8. No me dejen salir nunca de Monti


Porque Monti es un barrio que se reinventa cada tarde, y que vuelve a nacer cada mañana. Un piso normal de estudiantes puede tener una cava de la antigüedad romana.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 19 mayo, 2016


Es difícil imaginar que un lugar tan bello como es Rione Monti en nuestros días fuese poco más que un barrio miserable en la Antigua Roma. Al otro lado del mercado de Trajano y de los Foros Imperiales, se elevaba un muro de más de ocho metros: a un lado el poder, la elegancia de los cognomina romanos, el estilo de los templos dorados; al otro lado, una vasta extensión de pescado pudriéndose, de casas hechas de barro donde vivían familias enteras, alimentándose de los desperdicios que caían del otro lado del muro.

Acceso a una casa en Monti

Acceso a una casa en Monti

En esta ocasión, algo le hemos mejorado al tiempo, y esto sucede pocas veces. Monti se presenta como uno de los barrios más vivos de Roma, en pleno centro y sin la invasión bárbara de los turistas. Caminar por sus calles es perderse entre esquinas anónimas, sin la presión constante de encontrar el lugar de la muerte de un ilustre, o el milagro inesperado de una virgen o de un santo. Monti es el lugar donde se busca el anonimato. El barrio donde siempre pasa de todo pero nada trasciende fuera de sus muros.

Hace ya cerca de ocho años que llegué por primera vez en esta ciudad. El azar, la fortuna conjugada con la voluntad y un cicerón que acabaría siendo mi amigo me hicieron vivir en este barrio, dos meses en los que, con 17 años, me sentía superado por la ciudad, me veía incapaz de controlar sus calles y el caos de su belleza. Por aquellos días, y sin saberlo, compartíamos edificio Matilde y yo, una vieja amiga que formó, como tantos otros, los mejores días pasados en París. Volver a Monti es también pasear sin rumbo, esperando encontrarme, por caso, por justicia poética, sus mismos pasos que me buscan.

Antigua entrada romana de la Subura

Antigua entrada romana de la Subura

Pero el incendio comienza a eso de las siete de la tarde. Los romanos, los jóvenes (en otro tiempo la plebe) salen de sus trabajos y se dirigen a pie a Monti. En un extremo, San Pietro in Vincoli, custodiando la mirada rigurosa del Moisés de Miguel Ángel; en el otro lado, el Palacio del Quirinal, residencia del Presidente de la República Italiana, en otro tiempo residencia papal. En apenas un kilómetro una telaraña de calles permiten al caminante perderse: subir y bajar escaleras que conducen hacia el corazón mismo de lo eterno; girar una esquina y ver, en línea recta, la Basílica de Santa Maria la Maggiore, cerrando sus puertas al cielo, porque ya es tarde;  dar la espalda a Termini y a su sonido de trincheras que son los autobuses y los taxis frente a un semáforo; dejar la grandiosidad de los templos y de las ruinas por la perfección de dos botellas de cerveza, una conversación en cualquier lengua que haya llegado hasta aquí, y perderse en las enredaderas verdes que desde los bares suben hasta las terrazas.

Escalinata dei Capocci

Escalinata dei Capocci

Fuera de todo tiempo, alejados de los oficios cotidianos, Paco y yo solemos venir cuando está cayendo el sol. Nos gusta  caminar por Via degli Zingari hasta llegar a la Piazza della Madonna dei Monti. Nos sentamos en un banco, mientras el agua de la fuente cumple su circuito, y tal vez, si el día acompaña, alguien toca la guitarra, alguien hace sonar su saxofón. Compramos unas cervezas a bajo precio, y simplemente dejamos pasar el tiempo, viendo como la plaza se va llenando de gente, y nuevas voces traen nuevas conversaciones, nuevas situaciones que nos hacen acabar la noche en una enoteca cercana, en un restaurante mexicano, en un bar simple y llano donde hacen de las mejores pizzas de Roma. Es entonces cuando la vuelta a casa se convierte en un paseo delicioso donde la oscuridad de la ciudad nos atrapa, donde los turistas ya se han convertido en estatuas de mármol que no se mueven, no hablan, no hacen fotos, y solo repiten el gesto y el silencio mientras nosotros avanzamos hacia el Tíber.

En algunas de sus calles, cuando Monti duerme, aun se vive la historia del padre Luigi Morisini, sacerdote que durante los negros años del fascismo y de la guerra, salvó a numerosos partisanos de morir en las bocacalles oscuras de los fusilamiento. Aún sin cicatrizar las heridas de la Guerra Mundial, de la ocupación Nazi, Rossellini inmortalizará la tragedia en su imborrable Roma, città aperta, considerada la obra de arte del neorrealismo italiano, junto a Ladrón de bicicletas.

Enredadera en Monti

Enredadera en Monti

Porque Monti es un barrio que se reinventa cada tarde, y que vuelve a nacer cada mañana. Un piso normal de estudiantes puede tener una cava de la antigüedad romana. Conocidos de este tiempo, amigos de amigos, me han dicho que han llegado a encontrar cerámicas pintadas donde, quién sabe, familias enteras guardaban el grano o el vino de Falerno mezclado con agua. O las catacumbas familiares donde la pobreza se mezclaba con la esperanza de otra vida.

A veces merece la pena volver a Roma solamente por beber una cerveza en Monti. Es una ciudad desconocida y alejada de cualquier estereotipo. En este barrio también abundan las iglesias y los templos a base de mármol roto, pero no es lo imprescindible. Sus calles se bastan por sí solas para desear no marcharse nunca de allí. Para entrar, basta dejarse llevar, tal vez encontrar en una terraza a Federica mirando el periódico, y no mirar nunca el reloj, por más que aparezca la noche.

Foto Principal: Piazza di Santa Maria de Monti

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