El circo Krone, asombro de los tiempos modernos

José Quiñonero Hernández

Aquel sábado, 14 de enero de 1928, antes de las doce del mediodía, padre e hijo vistieron sus mejores galas, pantalones de pana, blusas de rayadillo y sombreros de fieltro de copa algo apuntada, montaron en la mula,...


Primer Instituto 1 octubre, 2018


Muchos años después, aquel viejo pequeñito, cenceño y curtido de mil soles, seguía recordando la tarde remota en que llevó a su hijo a ver el Circo Krone. Aquel sábado, 14 de enero de 1928, antes de las doce del mediodía, padre e hijo vistieron sus mejores galas -pantalones de pana, blusas de rayadillo y sombreros de fieltro de copa algo apuntada-, montaron en la mula, sobre cuyos aparejos se extendía una blanquísima y mullida zamarra de carnero, y partieron de la Casa Guillermo, allá en el Rincón de Aguaderas.

Durante las largas tres horas de camino, arrebujados en la manta mulera que los protege en este día gris y frío, el hombre pequeño de pelo ralo echado sobre la frente y el niño, casi de su misma estatura y pelo rizado y espeso, irán comentando las maravillas del magno espectáculo, entrevistas en los carteles que inundan la huerta y los campos, oídas en el mercado del jueves, donde no se hablaba de otra cosa, o leídas al amor de la lumbre en La Tarde de Lorca: los once trenes interminables con más de doscientos cincuenta vagones que han llegado a la estación para descargar doscientos cuarenta coches, tanques y camiones, máquinas para fabricar luz eléctrica, 600 animales de circo, 240 caballos y más de mil personas, que constituyen el asombroso cortejo del espectáculo jamás visto ni oído por estos lugares.

En la posada de Santa Quiteria, desaparejada la bestia, los dos viajeros tomarán unos bocados de magra con tomate de la fiambrera, ensartando en sus navajas recias sopas de pan carrasqueño, raspe que rematarán con buenas rebanadas de torta de Pascua con higos secos y almendras. Inmediatamente partirán hacia los sangradores, por caminos iluminados con cientos de bombillas eléctricas, y se integrarán en el “reguero humano que se dirige a la explanada del ramblar”.

Al fondo, en el claroscuro de la polvareda y las últimas luces del atardecer, contemplarán aquel “verdadero asombro de los tiempos modernos”, con sus quince mil metros cuadrados, cuatro mástiles de 25 metros de altura y tres pistas con cabida para más de 10.000 personas, rodeado de cientos de automóviles, camionetas, coches, carros, tartanas y caballerías, de los que mana una marea humana venida de todos los confines de la comarca, de la provincia y de las regiones limítrofes, suceso que el Sr. Krone y las autoridades locales contemplan con atención desde el quijero.

El Sr. Krone y las autoridades locales ante el gran circo, instalado junto al río (Menchón-AML).

Llevados en volandas por la multitud, sacarán las entradas de asiento de dos pesetas, entrarán al magno espectáculo y allí quedarán deslumbrados por la fastuosidad de los números de equilibristas, volatineros y trapecistas, y especialmente por el de los más de veinte elefantes que, movidos por la fusta del Sr. Krone en persona, se acostarán, bailarán la danza del anillo y desfilarán ejecutando la marcha triunfal alemana.

De regreso, en medio de la noche cerrada, padre e hijo, penitentes ateridos de frío sobre la mula, rememorarán con detalle los prodigios del espectáculo. Y cuando lleguen, no hablarán de otra cosa durante mucho tiempo, al calor de la lumbre o en las siestas veraniegas, para asombro y envidia del resto de familia. Aunque aún les quedará tiempo durante el viaje para hablar de lo que verdaderamente les preocupa: que el maestro, don José, está empeñado en que el zagal estudie, ahora que van a inaugurar el nuevo Instituto, cosa que agrada al padre pequeño, que aspira a que su Perico sea un hombre de provecho.

2 respuestas a “El circo Krone, asombro de los tiempos modernos”

  1. Antonio José Mula Gómez dice:

    Es una magnífica estampa de un tiempo ya muy pasado; es, con todo, una muestra de esa tradición oral que no debe de perderse y José Quiñonero contribuye, de forma extraordinaria a mantener la memoria viva. Enhorabuena

  2. No es solo el retrato en sí lo importante, sino el marco, que lo ensalzará o lo arruinará, o pasará inadvertido. Y qué buen marco estamos viendo. Porque con este relato no solo se aprenden palabras en desuso, como «arrebujar» o «quijero»; también va pintando una visión de antaño clara y concisa.

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