30. Cortázar: hormigas y monjas


El viajero del relato camina perdido por una ciudad hecha a su medida, dejándose llevar exclusivamente por el sonido del goteo del agua sobre el mármol desollado, dejando sin duda, uno de los momentos cumbres de su escritura

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 20 junio, 2016


Un incendio devoró hace dos mil años la estructura de uno de los circos más imponentes que tenía Roma. Todo empezó con una mirada, que la mujer del procónsul dirigió en el mercado a uno de los más famosos gladiadores del Mundo Antiguo. Este se sintió  fortalecido en sus deseos, y le correspondió el acto ritual del coqueteo. El procónsul, que no estaba ausente de las intenciones amorosas, organizó una batalla en dicho circo donde la supervivencia del gladiador fuera más bien un acto de fe. Entre los gritos de cien mil personas, ante las miradas descarnadas de la mujer del procónsul, ante la victoria vengativa del mismo cónsul, el gladiador murió entre sollozos. Pocos minutos después, un incendio acabaría con el edificio y con la mayoría de los asistentes. El procónsul y su mujer también.

Otro incendio, con veinte siglos de distancia, imitó la historia.  Fue el de los amantes, Roland y Jeanne, en un apartamento parisino, cuando las discusiones se convertían en sábanas revueltas. Ambos fuegos estaban conectados con el tiempo. Las miradas de las mujeres, minutos antes de las llamas, eran idénticos. Los celos de los hombres tenían el mismo color. El fuego estaba escrito con la misma sustancia. Las calles de París y Roma, en la distancia, eran dos geografías superpuestas.

EXIT JULIO CORTAZAR

EXIT JULIO CORTAZAR

Julio Cortázar publicó en 1979 el libro de relatos Todos los fuegos el fuego. El cuento homónimo, no describe solamente los paralelismos temporales de dos incendios y dos triángulos amorosos. Es un homenaje a la Roma Antigua, y a las grandes pasiones cotidianas que siempre han acompañado al ser humano, vestido con túnicas o con pantalones vaqueros.

La relación del escritor argentino con Roma siempre fue pasajera, pero intensa. A diferencia de otros artistas esenciales de la cultura hispana, Cortázar no vio en Roma un lugar predilecto para su vida. Sin embargo, son varios los relatos en donde la ciudad se convierte en piedra angular de su historia y de la Historia.

Historias de Cronopios y Fama es un gran mosaico colorido de las letras castellanas. En él, microrrelatos, pensamientos y pequeñas narraciones se conectan y describen un mundo mitológico creado a partir del día a día, de las pequeñas cosas, del lado más oculto de las ciudades.

Dióscuros del Quirinal

Dióscuros del Quirinal

En el capítulo Instrucciones-ejemplos sobre la forma de tener miedo, se extraen pequeñas maneras de dejarse vencer por el terror. Cuando uno lee en profundidad el fragmento, descubre, en realidad, que está descubriendo rincones mágicos desperdigados por Europa. Uno de ellos, tal vez el de más calidad literaria, sitúa al lector en la Piazza del Quirinale, en una noche de luna llena, cuando los habitantes perennes del lugar cobran vida:

“En la plaza del Quirinal, en Roma, hay un punto que conocían los iniciados hasta el siglo XIX, y desde el cual, con luna llena, se ven moverse lentamente las estatuas de los Dióscuros que luchan con sus caballos encabritados.”

Pero sin duda alguna es Instrucciones para matar hormigas en Roma uno de los mejores homenajes que jamás se le haya hecho a la ciudad de Roma, condensado en menos de una página. A través de los insectos (hoy abundan más las arañas que las hormigas, y lo que antes eran palomas, hoy en día son gaviotas que buscan el gran vertedero en el que se ha convertido el centro de la ciudad), Cortázar describe los surcos que el agua va haciendo en el mármol, los requiebros de la Historia, en la mano de un emperador, en el camafeo de un papa, y en el color rojo del que, según el escritor, están hechas a medida todas las circunstancias de la ciudad.

Historia de Cronopios y de Famas, de Julio Cortázar

Historia de Cronopios y de Famas, de Julio Cortázar

El viajero del relato camina perdido por una ciudad hecha a su medida, dejándose llevar exclusivamente por el sonido del goteo del agua sobre el mármol desollado, dejando sin duda, uno de los momentos cumbres de su escritura:

“Y sin dormir seguirlas, con varas de avellano en forma de horqueta, de triángulo, con dos varillas en cada mano, con una sola sostenida entre los dedos flojos, pero todo esto invisible a los carabineros y a la población amablemente recelosa, andar por el Quirinal, subir al Campidoglio, correr a gritos por el Pincio, aterrar con una aparición inmóvil como un globo de fuego el orden de la Piazza della Essedra, y así extraer de los sordos metales del suelo la nomenclatura de los ríos subterráneos. Y no pedir ayuda a nadie, nunca.”

La exactitud de Cortázar, cuarenta años después de publicar esta obra, es reveladora. Las hormigas, defensoras de la ciudad y de la belleza de sus rincones, corren el peligro de que los humanos invadan sus zonas. Tiempo después, le damos la razón al bueno de Julio. Demasiada humanidad ya para una ciudad acostumbrada al lento caminar de los insectos.

“Mataremos las hormigas con sólo llegar antes a la fuente central. Y nos iremos en un tren nocturno huyendo de lamias vengadoras, oscuramente felices, confundidos con soldados y con monjas.”

Foto principal: León de la fuente del Moisés

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