5. Aquellas veintitrés puñaladas de Largo Argentina


Frente al teatro de Pompeyo, los senadores salieron a recibirlo. Besaron su mano, le hicieron reverencias y lo acompañaron hacia el interior del edificio. Fue en el interior cuando, uno tras uno, clavaron sus puñales sobre el cuerpo de César.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 16 mayo, 2016


Son muchos los romanos que esperan el autobús o el tranvía en Largo Argentina cada día. Miran sus móviles, leen un libro, o simplemente contemplan las ruinas de lo que una vez fue un templo, un altar sagrado o una calzada romana. El autobús llega, exhalando un humo negro que no tardará en formar también el color de las fachadas. Minuto tras minuto, la parada va cambiando de actores, pero nunca se queda sola.

Tiempo atrás, cerca de 2060 años, un hombre caminó tranquilamente por las inmediaciones. Atravesaría seguramente Piazza Venezia, siendo en aquel momento el esplendor de los foros. Encararía via delle Botteghe Oscure, centro de la República, y se dirigiría finalmente hacia las puertas del Senado.

Esperando el bus en Largo Argentina

Esperando el bus en Largo Argentina

Los últimos años habían sido frenéticos. Los últimos días, simplemente extraños. Las pesadillas le acosaban en mitad de la noche. Su mujer, Calpurnia, dejándose llevar por la superstición, veía pájaros muertos en todas las esquinas de la casa. Los sacrificios y los augurios a los dioses siempre salían desfavorables. Él mismo, aquella mañana de Marzo en la que salió de su casa hacia el Senado, había tirado al pasar por la puerta su propio busto, deshaciéndose en mil pedazos contra el suelo.

¿Pero qué podía temer el hombre más poderoso de Roma si todos sus enemigos habían ido cayendo, uno a uno, ya en el campo de batalla, ya en el exilio? Julio Cesar estaba destinado a que cada paso suyo fuera recordado. Conquistador de la Galia, vencedor de la guerra civil contra Pompeyo, genial estratega y gran constructor, hizo de Roma su campo político, y tenía a la plebe bajo la palma de su mano. Pero en esa mañana ya se consideraba un dios en la tierra. Y a los dioses también les corre la sangre por las venas.

Las ruinas del Templo de la Fortuna

Las ruinas del Templo de la Fortuna

Frente al teatro de Pompeyo, los senadores salieron a recibirlo. Besaron su mano, le hicieron reverencias y lo acompañaron hacia el interior del edificio. Fue en el interior cuando, uno tras uno, clavaron sus puñales sobre el cuerpo de César. Tenía 56 años, el poder absoluto sobre Roma, es decir, sobre el mundo, y estaba a punto de exhalar el último suspiro a los pies de la institución que él mismo se había encargado de desprestigiar.

Con la túnica bañada de sangre, se arrastró hacia la estatua de Pompeyo, en otro tiempo enemigo, y vio acercarse con paso indeciso a Bruto, su hijo adoptivo, tal vez, su verdadero hijo. Tu quoque, fili mi (Tú también, hijo mío), logró decir mientras este le daba el golpe definitivo, la puñalada número 23, la que sellaba el crimen más famosa de la historia de la humanidad.

Siglos después apenas quedan restos de aquellos templos de época republicana. Cualquier vestigio de grandeza que pudiera encerrar el magnicidio, cualquier esquina donde pudiera salpicar la sangre de aquel hombre hecho divinidad, es hoy un conjunto de ruinas en la que los que esperan la parada del autobús o del tranvía se entretienen y descifran como piedras anónimas, puestas por el azar o por algún vendaval elegido de entre los siglos.

Panorámica general del Área Sacra y la Torre llamada Argetina al fondo

Panorámica general del Área Sacra y la Torre llamada Argentina al fondo

Sim embargo, Torre Argentina es el centro de la historia. Pocos viajeros son capaces de descubrir el lugar exacto del asesinato de César. Se distraen con los restaurantes de la zona, con las tiendas de diseño y se dejan arrastrar por la ternura de los innumerables gatos que se desperezan entre columnas romanas y frisos semidestruidos. Aquel que es capaz de construir el último paseo de Julio César, su llegada al senado, el gesto mecánico del apuñalamiento, su rostro de sorpresa y tal vez de serenidad, sabiendo que estaba pasando a la posteridad también por su muerte, aquel viajero que lo visualice ya no será capaz de olvidar este rincón de Roma, anónimo ante la multitud, en el que Shakespeare inmortalizó para siempre a un nuevo héroe moderno, Bruto, asesino por el bien de la Historia, y César, asesinado por el bien de la tragedia artística.

Pero los nombres se confunden apenas damos unos pasos en el camino azaroso que siempre es Roma. El Teatro Argentina, el más ilustre de la ciudad, lleva trescientos años representando, noche tras noche, los mejores dramas de Italia. Fue en sus tablas donde se estrenó El Barbero de Sevilla, en 1816. Fue también el exilio obligado de Toscanini, silbado desde el público por no compartir los ideales fascistas, en los años oscuros de Mussolini.

Templo de la Fortuna y Teatro Argentina

Templo de la Fortuna y Teatro Argentina

Uno entiende paseando por el Area Sacra Argentina qué cercanos están en estas calles la vida y la representación, la historia y la lírica: a un lado la acción, el asesinato, los hechos históricos, a otro el teatro, la dramaturgia, el espectáculo y la ficción.

Esperando también el autobús alguno se pregunta en silencio que qué fue de aquellos que traicionaron a César. Miran como cae la tarde sobre los templos destruidos  e intentan concentrarse en el lugar exacto donde Julio César expiró. Fue Suetonio el que dijo que ninguno de sus asesinos le sobrevivió más de tres años, y muchos de ellos murieron bajo el mismo puñal que emplearon para matar a César. Pero el que espera el autobús no recuerda el nombre de ninguno de los asesinos. Sin embargo, el nombre de César lleva hoy hasta el mes más caluroso que pueda existir en esta ciudad

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