Auxiliares memorables

Auxiliares memorables

Desde mediados de los sesenta, por el hall de la primera planta se encontraba el talante reposado y un tanto melancólico de Concha, la hija del viejo Núñez, que atendía sobre todo a las alumnas, con cariño y delicadeza, mientras daba cuenta de sus soledades y temores y se quejaba de las dolamas y alifafes que, imaginados o reales, la aquejaban.

Vean a los miembros de esta extraña pareja que, cada uno por su lado, suben y bajan escaleras, recorren zaguanes y pasillos, buscan a profesores y alumnos, aportan materiales a las aulas y otras dependencias, desatascan estufas y persianas, llevan y traen la correspondencia cargados con una pesada valija, y dan con puntualidad la hora de comienzo y final de las tareas. Les diré que son un tándem desigual que ha sustituido a los históricos Moreo,Núñez y Lasso, que habitaron en el viejo y también en el moderno edificio, conocieron la República, fueron zarandeados por la guerra y sufrieron los años difíciles de la posguerra, siempre bajo el ojo avizor del polivalente Andrés Jiménez –conserje, auxiliar administrativo, responsable del internado, jefe de la Secretaría, habilitado pagador…-, atento siempre a la marcha del centro.

Cierro los ojos y veo, uno a uno, la estampa fidedignadel dúo a comienzos de los sesenta, vestidos de uniforme. Ese de gesto severo y ceño fruncido que avanza lento, parsimonioso, bandeándose de un lado a otro, como con desgana, que entra y sale de las aulas y dependencias con una callada y severa actitud funcionarial y agita la pesada campana con gesto cansino, es Carreño. Jiménez le dicen al otro, que viene apresurado y refunfuñando por el pasillo con habla atropellada y ceceante, el que lleva y trae recados a velocidad del rayo, el que arregla una puerta o hace funcionar una llave como un macguiver cualquiera, el que sermonea a alumnos y profesores, venga a no a cuento, el que llama al examen con la voz entreverada por la última acometida al bocadillo, el que zarandea de forma nerviosa y acelerada la campana.

La conserjería, bajo la escalera de acceso a la primera planta.

Pocos años después, el del gesto severo deja paso a un cuerpo robusto de gran envergadura, plantado firme en el hall o moviéndose con andares reposados y firmes, cara llena y sonrosada y pelo a cepillo, que se pone a la orden de directivos y superiores con una retórica de gran formalidad, pretende regular el tránsito de los alumnos conautoritario ordeno y mando y toca la campana ondeando con vigor y solemnidad el pesado instrumento, mientras algunos recuerdan haber visto su tricornio cabalgando por los caminos y veredas del campo y otros lo suponen conduciendo, en la camioneta de Gómez, al protagonista de Señas de identidad, de un tal Goytisolo, a su destierro de Águilas. Pero con el tiempo, algunos comprobamos cómo el carácter del Sr. Piñeiro se templaba y la rigidez dejaba paso a la conversación amable y a la disposición permanente para ayudar a profesores y alumnos con entrega ejemplar, como complemento del aire agitado de Jiménez, llevado luego como oro en paño al nuevo Instituto por don Francisco Ros.

Desde mediados de los sesenta, por el hall de la primera planta se encontraba el talante reposado y un tanto melancólico de Concha, la hija del viejo Núñez, que atendía sobre todo a las alumnas, con cariño y delicadeza, mientras daba cuenta de sus soledades y temores y se quejaba de las dolamas y alifafes que, imaginados o reales, la aquejaban.

Todos estos nos dejaron, y tras ellos pasaron como estrellas fugaces Felipe y Pascual, mientras permanecía desde siempre Paco Asensi, ora entregado al jardín, ora de guardia en el Nocturno, hasta que a finales de los ochenta la fortuna nos trajo a Juan Gallego y, más tarde, a dos Enriques, Sánchez y Peñarrubia, siempre amables, educados y discretos, pero muy observadores y atentos, entregados a su trabajo sin queja alguna ni apelaciones al Convenio, como una bendición de Dios que ofrecía la primera y buena imagen del Instituto, la cara amable con que unos y otros, los de fuera y los de dentro, nos topábamos.

Yo, que conversé con ellos horas incontables sobre lo divino y lo humano, que colaboré con todos trasladando muebles y colocando mesas, repartiendo papeles y pegando pasquines, haciendo multicopias y fotocopias, abriendo y cerrando el Instituto a horas y deshoras, dejo esto dicho para memoria de la posteridad y prueba de mi agradecimiento.

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3 Comments

  • Obdulia Guirao
    22 agosto, 2019, 17:09

    En esta semblanza diacrónica del devenir de nuestro instituto no podía faltar la mención a los conserjes, piezas clave en el engranaje de cualquier centro, figuras entrañables, compañeros de fatiga y tantas veces cómplices… A los que conocí, los recuerdo con mucho cariño.

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  • fernando Martínez Serrano
    22 agosto, 2019, 20:11

    Otro acierto de Pepe el de elegir a los bedeles como objeto de su nuevo artículo.Como bien dice Obdulia han sido piezas clave para el fucionamiento del Instituto.El retrato,acertado como siempre.
    Yo conocí como estudiante a Jiménez y Carreño,como profesor a los demás.Al final había tres mujeres,una de ellas especialmente diligente;yo la llamaba Conserje-Directora y te solucionaba cualquier tema.

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  • A. Belén Ruiz
    29 agosto, 2019, 23:58

    Un artículo a los bedeles es un detalle que lo engrandece, porque es cierto que este tipo de trabajo es algo que suele caer en saco roto y, sin embargo, es fundamental para el buen funcionamiento de un Instituto. Yo recuerdo a los Enriques, uno de ellos parecía más serio que el otro, aunque los dos con un corazón enorme y siempre dispuestos a todo.

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