¿A dónde nos han enviado a batallar nuestros amos?


Y justo en ese instante, te paras y piensas por un segundo en qué sería de uno sin todo lo anterior, y sientes felicidad por formar parte de tu pueblo, de su entorno, su historia, y de la gente que te rodea, e incluso de algunos que nos visitan y nos honran con ello.

Martin Campoy
@MartinCLopez

La impertinencia consecuente 26 octubre, 2017


Tenemos muy definidos, estudiados y documentados cinco sentidos: el gusto, tacto, vista, olfato y oído. Hay otros, como el de la poca vergüenza (por ejemplo) que no está considerado como tal, y que se podría clasificar más bien en la categoría de defecto o virtud, según el propósito.

Yo quería hablaros de otros sentidos que forman parte de la biología o la psiquis del individuo, aunque se me han ido los dedos directamente a lo de la poca vergüenza y no se muy bien por qué, aunque a lo mejor consiga averiguarlo conforme se vayan juntando las palabras. Tal vez ,al final del texto consiga entender este desliz.

He sentido algo especial al ver un reportaje fotográfico en la edición on line de un periódico de nombre contradictorio con el que te puedes medio informar de asuntos regionales, nacionales y un poco del extranjero; el reportaje era sobre el encendido de la llama olímpica en Olimpia, para los próximos Juegos Olímpicos de invierno, e imagino que más o menos si leéis esto, ya os estáis haciendo una idea mental de esas imágenes.

Unas zagalas hermosísimas vestidas con túnicas blancas imitando la técnica de los paños mojados de la escultura griega clásica, desfilan solemnes y encienden un fuego con un artefacto que aprovecha los rayos solares. Luego colocan esa llama en otro cacharro y lo trasladan hacia el estadio primitivo y la entregan al primer relevista, y hala, a correr. Todo esto rodeado de las ruinas del templo de Hera, bailes, liturgia, todo parece estar en armonía con el entorno, todo parece que tiene sentido aunque no se logre entender nada, y no sepas nada de historia o cultura clásica, ni siquiera dónde está Grecia ni por qué le debemos tantísimo a esa civilización, a pesar de que ahora mismo sean los apestados de Europa, junto a nosotros los españoles.

Y es eso lo que se siente, como si todas las mitocondrias de golpe vibraran y el cerebro a través de algún extraño mecanismo químico se situara en otro lugar y otra época en la que físicamente jamás se estuvo, pero si de otra forma. Y es algo físico, algo que se siente y se nota, no hablo de mierdas parapsicológicas, ni deyavús ni avionetas rompe nubes ni nada eso.

Ese es el sentido, el séptimo u octavo, y que es capaz de procesar la información que se llega de los otros seis al recibir un estimulo de estos que os cuento y hacerte sentir que uno ya estuvo allí, que formó parte de aquello. Y sucede con el patrimonio, la historia, el arte, la música, la literatura, la naturaleza, todo en conjunto, la historia del mundo en definitiva, y conforme más conocimientos se adquieren más se desarrolla y más placer se tiene al sentirlo.

A mi, por ejemplo, me sucedió hace unos meses al revisitar la Mezquita de Córdoba, y en Lorca me pasa de continuo al atravesar la calle Cava y al volver del Cejo dirección Castillo. Supongo que esto es porque mis antepasados más cercanos vivieron en aquella destrozada calle hasta hace unas décadas, y mis más remotos tuvieron que llegar por ese sendero del Cejo a Lorca y al ver la mole de piedra que es la Torre Alfonsina, a lo lejos, brillante al sol con su cubierta de cerámica, tuvieron que estremecerse y pensar: ¬–¿a dónde nos han enviado a batallar nuestros amos? –De aquí no salimos vivos.

Y justo en ese instante, te paras y piensas por un segundo en qué sería de uno sin todo lo anterior, y sientes felicidad por formar parte de tu pueblo, de su entorno, su historia, y de la gente que te rodea, e incluso de algunos que nos visitan y nos honran con ello. Y eso es auténtica felicidad, auténtico orgullo y patriotismo de haber sido, ser, pertenecer, y aportar.

¿Qué queréis que haga si el Pendón de Cantoria, todos los privilegios rodados custodiados en el archivo, el bordado de Muñoz Barberán, los sillares de San Patricio o de la recuperada muralla de la calle Rambla me representan más que la bandera nacional o el himno? No lo puedo evitar, pero tampoco pido que lo entendáis, solo que intentéis sentirlo. Ya os digo que es algo físico.

Podéis, por ejemplo, atravesar el puente de la Torta, dirección a la huerta y probar a sentir los millones y millones de pisadas de miles de lorquinos de los dos últimos siglos, y comprender como el ingenio humano es capaz de acercar realidades distintas de un mismo pueblo solo con metros cúbicos de hormigón y diseños de ingeniería.

Y si lo sentís, acordaros también de que aquellos del discurso oficial de la “Nueva Lorca” quieren haceros elegir entre susto o muerte con este puente, cuando ya les han propuesto la solución de elegir susto sin más. Mucho me temo que si os quieren hacer elegir, es porque ya han señalado con su pulgar hacia abajo, cual emperadores de chichinabo en su Roma imaginaria.

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