9. Y si tienen alma…

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Volvemos a esa mañana de 1537 no tanto porque sea un día histórico para la odisea americana, sino por intentar descifrar qué sintieron esos ojos vírgenes, esos ojos que no conocían las intrigas papales, la codicia del oro y las guerras europeas bajo estandartes nobles, esos ojos tristes al ver el centro de un mundo que desde ese instante también les pertenecía.


Al sol de Roma 20 mayo, 2016


Es solo un instante, pasajero, y sin embargo, los pasos nos han traído hasta aquí. Vemos la luz de ceniza caer sobre la plaza. Es una luz que no ilumina. Al contrario, apaga los contornos, le da fuerza a las sombras. Hace huir a los turistas. Ha escampado la lluvia pero es demasiado tarde para que la ciudad retome el ritmo frenético. Cruzando los charcos, esquivando los atascos, buscando el silencio, hemos llegado a ella.

Via de la Conciliazione y al fondo San Pedro del Vaticano

Via de la Conciliazione y al fondo San Pedro del Vaticano

Hace horas que los peregrinos descansan, y la Plaza de San Pedro del Vaticano se muestra vacía, desnuda, tal vez como la soñaran los numerosos arquitectos que la hicieron posible. Unos agentes de la guardia suiza pasean con las lanzas en la mano. De dos en dos, caminan de un lado para otro, sin llegar a salir del recinto amurallado. Acostumbrados a la multitud, al sonido frenético de los focos cerrándose en un destello de luz, los guardias disfrutan como niños de la tranquilidad de la tarde.

Ahora ya no es Viernes y no sabemos si llueve o no. Sucedió un 2 de Junio de 1537. Aquella expedición entró por el mismo lugar en el que estamos nosotros. Están asustados. Tras un largo viaje en barco, mareados, desembarcaron hace unos días y se dirigen a ver al Santo Padre. Ellos no pueden ver la Plaza tal como la vemos nosotros. No hay rastro de su columnata, de su juego visual, donde los turistas, en nuestros días, se esconden mientras entran ruidosos al templo. Bernini aún no le había puesto nombre a Roma, y ciertos lugares de la ciudad solamente podían ser señalados con el dedo porque aún no tenían forma.  Tampoco ven, como ahora se asombra la humanidad, la cúpula de Miguel Ángel. Nada de eso existe. El templo que tienen ante ellos es un amasijo de obras inacabadas. Un conjunto de ideas que sobrevuelan y que están por hacerse mármol.

Plaza de San Pedro del Vaticano, ideada por Bernini

Plaza de San Pedro del Vaticano, ideada por Bernini

1537.- La ciudad apesta a verano de aguas estancadas. La expedición avanza con miedo. Tienen la piel cetrina. Les pesa la ropa. Los han vestido con túnicas blancas aunque normalmente, en donde ellos viven, la gente va desnuda. Un embajador español los presenta ante su santidad, Paulo III, el Papa Farnese: aquí los indios americanos descubiertos por Colón.

Tres horas de debate bastaron. El Papa emite una bula, Sublimis Deus: “Nos, que aunque indignos, ejercemos en la tierra el poder de Nuestro Señor… consideramos sin embargo que los indios son verdaderos hombres y que no solo son capaces de entender la fe católica, sino que, de acuerdo con nuestras informaciones, se hallan deseosos de recibirla.”  A partir de ese momento, los indios americanos también tenían alma. Podían entrar al paraíso. Eran humanos.

Volvemos a esa mañana de 1537 no tanto porque sea un día histórico para la odisea americana, sino por intentar descifrar qué sintieron esos ojos vírgenes, esos ojos que no conocían las intrigas papales, la codicia del oro y las guerras europeas bajo estandartes nobles, esos ojos tristes al ver el centro de un mundo que desde ese instante también les pertenecía.

Multitud vacía Plaza de San Pedro del Vaticano

Multitud vacía Plaza de San Pedro del Vaticano

Y eran tiempos convulsos. Paulo III llegó al trono de San Pedro en 1534. Encontró una Roma efervescente que vivía bajo el influjo del Renacimiento sus mejores días artísticos. A finales del siglo XV, se impulsó desde el papado la construcción de una nueva basílica para albergar la tumba de san Pedro. Será Julio II el que retome el proyecto. Roma gastará una cifra, incluso para la fecha, desmesurada. El pueblo se moría de hambre, al otro lado del Tíber, y los cardenales encargaban retratos a Rafael, capillas a Bramante. La mañana del 31 de Octubre de 1517, Martín Lutero clavaba en una iglesia de Wittenberg sus 95 Tesis que lo alejaban de la Iglesia de Roma.

La fractura ya no tenía cicatriz posible. Paulo III  convoca el Concilio de Trento. La Contrarreforma está en marcha y Roma, Europa y la recién descubierta América se guiarán bajo el auspicio de Trento. De la espiritualidad de sus formas, de la intransigencia de sus credos, nacerá el Barroco. Roma será su pesebre de oro. España su brazo ejecutor. México, al otro lado del Atlántico, su primera obra nacida a imagen y semejanza.

Así los siglos se fueron sucediendo. Aquellos tristes indios vestidos con túnicas blancas no entenderían nunca que Europa, acaso su nuevo hogar, frío y con olor a leña, era un campo de sangre donde los señores y los cardenales se disputaban la sombra alargada de la cruz. No llegarían a ver construida la mayor cúpula de la humanidad, ideada por Miguel Ángel. Jamás apartarían la vista de la fachada construida por Maderno, en 1607, tan excesiva que ella sola es capaz de romper la magia de la cúpula, de destruir más de tres siglos de arte sobre arte. Los indios se fueron por el mismo camino por el que habían venido, hacia una ciudad que les parecía una pesadilla de agua y torres encantadas.  La misma por la que nosotros ahora descendemos, dejando a oscuras esta plaza de sillas vacías.

Foto Principal: El Papa Paulo III, pintado por Tiziano

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