4. Adoquines mojados


Ayer, la lluvia nos sorprendió cuando volvíamos del trabajo de Paco. Ya estaba anocheciendo, y las primeras gotas que caían en nuestra cara parecían un alivio a las horas del día. Cuando arreció la lluvia, y se convirtió en tormenta, solo los soportales de San Pedro del Vaticano nos protegieron. Quedaban aún unos minutos para llegar a casa.

Pepe Pérez-Muelas Alcázar
@Josemariapma

Al sol de Roma 13 mayo, 2016


La primera vez que vimos llover en Roma fue hace muchos años, antes de conocer la ciudad. Leer, en aquellos días de instituto, era sobre todo descubrir otras ciudades que, a causa de la edad, a causa de las circunstancias vitales, nos resultaban lejanas. Tendríamos 17 años y nos preparábamos para hacer el examen de selectividad. Paco y yo no dejábamos de ser esos conocidos que de vez en cuando se cruzaban por la calle, se saludaban, y nuestras vidas seguían estando al margen de nuestra cotidianidad.

Y fue en primavera cuando vimos llover en Roma por primera vez. Abrimos La vida, del poeta murciano Eloy Sánchez Rosillo, libro obligatorio para selectividad, y durante unos minutos observamos el agua fresca limpiando las cúpulas de incienso, las fachadas, deshaciéndose del polvo acumulado durante los siglos de papas y ejércitos, los adoquines brillantes, el río, creciéndose y multiplicándose de peces y ramas rotas, las banderas tricolores, pesadas y elegantes. El poeta esperaba en la habitación de un hotel, y se asomaba a la ventana viendo caer las gotas, divirtiéndose al observar a los turistas buscando refugio, como palomas asustadas.

A lo lejos, San Pedro del Vaticano entre nubes y antenas.

Luego la lluvia cesaba. El cielo se abría de repente y el color de las fachadas de los edificios se fundía con el cielo. Era el momento de dejar la soledad del hotel y caminar tranquilamente por unas calles que, habiendo estado siempre allí, durante siglos, se mostraban nuevas y diferentes, con un tono fresco. El poeta sentía que estaba descubriendo una nueva ciudad que apenas acabara de nacer. Caminaba por los adoquines mojados, sin coches, apenas cruzándose con parejas despistadas, llenando la calle, sin pararse en los comercios, que a esas horas ya casi cerraban, y salía a alguna plaza para ver la inmensidad de la tarde en una fuente o en un árbol reverdecido.

El poema acababa con el presagio del otoño, con los años transcurridos de aquella lejana llovizna de verano y con la melancolía de que aquella Roma 1984 no volverá jamás a figurarse salvo en esas páginas de su memoria. Para Rosillo ver caer la lluvia era volver a Roma. Volver a ser feliz. Para Alberti, en cambio, era volver a ver Cádiz y su mar de plata. Todo su dolor se encerraba en este verso: “Agua de Roma para mi destierro”. Rosillo, en Roma, no aparentaba ser más que un turista, con respecto al poeta andaluz.

El monte Mario atardeciendo con tormenta.

Han pasado casi diez años desde que leímos aquel poema. Muchos de mi generación tal vez lo hayan olvidado. Para mí supuso una herida abierta en mi obsesión por conocer de lleno esta ciudad. Pienso, en horas tan peligrosas de caer en el sentimentalismo como es el atardecer, que estos días romanos no existirían sin el germen de poemas como aquellos que leí en los años de instituto, frases que en su tiempo eran una carga académica y que hoy se me presentan como versos sueltos de la profecía de mi vida.

El Ponte Cavour en el centro de la tormenta.

Ayer, la lluvia nos sorprendió cuando volvíamos del trabajo de Paco. Ya estaba anocheciendo, y las primeras gotas que caían en nuestra cara parecían un alivio a las horas del día. Cuando arreció la lluvia, y se convirtió en tormenta,  solo los soportales de San Pedro del Vaticano nos protegieron. Quedaban aún unos minutos para llegar a casa. Estábamos cansados, pero cuando escampó, la ciudad perdió la cuenta de los siglos y se abrió lentamente para nosotros. Atravesamos el río y nos perdimos entre calles encharcadas y palacios que exhalaban la humedad de las obras recién descubiertas. Estuvimos unas horas sin saber muy bien a donde ir, solamente dejándonos llevar por el instinto.

El Tiber bajo las primeras gotas de la lluvia.

Con la lluvia, las ruinas volvían a ser templos y recuperaban el brillo de antaño. La tierra movía arbitrariamente sus entrañas y siempre estaba por descubrirse una estatua, el busto de un general romano, la tumba de un cardenal o el revolver secreto de un brigadista. Ya no supimos el orden de las calles, y cualquier avenida que nacía espontánea nos parecía un afluente del Tíber. Fue hermoso no saber volver a casa, tan mojados, tan felices de vivir nuestro 1984.

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