De los cincuenta a los felices sesenta

De los cincuenta a los felices sesenta

Era la Lorca de casino y sacristía, devota de Cascales y del padre Venancio, atenta al suceso del vagón o al crimen del hacha, poblada aún de los penúltimos señoritos de la gleba, de hombres de orden y de sombrero, señores de míseros campesinos de gorra y alpargata.

Entre las páginas del diario del viejo y nuevo Instituto de Lorca, la memoria coloca en sepia aquellos años cincuenta y sesenta del pasado siglo, un tiempo que, solo a nuestro parecer, fue mejor.

Siempre a la vera de la elegante radio de sobremesa recién comprada, quizá nos enteramos de la firma del Concordato con la Santa Sede y del Tratado de Cooperación con los Estados Unidos de América y de nuestra entrada tardía en la ONU. Allí oímos los sones lejanos de guerra de Corea y celebramos la elección de Kennedy, para luego temblar con la crisis de los misiles en Cuba.

Venidos a nuestro pequeño mundo, ya se había inaugurado el campo de fútbol de San José y se refundaba el Lorca CF; y es que ya comenzaban los tiempos de los inmortales Pichi y Aragón, y de tantos héroes de la Tercera División, muestras de una épica polvorienta, que distraía y alimentaban los sueños, nunca cumplidos, de muchos.

Pero tras la pátina sepia que da el tiempo, no había más que el gris –si no el negro- de la Lorca adormecida de la subasta del agua en el Alporchón, del fielato y los arbitrios, del aparato del flit y de la camioneta de Gómez, del Ozonopino Ruy-Ram y del olor mortecino del membrillo en los armarios.

Era la Lorca de casino y sacristía, devota de Cascales y del padre Venancio, atenta al suceso del vagón o al crimen del hacha, poblada aún de los penúltimos señoritos de la gleba, de hombres de orden y de sombrero, señores de míseros campesinos de gorra y alpargata; pero devotos todos de la procesión y las veladas del Teatro Guerra, con el maestro Grajalva, Juanillo el del Cabezo y aquellos niños que cantaban por Joselito o la Paquera. Todo ello en una España todavía de luto por la muerte de Manolete, prendida del cante de Antonio Molina o de la Piquer; aunque cara al sol, bajo la guarda cuidadosa del vigía de Occidente.

Pero, a pesar de todo, pronto se empezaría a bailar el rock en la Plaza de Colón, y surgieron las chicas topolino, mientras algunos afortunados paseaban a la novia, ¡oh modernidad!, a lomos de una Vespa, según cuenta el cronista Juanillo el del Cabezo, para escándalo de las fuerzas que a sí mismas se llamaban vivas, mientras papá empaquetaba a la familia en el Biscúter o, en su defecto, contrataba el coche de punto de Benigno o de Meca, si no iban todos en el de San Fernando.

Alumnas posan con el atuendo reglamentario de Educación Física, en la zona acotada para las niñas (Archivo Instituto).

Estos fueron los años de desarrollo del Instituto con excelentes promociones de alumnos, que fueron creciendo en edad y sabiduría desde la Preparatoria hasta el PREU: tiempos de ayuno y abstinencia, de calcetines blancos y de pololos, de los niños con los niños y las niñas con las niñas, de tremendos profesores y profesoras de francés, de Formación del Espíritu Nacional, de vela y ancla, de clase de labores y de hogar, del servicio social; pero también de juegos y de estudio, en una historia sin fin en que la vida iba creciendo con monotonía, a veces con algún aire nuevo de profesores y profesoras que tenían algo que decir y muchas cosas que enseñar –la gallega Carmen Rey, María Luisa Mulero, Ángeles Pascual, Francisco Ros, Amparo Gaya, Juan Carlos García Borrón, Ana Caicedo, María Agustina, Sabater…

Y los aprobados, con algún sobresaliente, y las vacaciones, y el volver a empezar de septiembre; todo como si se tratara del ensayo general de un tiempo futuro que quedaría preso para siempre en aquellas aulas, como la primera etapa de un viaje en cuyo comienzo estuviera ya marcado su propio destino.

[Actualización del prólogo a Páginas de un diario, libro de estampas dedicado a Mercedes Martínez Gómez por su jubilación.]

2 comments

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2 Comments

  • Fernando Martínez Serrano
    7 mayo, 2019, 20:02

    Como viene ocurriendo, Pepe hace una descripción socio-cultural impecable y hermosa de aquella época.
    Uno se ve plenamente metido en ella como niño y adolescente, alumno del Instituto durante ocho años y con miles de recuerdos agradables. Por cierto, a veces nos «fumabamos» alguna clase para ver a las chicas haciendo gimnasia con sus pudorosos «cucos».

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  • Jose Montiel
    20 mayo, 2019, 21:29

    Preciosa evocación de aquellos años ¡Qué arte tienes, tío! Te felicito.

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