de la losa definitiva (el cielo eterno de los muertos) se disponía, casi siempre, una pareja de formas voluminosas que se incorporaban para saludar al visitante o a la muerte. Jean Paul Thuillier solía decir que los etruscos inventaron el amor, a parte del arco de medio punto y el alfabeto latino, y mirando con perspectiva aquellos monumentos funerarios, podría uno pensar que, muchos, enamorados también en el barro, quisieron pasar a mejor vida abrazados de la persona amada durante su breve estancia en la tierra.

De esta forma comienzan las historias felices, los inicios de los viajes. En los sótanos del Louvre, y ante las palabras de Jean Paul Thuillier, fui recorriendo durante años las ciudades que habían sido fundadas por este pueblo misterioso: Cortona, Lucignano, Arezzo, Volsena, Tarquinia… urbes pequeñas y llenas de silencio, con bares menudos donde los campesinos beben vino, a la sombra de los campanarios góticos, donde, detrás de unas colinas, se presentaban enterramientos, cerámicas que dibujaban una escena de caza o caballos alados. La terracota siempre dominaba el panorama etrusco, y las montañas adoquinadas de trigo de aquellas campiñas.

Tumba dei Leopardi

En la última visita al mundo etrusco, en el lugar arqueológico llamado La necrópolis de Monterozzi, a las afueras de Tarquinia, un guardia de seguridad con gesto luminoso nos fue enseñando aquellas tumbas enterradas en la colina. A todas se accedía por una escalera pronunciada, y tras una sala con pinturas, se entraba a los sepulcros. El guía habló sobre la muerte, sobre la vida, sobre el tiempo atmosférico y sobre el color de los años. Nos dijo, que en cierto momento, los etruscos comprendieron que después de la muerte no había vida, y por eso dejaron de guardar oro y alimentos en las cámaras funerarias. Decidieron aprovecharlo mientras estaban vivos. La reflexión me resultó de una sinceridad y una profundidad que me espanto aún de pensarlo. La tumba Leopardi, aún clava ciertas miradas imborrables a todos aquellos que la visitan.

Apolo etrusco de Villa Giulia.

Roma heredó de los etruscos el carácter belicoso. Los utilizó y pactó con ellos. Amó a sus mujeres e imitó sus construcciones. Cuando ya había hecho todo eso, los eliminó y acabó con ellos, ocupando sus casas, utilizando su alfabeto. Imitando sus tumbas. Villa Giulia, en pleno centro de la Villa Borghese, es el museo que guarda lo mejor de una civilización perdida.  A través de sus salas, quinientos años de historia recorren, misterio a misterio, los avatares de un pueblo demasiado grande para los tiempos en los que vivió, demasiado débil para convivir con los romanos.

La figura del dios Apolo etrusco (no es equivalente al dios Apolo griego), en mitad de una sala, sobrecoge aún al viajero. Hace cinco años, cuando visité por primera vez el museo, compré una postal porque, en cierto aspecto, me recordaba a la mirada serena de mi madre. Me imaginé un pasado etrusco y compré la postal que luego envié a casa. Ahora los etruscos apenas se sienten por las calles de Roma, y pocos son los que conocen su pasado. En algún lugar de Lorca, al menos, al lado de la televisión, se le rinde un homenaje silencioso cada día a los etruscos, aquellos hombres hechos de terracota.

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