Amparo Gaya, superviviente de la tragedia

Amparo Gaya, superviviente de la tragedia

Ejerció en nuestro Instituto hasta 1959. Muchos jóvenes lorquinos, como las retratadas con ella en la Alameda, fueron sus discípulos y admiraron su amor por la naturaleza y su gusto por el estudio experimental.

Supongan que es mayo del 56 y pasean por la Alameda de la Victoria. Es un mediodía luminoso y cálido en que el sol disputa el espacio a la umbría de la arboleda que bordea la calzada. Superado el paso a nivel, con la dorada imagen del castillo que brilla al fondo, encontrarán una escena entrañable delante del monolito que ampara las pequeñas pilas de una fuente: un grupo de niñas y jóvenes posan sonrientes, en torno a una señora, ante el fotógrafo emboscado en el paño negro desde el que enfoca su cámara de fuelle, después de haber compuesto el grupo tras los caballitos de cartón y el scooter de mentirijillas que utiliza como atrezo de sus instantáneas. La señora es Amparo Gaya Nuño, Catedrática de Ciencias Naturales, que celebra el final del curso con sus alumnas.

Amparo Gaya con alumnas de la promoción de 1960 en la Alameda de las columnas.

Si retroceden conmigo en el tiempo, a 1935, verán a esta misma señora, ahora una jovencita, pero ya alta, de cuerpo robusto y rostro redondeado, en una estampa familiar en Soria, acompañada de sus padres y sus dos hermanos, poco antes de que estallara la tragedia irreparable: el padre, republicano ilustrado, médico y profesor de Gimnasia, fusilado sin juicio en los primeros días de la guerra por una banda de falangistas en las tapias del cementerio del Espino; su hermano Juan Antonio, soldado republicano, condenado a veinte años de cárcel en consejo de guerra; y Benito, el mayor, inválido en silla de ruedas.

Pero como, a pesar de los pesares, la vida continúa, si avanzamos, veremos cómo la joven Amparo se licencia en Ciencias Naturales por la Universidad de Zaragoza y, tras unos años de profesora adjunta en Cartagena y Soria, gana la Cátedra de esta materia en 1954, con su primer destino en Lorca. La tragedia la había visitado de nuevo un año antes privándola de su hermano Benito, catedrático de Griego y el mejor especialista de la cultura cretense. Instalada en el hotel Comercio algunos todavía recuerdan su talante decidido y enérgico, que en nada desdice del de su hermano Juan Antonio, estudioso y crítico de arte de enorme prestigio, pero nunca reconocido por la Universidad española.

Ejerció en nuestro Instituto hasta 1959. Muchos jóvenes lorquinos, como las retratadas con ella en la Alameda, fueron sus discípulos y admiraron su amor por la naturaleza y su gusto por el estudio experimental, fuera en las excursiones y trabajos de campo, con la recogida de fósiles y minerales o la elaboración de un completísimo herbario, fuera en el laboratorio, dotado de ejemplares de la vida animal y tesoros de geología, que ella contribuyó a engrosar, algunos de ellos todavía conservados.

Luego marchó al Instituto Antonio Machado de Soria, del que fue directora en sus últimos años de docencia, mientras en Lorca quedaba viva la memoria de la mujer fuerte que se esforzaba por superar el dolor y la injusticia de la guerra, que marcó su vida, con la constancia y la entrega al trabajo bien hecho. Porque entre los profesores desterrados y los integrados en los predios del Régimen, ella es el mejor ejemplo de los que, más jóvenes, sufrieron en silencio las heridas de la contienda.

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8 Comments

  • Obdulia
    8 abril, 2019, 22:04

    Excelente ejercicio literario el que haces, Pepe, con la recreación de la estampa de la foto en la Alameda. Estremecedora historia la de esta mujer. Me dicen quienes la conocieron y la tuvieron como profesora que, a pesar de su biografía trágica, tenía un carácter dulce y encantador y explicaba la Botánica con una exquisita sensibilidad. En fin, otro de tantos tesoros que nos hemos perdido los más jóvenes.

