3. Un lugar para la derrota: Via Giulia


Francesco Borromini tal vez ha sido el mejor arquitecto que ha tenido Roma. Escribo tal vez ante el pudor de poner su nombre por encima de figuras como Miguel Ángel, Bernini o Bramante.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 12 mayo, 2016


El señor Stefano Merini espera sentado en una silla de madera, en una pequeña capilla de San Giovanni Bautista dei Fiorentini. Él puede ver a los turistas y peregrinos entrar, pero son pocos los que perciben esa sombra en mitad de los frescos y los cuadros barrocos. Cada media hora se levanta de su posición y da un giro por toda la iglesia, controlando que todo esté en su sitio. Se detiene tal vez delante del relicario que guarda el pie de María Magdalena y sale por la puerta principal para tomar el aire. Allí, como una isla de paz dentro de la ciudad, como un ánfora vieja recién descubierta, via Giulia desciende hacia el Tíber.

Fontana del Mascherone, cantada por Rafael Alberti

Fontana del Mascherone, cantada por Rafael Alberti

Custodia la iglesia desde hace cuarenta años el romano más florentino que existe en la ciudad, dice a todos los que se acercan para preguntar alguna duda. Nos recibe nada más entrar. Aún sin tiempo para echar un primer vistazo a la cúpula de Maderno, nos conduce hacia el interior. Cruzamos las capillas, las tumbas forradas de frases latinas y llegamos a un rincón al poco de bajar del altar. Allí, el señor Stefano Merini apunta hacia el suelo, donde una losa de mármol guarda una tumba: Francesco Borromini, 1599-1667.

Francesco Borromini tal vez ha sido el mejor arquitecto que ha tenido Roma. Escribo tal vez ante el pudor de poner su nombre por encima de figuras como Miguel Ángel, Bernini o Bramante. Lo que no deja lugar a dudas es que fue el arquitecto más desdichado de la ciudad, y el más infeliz. El Barroco hizo de Roma el centro artístico y espiritual del mundo. En sus calles, Borromini tuvo que luchar contra los caprichos de los papas, la arbitrariedad de los cardenales, la cancelación de los presupuestos destinados a la construcción de palacios e iglesias, y sobre todo, contra un gigante  (tanto en el arte como en las intrigas palaciegas) llamado Gian Lorenzo Bernini.

Jardín del Placio Farnese, diseñado por Miguel Ángel

Jardín del Placio Farnese, diseñado por Miguel Ángel

Siendo el preferido de los papas, Bernini apenas dejó algunos encargos a su enemigo, hecho que no impidió a Borromini formar las huellas imborrables de su arte sobre el pavimento romano. San Carlino es un espacio difícil de superar, realizado con la mitad de presupuesto del que contaría Bernini en los mismos días. La rivalidad  lo llevó hasta el extremo. Borromini, tras ser rechazado su proyecto para la tumba de Alejandro VII (adivinen, el encargado fue Bernini), se suicidó la noche del 2 de Agosto. La mala suerte, también a la hora final, hizo que la espada no fuera certera, y tardó en morir más de veinticuatro horas.

El señor Stefano Merini nos cuenta con orgullo y estupor, que pocos suicidas encontraremos enterrados en una iglesia. Pero con todo lo que hizo este pobre diablo, como para no dejarle un trocito de cielo… nos dice, mientras se va alejando para enseñarnos de nuevo la salida.

Balcones sobre Via Giulia

Balcones sobre Via Giulia

La tumba de Borromini es el último homenaje a este pequeño fragmento de belleza que se llama via Giulia. Pero hemos empezado por el final. Unos metros antes, despegándonos del  Tíber, la entrada por el arco Farnese llama la atención al viajero. En las escalinatas que se abren a los lados del arco, varias parejas se sientan a descansar y a esconderse del sol. Miran el Palazzo Farnese, la parte posterior de la embajada francesa, y tal vez no saben que son más de quinientos los años en los que viajeros y romanos se paran a asombrar el inicio de esta vía romana.

Nos sentamos en el Café Perú. En una pequeña terraza, los comerciantes apuran sus bebidas antes de volver a abrir sus negocios. Apenas pasan coches por el pavimento, tres pares de motos y alguna que otra bicicleta. Por primera vez desde que llegamos a la ciudad, el silencio domina cada estancia. Las fachadas son del color del tiempo, como el atardecer constante de Roma. A lo lejos, solamente el sonido de la Fontana del Mascherone, a la que Alberti dedicará un poema: “Espanto de mi misma. / Asombro de la gente.”, rompe la monotonía y la tranquilidad.

Arco Farnese, el inicio de Via Giulia

Arco Farnese, el inicio de Via Giulia

Bebemos el café y seguimos por via Giulia, entre librerías, alguna trattoria tradicional, más de media docena de iglesias y un colegio de primaria en donde los alumnos juegan en el patio a creerse gladiadores y emperadores. Cada vez más cerca, el Castel Sant’Angelo  se ve al otro lado del río.  El señor Stefano Merini sale de su iglesia, toma aire y hace comprender a los viajeros que en Roma hasta las derrotas, hasta las vidas más desdichadas, dejan un regusto parecido a la belleza.

 

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