Cuando el invierno se viste de fiesta


Inviernos donde nacen bellos retoños que florecen como en la más hermosa primavera. Y entonces, solo puedes sentir la vida que late en ellos y dejar que tus lágrimas se nutran de la más impresionante belleza.

Trinidad Herrero

Todo queda en Casa 20 febrero, 2017


La naturaleza marca su propio ritmo con la llegada de las estaciones. Así como la música de Vivaldi nos envuelve en una emergente primavera llena de color y de alegría, nos sumerge en un verano de campos secos y de cielos color de fuego, así es la propia existencia, marcando ritmos cambiantes que llenan de vida nuestros días.

Con la llegada del otoño, los colores dorados saltan y chispean a nuestro alrededor. Las hojas caen de los árboles sin necesidad de ser sacudidas por el viento. Simplemente se desprenden de la rama con suavidad porque ha llegado su tiempo. Su tiempo de retornar a la tierra, su tiempo de nutrirla para esperar el invierno. A veces, el largo y sombrío invierno.

Sin embargo, en la música de Vivaldi, el invierno se viste de fiesta y encuentra todas las estaciones unidas: los retazos del cálido otoño, del fogoso verano, del frío y sereno invierno donde las raíces de los árboles se nutren y crecen en silencio en el interior de la tierra, para embellecer en primavera el bosque y llenarlo de vida, cubriendo de nuevas hojas las ramas desnudas en una caricia de suaves manos de seda.

Así, de repente, hay inviernos en nuestras vidas que se visten de fiesta. Inviernos donde nacen bellos retoños que florecen como en la más hermosa primavera. Y entonces, solo puedes sentir la vida que late en ellos y dejar que tus lágrimas se nutran de la más impresionante belleza.

Mira a tu alrededor y observa que en medio de lo que parecía un triste invierno, se despierta un intenso otoño, lleno de color, de hojas que al caer se dan la mano y surcan los caminos mecidas por el viento. Hojas unidas por la vida que aún conservan en su caída. Hojas que quizás mueran juntas al final de sus días, o tal vez se desprendan la una de la otra para seguir el camino a su propio ritmo, pero que en el cálido otoño de un frío invierno compartieron días dorados de vida. El bosque lo sabe y, guarda su esencia en eternas primaveras.

Y entonces, solo puedes dar gracias. Gracias por los inviernos que se visten de fiesta.

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