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  • Antonio J.Mula Gómez
    9 abril, 2019, 14:10

    Por razón de edad no conocí a esta profesora y podría afirmar que, pese a un apellido tan conocido, no recuerdo que se hablase de ella.
    No obstante, a la vista de lo aportado por el maestro Quiñonero, se trataba de esas profesoras que dejaban huella, siendo otro ejemplo de superación de adversidades y de las consecuencias de la Guerra Civil.
    Nuestro Instituto, quizás gracias a la Dirección de D. Francisco Ros, fue un ejemplo de convivencia pacífica entre las dos Españas, aunque se mirasen por el rabillo del ojo.

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  • fernando martinez serrano
    9 abril, 2019, 19:44

    Estupendo «hallazgo» el de Amparo Gaya para seguir narrando magistralmente la historia de nuestro Instituto a través de sus grandes profesores. Claro que no nos suena a muchos(yo recuerdo algún comentario de Don Francisco muchos años después) y estuvo poco tiempo en Lorca.
    Cuando ella dejaba el Centro yo estudiaba el curso de ingreso con Don Rodrigo.
    Luego me daría Ciencias Naturales otra pfofesosa de signo diametralmente opuesto a Dª Amparo. Creo que no salí ganando

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  • A. Belén Ruiz
    14 abril, 2019, 0:48

    Muchas gracias por este descubrimiento. Debe ser por la penuria y la soledad por la que debió pasar Dª Amparo, que me ha causado una enorme inspiración. Y es que nunca es fácil reponerse a las adversidades, y menos aún salir con fuerza para llegar lejos, como es este caso ejemplar.

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  • Cristina Guirao
    16 abril, 2019, 16:06

    Gracias infinitas! Que buen rato que me has hecho pasar reavivando recuerdos entrañable. Amparito figura en mis primeros recuerdos infantiles con sus pendientes de perlas, su sonrisa tranquilizadora en la respetable envergadura de su porte, y su increible habilidad para el dibujo de cientos de bichitos y flores del campo. Ella despertó en mí un primer interés cientifico en el entorno natural cuando yo no era mas que una diminuta «codornita» de apenas 5 años.

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    • Antonio López Martínez@Cristina Guirao
      10 octubre, 2019, 20:48

      Quién me iba a decir a mi que muchos años después, precisamente a principios de 1975, precisamente unos meses antes de la muerte del dictador que le condenó a trabajos forzados en el valle de los caidos, iba yo a conocer a Juan Antonio Gaya Nuño y ver su cara de asombro al oir que yo, bachiller del Instituto de Lorca, habia sido alumno de su extraordinaria hermana Amparo. Fue en la Escuela Diplomática donde yo cursaba el segundo año lectivo previo a la oposición de ingreso en la llamada "carrera" y él impartía un curso de una semana sobre el arte español contemporáneo (nótese que invitando a Gaya Nuño la Escuela Diplomática daba una señal inequívoca de cambio). El último dia uno de los alumnos le preguntó, extrañado, y creyendo sin duda hacer méritos ante la dirección de la Escuela, por qué no habia citado entre las grandes obras del arte español la del valle de los caídos. En gesto tan raudo como enérgico extendió sus brazos, nos mostró sus manos lastimadas, encallecidas y en medio de un silencio sepulcral nos dijo que no, que aquello no era una obra de arte, no podía serlo, porque no había sido concebida como tal. Después, me acerqué a él y con mi comentario sobre Lorca y su hermana le cambió el semblante y abandonó el aula de mejor humor.

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      • Antonio López Martínez@Antonio López Martínez
        10 octubre, 2019, 20:53

        y dentro de muy poco ese "monumento" dejará de ser el mausoleo del que ordenó erigirlo con la sangre y el sufrimiento de los vencidos. ya era hora!!!!

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