28. El cielo a la altura de los dedos

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

La medida exacta de todas las proporciones bellas se encuentran debajo de su cúpula. Se duda, tal vez, que el templo lo construyera el ser humano, dejando algo de substancia divina para el óculo.


Al sol de Roma 16 junio, 2016


Es como si el cielo hubiera bajado a la tierra y lo tuviéramos tan cerca que se pudiera tocar con la punta de los dedos. Lo escuché decir hace poco a un niño, mientras iba de la mano de su padre, al entrar en el Panteón, y miraba asustado hacia la inmensidad de su cúpula, ante el vacío supremo que acaba con un golpe de luz. Luego miré la cara del padre, que agarraba con fuerza a su hijo, y descubrí que su rostro contenía más miedo e incredulidad que la del propio niño. Más o menos, eso es el Panteón de Agripa, día a día, desde hace casi dos mil años.la_cupula_del_panteon

La medida exacta de todas las proporciones bellas se encuentran debajo de su cúpula. Se duda, tal vez, que el templo lo construyera el ser humano, dejando algo de substancia divina para el óculo. La magia del edificio no reside solamente en las partes construidas, sino en los vacíos que van descubriendo a la par, el mundo, la historia y la naturaleza. Uno se siente pequeño, a solas, a mitad de camino entre el cielo y la tierra. Sabe que está en la ciudad de los hombres y de los muertos, pero se percibe al margen del mundo porque una fuerza desconocida lo circunda. Es el Panteón.

De planta circular, fue construido entre los años 118 y 125, bajo el gobierno de Adriano. La inscripción del friso del pórtico nos confunde (para aquellos que aún atinan a leer el latín). M·AGRIPPA·L·F·COS·TERTIVM·FECIT, se deja ver, en letras mayúsculas que sobresalen, como fósiles del tiempo, directamente hacia la plaza. Su traducción sería “Marco Agripa, hijo de Lucio, cónsul por tercera vez, (lo) hizo”. El templo vino a sustituir una vieja construcción en ruinas del año 27 a. C., mandada por el propio Agripa, general de confianza de Augusto. El templo sería la conmemoración de todos los dioses de la gran constelación divina romana. Bajo su cúpula, sobre sus columnas, debían caber todos los nombres y todos los mitos posibles, haciendo de sus piedras el lugar más sagrado de la ciudad.

Pero la historia del Panteón es también la sucesión detallada de un espolio continuado. El edifico ha mantenido su grandeza a pesar de las innumerables veces en las que papas y emperadores (y prelados, diría Manrique) se sirvieron de sus elementos decorativos y constructivos para formar otros templos. Se podría decir que la materia divina del Panteón se ha diseminado también por toda la ciudad de Roma, y más allá de sus murallas. La cubierta de dos aguas del atrio, hoy en día de madera, en un tiempo estaba recubierta de bronce. Sobre su desaparición hay dos teorías, ambas creíbles y papales. Una dice que Urbano VII fundió el bronce para realizar una batería de cañones que defendiera el Castillo de Sant’Angelo. La segunda versión es más romántica, y pone a Urbano VIII, el papa Barberini, como usurpador del bronce para construir el baldaquino de San Pedro del Vaticano. Bernini sería la mano ejecutora del espolio. Lo que no hicieron los bárbaros, lo hicieron los Barberini, rezan en Roma todavía.

Baldaquino de San Pedro del Vaticano, de BerniniHoy en día es una iglesia católica, pero sobre todo, es un gran mausoleo al margen de cualquier ideología. Los siglos convirtieron a los dioses primitivos en mártires actuales. En Roma, en Italia, el Panteón es también el cementerio donde se custodian los mártires de su modernidad, el rey Vittorio Emanuele II, primer rey de la Italia unificada, y Umberto I, rey que extendió el glorioso imperio italiano (Eritrea y Somalia). También yace Rafael Sanzio, un Cristo del arte que nació y murió en Viernes Santo, cuya tumba guarda uno de los epitafios más bellos jamás escritos: “Aquí yace Rafael, por el que en vida temió ser vencida la naturaleza, y al morir él, temió morir ella.”

Una foto queMomento de la restauracion del Panteon se publicó en la revista Life, me conmueve especialmente, y tal vez ayude a comprender las dimensiones exactas (físicas y sentimentales) del edificio. Se trata del arquitecto encargado de su restauración, viendo de cerca las cicatrices que los siglos habían dejado en su cúpula. Esa herida del tiempo delante del ser humano hace reflexionar sobre lo pequeños que somos bajo su cúpula.

Todos los escritores han hablado sobre el Panteón, y han soñado estar delante durante el proceso de su construcción. El edificio, por sí solo, justifica los kilómetros del viaje y las horas de espera. Nos quedamos al final con las palabras que Marguerite Yourcernar pone en boca de su Adriano, escribiendo sus memorias al borde de la muerte, tras soportar el peso de un imperio y de una vida insatisfecha:

“…La cúpula (del Panteón), construida en una dura pero ligera piedra volcánica, que parecía compartir el movimiento ascendente de las flamas, revelaba el cielo a través de un gran agujero en el centro, mostrando alternadamente la oscuridad y el azul. Este templo, abierto y misteriosamente cerrado al mismo tiempo, fue concebido como un cuadrante solar. Las horas girarían en aquel cielo raso encasetonado, tan cuidadosamente pulido por artesanos griegos; el disco diurno se quedaría suspendido allí como un escudo de oro; la lluvia formaría su clara piscina abajo, en el pavimento; las oraciones se elevarían como humo hacia aquel vacío donde nosotros colocamos a los dioses.”

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