Alfredo Milego, enorme profesor

Alfredo Milego, enorme profesor

Si, en 1940, fuéramos asiduos del Boletín Oficial, hubiéramos tenido noticia de su expediente de depuración, acusado de haber pertenecido al consejo cultural de la CNT y de “ser un poco mujeriego”, y hubiéramos sabido que en 1941 fue confirmado en el cargo, tras una inexplicable permuta que lo llevó a Lorca, donde vivió un casi seguro destierro.

«Lo veo –dice el poeta cartagenero José María Álvarez- con una enorme bufanda, con una gabardina varias tallas superior a la que hubiera necesitado», hacia 1955, seguramente en un aula del Instituto Jiménez de la Espada. Sin embargo, nosotros nos encontraremos por primera vez en 1946 su gabardina desmesurada, bajo un rostro abstraído, ojeroso y solemne en el «posado» del Claustro del nuevo Instituto Ibáñez Martín de Lorca.

El profesor Milego, tercero por la izquierda en la última fila, en una foto del Claustro de 1946 (Menchón-Archivo del Instituto).

Otros, más longevos, lo vieron como jugador y presidente del valenciano Club Deportivo Español o asistieron con él en 1919, en el bar Torino, al acto de refundación del Valencia Club de Fútbol, del que su hermano César Augusto será primer presidente, y luego lo trataron como presidente de la Federación Valenciana del Balompié, porque “le gustaba mucho el fútbol”, según recuerdan en la Asociación Cultural del Instituto Obrero de Valencia.

El poeta José María Álvarez, vuelve a insistir en el atuendo desmedrado del profesor al que veneraba diciendo que “vestía muy mal, con una bufanda remendada y una chaqueta cuyas solapas habían conocido el 14 de abril” (de 1931, fecha de la proclamación de la República); afirmación que, si no fuera algo exagerada, llevaría a pensar que era la misma prenda con la que tomó posesión como director del Instituto de Alcoy, en junio de ese mismo año. Cosa que no es cierta, porque en 1942 se retrató en el casino de Lorca, junto a una de las últimas promociones del viejo Instituto, con la mirada un tanto ladeada y cejijunta, pero de punta en blanco, con una chaqueta flamante, corbata y pañuelo de bolsillo.

Si nos dejamos llevar por el poeta cartagenero, nos dirá que “era un ser desmesurado, que entraba en clase como un Zeus tonante, con dos pares de gafas que constantemente se quitaba y ponía”, operación ocular que certifican también sus alumnos de los Institutos Obreros de Valencia y de Cataluña, donde la CNT lo acogió durante la guerra civil, que veían cómo “se quitaba y ponía sus destartaladas gafas”. Si, en 1940, fuéramos asiduos del Boletín Oficial, hubiéramos tenido noticia de su expediente de depuración, acusado de haber pertenecido al consejo cultural de la CNT y de “ser un poco mujeriego”, y hubiéramos sabido que en 1941 fue confirmado en el cargo, tras una inexplicable permuta que lo llevó a Lorca, donde vivió un casi seguro destierro.

En el Instituto de Lorca, sus alumnos, como los de sus destinos anteriores y posteriores, no olvidarán que había conocido personalmente a Unamuno y a Baroja y que se le incendiaban los ojos cuando hablaba de ellos o recitaba fragmentos de Machado, Valle-Inclán o Cernuda. Pero las malas lenguas, que siempre las ha habido y las habrá, alimentaban leyendas y maldecían no sé qué y sí sé qué acerca de la vida privada de este cíclope solitario y melancólico, que vivía en una modesta fonda: que era viudo, que “tenía querida”, que “cada año venía con una” (mujer distinta), que llevaba “vida desarreglada” e “irregular”, que era “de carácter despreocupado y jocundo, mujeriego y amigo de las diversiones”, que tenía una hija bellísima que nadie había visto, que tiraba a liberal, e incluso que era masón…

Algunos recordarán las apostillas y comentarios, entre escépticos y burlones, que les dirigía: para alentarlos (“¡Anima las almas, Blas! ¡Anímalas!”, “Vamos al toro, que es una mona”), lamentar sus errores (“Al primer tapón, zurrapa”, “Al revés me los calcés, Garcés”), reprender su mal comportamiento (“Sita Sastre, sita Pérez, por la ventana”) o dudar de la calidad de su aprendizaje (“Ahí los esquilan, allí los yerran y aquí los hacemos más burros”).
Pero en todos ellos sus clases apasionadas y el estudio en sus magníficos libros de texto despertaron el afecto y el respeto por él como maestro y, en general, como proclama Álvarez, “por aquellos viejos republicanos derrotados, y por su amor a la cultura, indemne ante el salvajismo de los vencedores”. Y se sintieron afortunados, porque no hay mal que por bien no venga.

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  • Fernando Martínez Serrano
    18 febrero, 2019, 20:13

    Lo del aspecto desaliñado que le atribuye Álvarez a Don Alfredo debe estar influido por el tópico con que se retrata a Don Antonio Machado.
    Yo recuerdo a mi padre hacer comentarios muy elogiosos del profesor Milego.
    Y no deja de ser paradójico que fuese depurado por el primer ministro franquista de educación, José Ibañez Martín, y acabase dando clase en un Instituto que lleva su nombre.
    Así se escribe la Historia,que diría el clásico.

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  • Obdulia Guirao
    18 febrero, 2019, 20:41

    De nuevo me has contagiado la pasión por este personaje apasionado, que levantó pasiones… Por favor, que alguien invente pronto la máquina del tiempo, que ya me va pesando demasiado el no haber conocido en persona a tantos hombres y mujeres singulares como los que vas retratando con tu pluma. Mientras nadie la invente, por favor, sigue escribiendo tú.

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  • A. Belén
    6 marzo, 2019, 22:31

    Reitero el comentario de Obdulia: qué pena no haber conocido a semejante profesor. No obstante, en el futuro, yo también podré contar y dar envidia de aquél estrambótico profesor que me dio clase de Lengua y al que todo el mundo respetaba por su afán e involucramiento en querer enseñar, y buena cuenta fueron sus libros de texto. Eso sí, no lo vi jugar al fútbol, pero cuentan que lo hizo en su día.

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  • Josep Maria Milego Garcia
    3 abril, 2019, 18:08

    Sentimental recuerdo de Alfredo Milego Díaz, primo de mis abuelos.
    Por cierto Obdulia, sabes que la madre del profesor se llamaba Obdulia Díaz?

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  • Josep Maria Milego
    4 abril, 2019, 13:00

    Emotivo recuerdo del hermano de mis abuelos.
    Por cierto Obdulia, la madre y hermana de Alfredo Milego se llamaban Obdulia.

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