Cuando los que educan, educan desde la corrupción

Cuando los que educan, educan desde la corrupción

En el transcurso de los últimos años no han sido pocas las ocasiones en las que he podido debatir sobre si la generación que me antecede es consciente de los errores que ha cometido, si es consciente del agotamiento al que ha condenado a sus hijos, o si es consciente de cómo engordaron la burbuja inmobiliaria. Seguramente no sea consciente, pero sí directamente responsable, y a ellos señalo con el dedo.

Resulta curioso que, en el mundo en el que vivimos, nadie duda en condenar el mínimo atisbo de corrupción cuando de un titular de prensa se trata, cuando de una persona de notoria importancia social se trata, o cuando de alguna persona con carácter aristócrata se trata. Distinto es, sin embargo, cuando el corrupto y el corruptor son personas anónimas, sin repercusión social, política o económica. Muchos de ustedes pensarán que esto no es posible, y hoy les digo: no es solo posible sino diario, y además el presupuesto de hecho que nos ha traído al camino actual.

Me encuentro cada día con personas que consideran que no pagar un IVA no es tan importante. Que consideran que con lo que roban «los de arriba» ellos no causan ningún mal. Que si asumen determinados tratos de favor tampoco es nada malo: «simplemente tú lo criticas porque no lo puedes hacer». Bueno, a todos ellos, me apetece decir: NO. No. Simplemente no. Y simplemente porque no es necesario, simplemente porque no somos iguales y afortunadamente porque aún puedo elegir. Puedo elegir donde vivir, donde trabajar y, sobre todo, cómo vivir. Y elijo. Elijo levantar la cabeza. Levantar la cabeza y decir, sí se puede. Otra forma es posible.

Pueden parecer obviedades pero no lo son. Si cada uno de nosotros hiciera un ejercicio semanal de este tipo, nuestra sociedad no sería lo que es, con toda seguridad, lo afirmo. El problema viene, no solo cuando nos situamos de espaldas a esa afirmación, sino cuando directamente la convertimos en una negación.

En el transcurso de los últimos años no han sido pocas las ocasiones en las que he podido debatir sobre si la generación que me antecede es consciente de los errores que ha cometido, si es consciente del agotamiento al que ha condenado a sus hijos, o si es consciente de cómo engordaron la burbuja inmobiliaria. Seguramente no sea consciente, pero sí directamente responsable, y a ellos señalo con el dedo.

Señalo a los que, sin valorar la importante retribución que han percibido la han infravalorado estableciendo de base, no solo un elevado coste salarial, sino un elevado coste social asociado. Señalo a los que han hecho nacer y crecer en nuestro funcionariado la rutina del «mañana será otro día y algo habrá que hacer, no lo voy a hacer todo hoy».

Señalo a los que, además de la afirmación anterior, se han permitido el lujo de explotar, además de la función pública, el desarrollo profesional privado, descuidando en casi todos los casos (lo del «casi» es por ser educada, sino diría TODOS los casos) las obligaciones de sus tareas públicas.

Señalo, además, a los que han vendido el: «estudia y vencerás». A los que han desdeñado las prontas maternidades, denostándolas, generando el efecto contrario de la tardía maternidad, con sus problemas derivados.

A todos aquellos que no han medido el efecto de sus palabras y sus «cuidas» y que hoy, son adalides de las verdades políticas y sociales de este país. Los que han conocido las corruptelas sin censurarlas, siempre y cuando han podido beneficiarse, y aquellos que todo lo justifican sobre la base de la «picaresca española» como género decimonónico inamovible de este país.

También señalo a los que directa o indirectamente se han dado la vuelta a ese esfuerzo mental por ir un poquito más allá. Ahora que estamos todos, pasemos al siguiente nivel.

¿Qué cabría esperar de todos esos a los que acabamos de referir? ¿Cabría esperar que hicieran una ardua labor educativa en valores (ajenos a los religiosos, por supuesto)? O, por el contrario, simplemente cabría esperar que educaran en el «tonto el último», en el «cógelo tú antes que otro», en el «si están así las cosas no es culpa tuya, aprovéchate» y un larguísimo etcétera. Eso es lo que realmente nos ha traído hasta aquí. Lejos están los tiempos de «El Lazarillo», nada tiene él que ver aquí, más que la muestra de una obra universal en la Literatura.

Lejos quedan los tiempos en los que en nuestro querido país solo el 58 % de la población accedía a la educación básica (hasta los 12 años de edad), siendo el de la educación superior de un irrisorio porcentaje, antagónico de países como Inglaterra en el que en 1900 el 100% de los menores de 12 años estaban escolarizados. Cuestión importante es la falta de escuelas en esa España en un numero de más de nueve mil. Esto sí ha sido la gran diferencia, no «El Lazarillo de Tormes». Otro dato curioso es la penosa situación en la que ha estado el grueso de nuestra población donde bien avanzados en el siglo XX aún eran mayoría, los gañanes y sus diferentes modalidades. Si en vez de tomar como punto de partida la picaresca del lazarillo, reconocemos que ha sido en el desarrollo social de nuestro país tras la dictadura lo que ha hecho proliferar a los listos (con tilde en la «s» para remarcar su saber) o lo que es lo mismo, a los padres de los adultos de hoy, y los jóvenes testigos de nuestra transición los responsables de esta ladra corrupta ¿se sentirían ustedes más o menos irritados?.

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