31. Los conquistadores del cielo


Al final de la calle, que desde ese día se llamó vía XX Settembre, encontraron la Piazza del Quirinale, el palacio papal donde Pío IX se escondía y masticaba la rabia de las ocasiones perdidas.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 21 junio, 2016


El veinte de septiembre de 1870, un grupo de Bersaglieri apuntaba sus cañones hacia Porta Pía, uno de los accesos a Roma desde las murallas Aurelianas. Los ejércitos del reino de Italia, comandados por el monarca piamontés Vittorio Emanuele II, asediaban los estados pontificios con el objetivo de anexionarse la ciudad y convertirla en la nueva capital de la Italia unificada.

Fotografía de la entrada de los Bersaglieri por Porta Pia

Tras varios días de combate, lograron abrir una brecha en la muralla de unos cincuenta metros de ancho. Roma estaba a sus pies y ni los ejércitos de Dios podían parar a aquella joven Italia de banderas tricolores y arias de Verdi.
Los Bersaglieri eran un grupo especial de infantería del ejército piamontés cuya característica principal se caracterizaba por desplazarse en bicicleta, para ocupar mayor territorio en menos tiempo. Llevaban grandes sombreros con plumas y los mandaban siempre a primera línea de batalla. Tras siglos de silencio, Roma vio en estos jóvenes soldados el primer ejército de ocupación en siglos. Pocos meses después se convertirían también en su propio ejército. La Unificación estaba lograda.

Retrato de Pío IX

La Porta Pia se construyó en el período renacentista para sustituir a la vieja puerta romana que daba acceso a la vía Nomentana. Diseñada por Miguel Ángel y encargada por Pío IV (de ahí su nombre), separa los nuevos barrios residenciales de Regina Margherita y la ciudad universitaria, con el centro de la ciudad, muy próxima a la estación de Termini y al Quirinale.

En esa colina, tan sólo quinientos metros más hacia el sur de la Porta Pía, Giovanni Maria Ferretti se recluía en sus estancias con un nudo en la garganta. Apenas unos veinticinco años atrás, había sido ovacionado por las calles romanas como el papa liberal que pondría fin a los siglos de atrasos de una Iglesia que había dejado de representar a la Humanidad.

Un cuarto de siglo antes, en las plazas de Roma, una multitud efervescente proclamaba su nombre como futuro papa de una Italia unificada, capaz de soportar el peso de todos los reinos y de todas las repúblicas existentes en la península. Pío IX tuvo en su mano la gloria de Italia, y se convirtió en el enemigo de una nación apenas creada, que luchaba por hacerse eterna. No quiso creerse capaz de realizar la misión histórica que el pueblo le encomendaba y giró su brazo hacia las tinieblas de la represión y la superstición del pecado. Pagaría su error y acabaría sus días como principal prisionero del Estado Italiano.

Una vez que los bersaglieri habían entrado en la ciudad, siguieron caminando calle abajo, con los fusiles en la mano y recibidos por gente que, poco a poco, empezaba a aplaudir la llegada de las nuevas tropas italianas. Cuando avanzaron unos metros, encontraron una iglesia abierta, en el lado derecho de la calle. Uno de los soldados le preguntó a un campesino el nombre de dicho templo, y este le contestó que se trataba de Santa María de la Victoria. El soldado, que no llegaba a los veinte años, entró en la iglesia quitándose su sombrero de plumas, y a la izquierda del altar mayor, pudo ver la escultura más genial que sus ojos hubieran visto nunca. Se trataba de una mujer, una santa, que se estremecía en espasmos místicos ante la llegada de un ángel (él no lo sabía, pero se trataba del Espíritu Santo). Salió de la iglesia con la sensación de estar en un mundo mitológico donde contaban más los sueños que las realidades, y que no se podía combatir con armas de fuego a los ángeles que lanzan flechas del cielo.
Siguiendo la calle hacia el sur, cada vez eran más los soldados que mostraban sus armas como un acto heroico.

San Carlo de las cuatro fuentes, de Borromini

Saludaban a la gente, que les tiraban flores, y ellos respondían que ahora empezaba una nueva época. A la izquierda vieron una iglesia pequeña. Al principio pensaron se trataba simplemente de una fuente, pero más tarde comprobaron que el mármol de su fachada se combaba, y que en las cuatro esquinas de la encrucijada, sendas fuentes adornaban un monumento barroco. Estaban ante la iglesia de San Carlo alle quattro fontane, y algunos de los que se asomaron vieron una cúpula extraña que parecía convertir el espacio reducido en un cielo abierto infinito. No supieron que aquel hombre también había sido un pordiosero, como mucho de los soldados, y que se llamó, dos siglos antes, Borromini.

Unos pasos bastaron para encontrar otro templo, esta vez muy diferente al anterior. Aquel estaba elevado encima de un pódium, y unas escalinatas daban acceso al interior. Fue obra de Bernini, y muchos de los soldados allí reunidos no supieron apreciar las diferencias entre las iglesias, ni sabían nada del odio ancestral de los arquitectos, piedra angular del arte barroco, ni habían oído hablar nada de cúpulas con forma de elipse. Ellos sólo se sintieron sobrecogidos porque estaban invadiendo con fusiles el lugar exacto donde se contiene la belleza.

Al final de la calle, que desde ese día se llamó vía XX Settembre, encontraron la Piazza del Quirinale, el palacio papal donde Pío IX se escondía y masticaba la rabia de las ocasiones perdidas. A lo lejos algunos soldados percibieron una cúpula grande y casi transparente. Era San Pedro, y supieron que estaban conquistando el cielo con algunos gramos de plomo.

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