Belleza, delicadeza y fuerza. La Madonna del Magnificat

Belleza, delicadeza y fuerza. La Madonna del Magnificat

María, vestida con los colores que le son propios en este tipo de representaciones, cubre su delicada cabeza con una finísima y transparente tela. Su santidad queda remarcada por el pequeño halo de su cabeza y los rayos divinos que la bañan, y su realeza por la magnífica y delicada corona que sostienen dos ángeles.

Sandro Botticelli, autor maldito durante siglos hasta su redescubrimiento en el siglo XX, fue capaz de representar la belleza extrema. Botticelli pintó en 1481 una de sus mejores obras, y no es para menos, ya que se trata de una obra excelente, bella en conjunto, exquisita en los detalles.

Realizada en un tondo, la protagonista indiscutible es María, representada como un trono para Jesús pero con un protagonismo mucho mayor del que tuvieran las theotokos medievales, no siendo ya un mero trono de Dios. Diferenciándose de las theotokos, existe una pequeña interacción entre Madre e Hijo, un breve roce de manos y una leve mirada de la Madre, más clara en el Hijo. Es precisamente éste último quien guía la mano de la autora del salmo cuya palabra inicial da nombre al cuadro, “Magnificat”.

Si bien se ha querido ver en este cuadro a la familia del comitente, Pedro de Cosme de Médici, lo cierto es que la escena es complejamente delicada y sutil. Realizando un análisis más detallado podemos apreciar precisamente esto último, la calidad de las telas, la orfebrería y la delicada y aterciopelada piel de una hermosa mujer de cabellos dorados cual oro ondulado y tez blanquecina, propia de alguien que no ha visto el trabajo bajo el sol, de alguien distinguida y tocada por la gracia de Dios.

María, vestida con los colores que le son propios en este tipo de representaciones, cubre su delicada cabeza con una finísima y transparente tela. Su santidad queda remarcada por el pequeño halo de su cabeza y los rayos divinos que la bañan, y su realeza por la magnífica y delicada corona que sostienen dos ángeles. Es precisamente esta corona, que parece haber sido realizada con los propios rayos divinos, la que destaca entre estos elementos, magnífica, sublime y realizada a partir de estrellas, sin duda digna de tal efigie, tan delicada que los propios ángeles parecen temer tocarla.

Los demás elementos, tales como el paisaje del fondo, pasan a un segundo plano ante la impotente belleza de la protagonista, su delicadeza y grandeza. Sería lícito comparar esta imagen con otras vírgenes como las de Rafael, pero no sería justo ya que la obra que nos ocupa es tan grande (pese a medir 118 cm) que sería impropio hablar de cualquier otra aquí o incluso de sus propias características iconográficas o técnicas. Goce estético en estado puro.

Sigue ambos enlaces para ver la obra: obra completa y detalle.

Obra completa “Magnificat”

Detalle del «Magnificat”

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