6. Aquellas tristes cabezas colgadas en los puentes romanos


El primero que tuvo la ciudad también fue el primero en ser destruido. De él hoy no nos queda más que la literatura y la voluntad de Tito Livio. El Ponte Sublicio fue el lugar de una gesta heroica en los tiempos de la monarquía, cuando Roma no pasaba de ser un poblado de pastores.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 17 mayo, 2016


Son los puentes, tal vez, los únicos sitios de Roma donde creemos estar al margen del tiempo, y nos sabemos capaces de vencer por un momento la asfixiante sensación de que los días se escapan de entre las manos sin darnos cuenta. Se ven a un lado los templos, como esqueletos gigantes sin carne ni uso, o las iglesias, tan vacías y oscuras, adquiriendo el color del humo, y observamos, en cambio, los puentes, monolíticos, imperecederos, sin ser arrastrados por la corriente del río, salvando a cada momento las dos ciudades que se abrazan en sus arcos. Y la gente se pregunta si antes de que existiesen las siete colinas y el cuento de la loba y los dos pobres abandonados no estaban ya los puentes llenando de mármol las riberas del Tíber.

El primero que tuvo la ciudad también fue el primero en ser destruido. De él hoy no nos queda más que la literatura y la voluntad de Tito Livio. El Ponte Sublicio fue el lugar de una gesta heroica en los tiempos de la monarquía, cuando Roma no pasaba de ser un poblado de pastores. Horacio Cocles detuvo a todo el ejército etrusco él solo. Empuñó la espada mientras sus compatriotas romanos demolían el puente. Murió ahogado intentando cruzar a la otra orilla del Tíber, según Polibio. Esta historia nos sirve para entender la necesidad que tiene Roma de convertir en mito cualquier rincón que abarque su nombre.

Bicicletas en el Ponte Vittorio Emanuele II

Bicicletas en el Ponte Vittorio Emanuele II

Para no perder la estética decadente de la ciudad, el siguiente puente que se nos presenta conserva solamente un arco y dos pilastras. El Ponte Emilio (o Ponte Rotto, como lo llaman los romanos) es una de las vistas más impresionantes que puede regalarse el viajero a su paso por la Isla Tiberina. Da también un aviso importante: este río que ahora vemos tranquilo, asumiendo su paso por la ciudad como una sonata para violín, no siempre ha sido portador de paz. Los aluviones han sido muy frecuentes en una ciudad donde el río podía llegar a subir más de dos metros, inundando y anegando barrios enteros.

El Ponte Fabricio, llamado también Ponte Quattro Capi acoge una leyenda popular en la que los cuatro arquitectos que restauraron dicho puente en el siglo XVI fueron decapitados en sus arcos por diversas disputas contra el papa. En efecto, durante el Barroco, la justicia papal puso de moda las decapitaciones en los puentes, para que la gente tomara buena nota del final lúgubre que podía tener quien sobrepasase la paciencia de los regidores celestiales. Más allá de la advertencia, el Ponte Fabricio es la entrada natural al Ghetto. Muchos de los judíos que lo habitaban la mañana del 16 de Octubre de 1943, abandonarían para siempre sus casas por este puente. Su destino era desconocido hasta que vieron aparecer las vías del tren en un invierno polaco: la mayoría no volverían de Auschwitz nunca más.

Isla Tiberina y Ponte Fabricio

Isla Tiberina y Ponte Fabricio

El Ponte Sisto conecta Via Giulia con la entrada al Trastevere, desde Piazza Trilussa, lugar de encuentro obligado para la juventud romana, donde se mezcla la cerveza y el inicio de la noche. Es de los pocos puentes de Roma en los que se puede pasear sin la amenaza mortal que suponen los coches. A cualquier hora es normal encontrar gente tocando la guitarra, y al atardecer, el sol se pone por el lado de la cúpula de San Pedro del  Vaticano, lo que la hace irradiar un color que tal vez ni Miguel Ángel pudo pensar.

El Ponte Vittorio Emanuele II es tal vez el primer puente construido pensando en Roma como capital del reino de Italia, y no como la autosugestión de ser el centro de la tierra. Conecta una de las zonas arqueológicas más logradas de la ciudad, como es el Campo de Marte, con el complejo monumental de San Pedro del Vaticano. Entre sus esculturas se pueden apreciar diferentes motivos que aluden a la unificación italiana, ese momento tan curioso en el que por primera vez Italia se rebeló también contra la sombra de los papas, y los Estados Vaticanos desaparecieron de la geografía política europea, hasta que Mussolini, en 1929, les concediera el territorio actual. Como restos de aquel acuerdo, tenemos la Vía de la Conciliazione, pensada por el arquitecto fascista Marcello Piacentini. De esta forma, la Roma de los papas y la Roma capital italiana quedaban frente a frente, como dos caras de la misma moneda.

Ponte Rotto desde la Tiberina

Ponte Rotto desde la Tiberina

Tal vez el puente más conocido sea el Ponte Sant’Angelo, mandado construir por Adriano para dar acceso al mausoleo que acababa de construirse. Llamado Ponte Elio en un primer momento, ha sido capaz de darle a la ciudad los momentos más brillantes de su historia, así como los más oscuros. Sin la buena voluntad de algún viandante, o la propia acción de la naturaleza, aún veríamos colgar de sus arcos las tres cabezas de los Cenci (Beatrice, Lucrezia y Giacomo),  hermanos y madrastra que asesinaron al padre, Francesco Cenci, por motivos que hoy día permanecen oscuros. Las lenguas afiladas del otro lado del Tíber aseguraban que detrás de la intriga estaba el papa Clemente VIII, quien, tras los ajusticiamientos, se quedó con todo el patrimonio de la familia, incluyendo varias villas a las afueras de Roma. Alberto Moravia recoge el momento en una pieza teatral que hace imborrable la tragedia.

En Roma hay puentes como romanos tiene la ciudad. El Lungotevere es un paseo infinito hecho durante milenios, con la gracia de un poema: es un suspiro, tan solo un momento de brillantez. Un segundo que dura una vida. Walter Benjamin decía del Sena que era la biblioteca al aire libre más hermosa del mundo. El Tíber y Roma serían como esa librería, pero antes de que se inventara la imprenta. Todo es más rudo en sus riberas, carente a veces de elegancia. Pero, a su vez, todo es más salvajemente bello.

Puente Sant'Angelo y Mausoleo de Adriano desde Campo Marzio

Puente Sant’Angelo y Mausoleo de Adriano desde Campo Marzio

Aquel que viene del Trastevere no es el mismo que, horas antes, había caminado por la otra orilla. Las ciudades se van suplantando, las diferentes Romas se acumulan una encima de otra y la vida va haciendo pequeña las tardes y los paseos. Los puentes romanos seguirán allí cuando nos marchemos. Mitad verdad, mitad mitología.

(Foto Principal: Ponte Sisto arrastrando troncos).

 

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