A veces parece que todo va bien

A veces parece que todo va bien

Yo quería escribir sobre el periodo de tregua de cincuenta días, que ya se está agotando, o sobre lo que aconteció hace un par de semanas en La Noche de los Museos y los zagales de las moticos, de lo turbio que se está poniendo el tema en el Mar Menor,…

Yo quería escribir sobre el periodo de tregua de cincuenta días, que ya se está agotando, o sobre lo que aconteció hace un par de semanas en La Noche de los Museos y los zagales de las moticos, de lo turbio que se está poniendo el tema en el Mar Menor, o sobre la cara acontecida en plan «te quiero, pero déjame vivir» cada vez que me cruzo con según que concejal del equipo de gobierno, pero es que esta noche me ha pasado algo que me ha hecho recobrar cierta fe en la humanidad.

Sé que se llama Hiba. Es una niña de no más de ocho años, apenas un metro, ojos enormes y de origen marroquí. Todo esto lo sé porque tengo el privilegio de servir al pueblo desde la biblioteca pública, cuando me dejan hacerlo, y la he tenido en la biblioteca infantil algún sábado por la mañana rebuscando entre los estantes, desordenadolo todo, o bien aporreando el teclado de los ordenadores públicos que ponemos a disposición de los usuarios.

La recuerdo impertinente (como el que escribe esto) dando la turra sobre mi trabajo en plan, ¿y por qué colocas los libros así, o por qué esos libros no se prestan?

En fin…un incordio, una usuaria encantadora, pero que hace que la mañana se pase más lenta, y que además no para de revolotear, hacerse la jefa, montar complots, organizar comandos, conspirar, en fin…cosas de niños pero que no te deja trabajar de una forma tranquila o al menos continuada. Es de esas crías que asumes como un reto profesional para ganar un lector para toda la vida, y ganar un lector es crear una buena persona y para los bibliotecarios ese es un reto siempre dispuesto a asumir entre tanta lectura obligatoria que solo hace que los escolares odien leer de forma casi sistemática.

El caso es que estaba en la puerta de un garito, metiéndole voltaje a la vaporeta de vapear para curar mis adicciones y mi mala hostia crónica, y ha pasado Hiba, con un señor sonriente que he ubicado como su padre. La chiquilla me ha reconocido como su bibliotecario de los sábados y se ha excusado por ir en pijama y me lo ha dicho avergonzada y coqueta. Le he dicho que no se preocupara, que esa ropa era la más cómoda, y que siendo de noche era lo que había que llevar. Su padre me ha dedicado una de los sonrisas más amplias que recuerdo en mi vida, pero lo niña corría avergonzada calle arriba por ir en pijama.

A los pocos minutos, la calle se ilumina con una sonrisa que ocupaba toda su cara. Llevaba en una mano algo mordisqueado, como una especie de dátil recubierto de una película dulce, como un almíbar espeso que ella iba comiendo y que chorreaba, y de la otra mano, escondido como si fuera un truco de magia, llevaba lo mismo pero entero e impoluto. Parecía delicioso, y más a unas horas en las que el hambre apretaba.

La pequeña Hiba me lo ofrece, me dice que ese dulce es para su madre, pero que como aun no había llegado de trabajar me lo quiere dar porque la cuido los sábados en la biblioteca. Se me caen dos lágrimas como dos ladrillos de kilo dentro del vaso de cerveza y me la estropea. Entro y dejo el vaso en la barra y Modesto, el amo y señor del garito, sospecha que algo pasa fuera. Salgo a la puerta con el corazón tiritando y tartamudeando (como de costumbre) le digo que no, que se guarde ese dulce para su madre, para cuando llegue a casa, y que se dé prisa en llegar porque se le derrite y su madre lo va a querer entero, y que aunque vaya en pijama, jamás he visto a una niña tan guapa como ella.

Hiba me hace caso por primera vez en su vida, sonríe, me da un beso y se va con la certeza de que el sábado que viene, si encajo en el horario, la tendré de usuaria de la biblioteca.

Pago a Modesto mis consumiciones y marcho a casa a escribir esto, antes de que la inventiva me fastidie el milagro que ahora mismo no me deja dormir.

A veces parece que todo va bien. Y estoy bien, porque todo va bien.
Parece.
Gracias, pequeña Hiba.

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