Bachilleres sobresalientes

Bachilleres sobresalientes

La grey infantil y juvenil que todas las mañanas (y las tardes) de 1935, de 1944, de 1957, de 1969 o de 1983 acudía a las aulas no iba pensando que aquel viejo o nuevo Instituto, que se inauguró en 1928, iba a “dar a Lorca un porvenir próspero y brillante, para orgullo de ella y honra de España”.

La grey infantil y juvenil que todas las mañanas (y las tardes) de 1935, de 1944, de 1957, de 1969 o de 1983 acudía a las aulas no iba pensando que aquel viejo o nuevo Instituto, que se inauguró en 1928, iba a “dar a Lorca un porvenir próspero y brillante, para orgullo de ella y honra de España”. Y tampoco los que acudían temerosos y esperanzados, desde los cuatro puntos cardinales a examinarse por libre aquellas mañanas de principio de junio, se sentían protagonistas de una “obra colosal”, debida al Sr. Ibáñez Martín y “al excelso caudillo, invicto salvador de nuestra amada Patria”, como se dijo en 1944, en la inauguración del entonces flamante edificio.

Los más venían a regañadientes, obligados a dar lustre cultural a las buenas familias, o por empeño de padres de mediano o humilde pasar, que, con enorme sacrificio, se habían propuesto hacer a sus hijos personas de provecho, aún a costa de apartarlos del negocio familiar o del meritoriaje en el comercio, el banco, la costura o la servidumbre. Pero la mayoría, con mejor o peor fortuna, aprovecharon aquel aprendizaje para convertirse en una mayoría silenciosa que se fue desparramando por la ciudades, villas y lugares del territorio y de las comarcas vecinas, dedicados al negocio familiar, empleados en talleres y fábricas o ejerciendo profesiones liberales con la cultura y el don que les otorgaba el título de Bachiller y, en algunos casos, la carrera universitaria.

El alumno Arcas Meca recibe su diploma de honores en la década de los 50 [Archivo Instituto].

Lo que algunos no pensaban es que su carrera iba a ir mucho más allá. Como aquel joven que, en 1943, arrastrado por la profesión itinerante de su padre, recaló en las aulas de la ciudad aldeana, apegada al terruño, en la que importaba más las fincas y el lustre de la familia que los títulos. Hablo de José Luis Herrero Tejedor, muy ajeno entonces a que con el tiempo acogería en su habitación del Colegio Mayor, en Madrid, a un tal Adolfo Suárez, joven ambicioso venido de provincias, elegido años después por su hermano Fernando Herrero para pilotar la transición a la democracia. Además del hermano del ministro, muchos otros se ocuparon de la cosa pública: alcaldes de Lorca –Guirao, Jódar Tobal, Campoy, López Fuentes, Navarro Molina…- y alguno de Murcia –José Méndez-, consejeros de la Comunidad Autónoma –Luis Casalduero, Francisco Calvo, Jódar…-, senadores –Carmen Aránega, Peñarrubia, José Antonio Gallego-, gestores de entidades financieras –Fernando Martínez Serrano, Federico Ros…-, etc. Sin olvidar la carrera diplomática, en la que tampoco soñaba por entonces Antonio López Martínez, que ejercería luego importantes misiones diplomáticas y altos cargos en el Ministerio de Exteriores.

Muchos saben que entre los bachilleres de los 50 brotó una pléyade de geógrafos de gran prestigio, que siguen aún cultivando con sabiduría y dedicación el estudio de la tierra y el agua, del campo y la ciudad: Francisco Calvo, Antonio Gil y Horacio Capel. Repasen también la nómina de médicos salidos de estas aulas, desde los ilustres Ramón Arcas y Antonio Ruiz Barnés al joven Carlos Bravo, que ya da que hablar con su impecable carrera.

La lista podría continuar muy allá, con eminentes catedráticos, investigadores o sabedores de las nuevas tecnologías -Ros Perán, Secretario de Estado de Telecomunicaciones; Juan Domingo Quiñonero; Belén Ruiz Jerez…-, escritores –Castillo Navarro-, editores –Pedro Hernández-, magistrados –Nicolás Maurandi- y artistas -Manolo Belzunce, María Dolores Fernández Arcas-, que, con muchos más, enriquecen la nómina de bachilleres ilustres que crece y nunca acaba.

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  • Fernando Martínez Serrano
    15 julio, 2019, 20:08

    Pepe me hace el honor de incluirme en esa "nómina de bachilleres ilustres", cosa que yo le agradezco profundamente. El artículo es acertadísimo tanto por lo que dice como por lo que insinúa.
    Efectivamente,nadie se sentía copartícipe de las actuaciones de ministros represores o caudillos invictos. Lo que no dice Pepe(porque es así de bueno y tolerante) es que algún personaje lleno de frustración y de ira confunde su insana obsesión con los objetivos más sanos de quienes recordamos y festejamos nuestros años de bachilleres. Dijo Max Aub que uno es de allí donde estudia bachiller.
    Esas personas podrían ya cesar en su empeño, no confundir continente con contenido y servir a mejores causas.Amén

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  • A. Belén Ruiz Jerez
    20 julio, 2019, 19:03

    Muchas gracias por el artículo, D. José, y vaya méritos me pone incluyéndome por ahí en la lista.
    Desde que vivo en Toulouse, lo que más me ha sorprendido de los franceses es el tremendo orgullo que tienen y lo mucho que defiende su producto, en todos los sentidos (para mal, en muchas ocasiones, de los españoles, por ejemplo). Ese celo de lo suyo, cosa que no comparto y consigue ponerme de los nervios, es algo que, sin embargo, me gustaría que tuviéramos en España, donde tenemos tantísimo por sentirnos orgullos y no creo que lo seamos. Y peor aún, no sabemos sacarlo a relucir. O sea que muchísimas gracias por estos artículos y por sacarlos a relucir, pues falta hacía que alguien diera a conocer tantas cosas como estas, y quién mejor que usted.

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  • Juando
    10 octubre, 2019, 15:59

    Se me traspapeló este artículo y no lo había visto hasta hoy, para grata sorpresa al ver mi nombre mencionado (aunque aún dudo de si se trata de mi o de alguien que se llama como yo). De lo que si estoy seguro es que me siento muy orgulloso de haber compartido instituto con estos ilustres y admirables paisanos. Quizá por modestia, el autor no se ha incluido. Creo que bien se lo merece. Enhorabuena, don José, por estas crónicas.

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