Del «buenismo» de Obama al «yankismo» de Trump

Del «buenismo» de Obama al «yankismo» de Trump

No quiero dar a entender que fuera mejor opción la Sra. Clinton. Personalmente creo que es un símbolo de poder político que no gusta. Que asusta porque llega a todas partes y porque se sirve de otros instrumentos como la Fundación Clinton con falta de transparencia.

Esta semana ha sido la semana de la sorpresa, del «sorpaso», del shock político en medio mundo tras la victoria impredecible del magnate Donald Trump a la politiquísima profesional Sra. Clinton. Mucho podemos hablar de los motivos, del hartazgo al que los políticos tienen sometida a la población en ese medio mundo, para que se impusiera con palmaria claridad la victoria del Sr. Trump sobre la Sra. Clinton y que la misma necesitara horas, muchas horas, antes de comparecer públicamente y felicitar a su opositor.

Ciertamente el nuevo presidente de los EEUU no tiene nada que ver con el inquilino que ahora abandona la Casa Blanca. El primer presidente negro, el primer presidente que ha dado un paso más que medicare, que ha intentado que se olvide el archiconocido como «imperialismo yanqui».

Ha sido un presidente que ha tendido puentes, que ha gozado de simpatías importantes e históricas -véase Cuba, los drones, compromiso con el calentamiento global, entre otros- y que ha intentado mejorar un país que, a pesar de ser la primera potencia mundial, no lo es en cuanto al bienestar de sus ciudadanos.

Un país en el que los ciudadanos creen no necesitar un sistema público de sanidad. Un país en el que miles de personas cada día pierden su casa. En el que llevan años perdiendo empleos y capacidad económica porque están anclados en sus retribuciones salariales mientras el resto sube. Pero también un país en el que la bandera está por encima de todo. En el que hay casi cien millones de hispanohablantes y que, incluso estos, han votado al Sr. Trump.

Este país, en el que aún parece subsistir un conflicto racial importante, ha perdido la oportunidad que tenía de dar un salto cualitativo en el bienestar social. Por bienestar social no debemos confundirnos y pensar que hablamos de que los que no trabajan cobren prestaciones públicas. No. Hablamos de evitar el crecimiento de la marginalidad, de ser consciente que por mucho que no nos guste, esa marginalidad crece como por esporas ante la deficiencia educativa y económica y que, guste más o menos, todos los ciudadanos se mezclan percibiendo unos lo que los otros sueltan, sean conocimientos o tiros.

En este caldo de cultivo, y con más de doscientos millones de armas pululando por todo el país toca reconocer que se ha perdido la oportunidad de mejorar la vida de estos americanos. No obstante no estoy en nada conforme con las manifestaciones que se han estado produciendo en estos días por sectores poblacionales que no aceptan la victoria electoral. Esto es inaceptable. La democracia es la democracia, y atentar contra ella desde el seno social con movilizaciones en nada ayuda a una cohesión social y a un entendimiento. Muchas críticas podemos hacerle más al nuevo presidente electo, aunque siendo justos no serán sino miedos ante un individuo que, casado con una extranjera nacionalizada, habla de cerrar las fronteras, levantar un muro que pague México y excentricidades que no podrá llegar a cabo, afortunadamente, por la existencia de ese otro bloque de poder oculto que pone esos límites que permanecen oscuros al resto de ciudadanos, porque son poder en estado puro.

No obstante que esta decisión sí se pierde. Se pierde que rehúsa la firma en los compromisos del calentamiento global, con lo que si China y EEUU que suman casi el 80% de la polución del planeta no se comprometen, ¿qué pueden hacer el resto? Simplemente cumplir con sus compromisos y sufrir el efectos del clima, porque estos sí que no entienden de fronteras ni de compromisos cumplidos.

Mientras tanto el «KKK» intentará recuperar su presencia recrudeciendo un conflicto de una época pasada, esperemos que sea sin éxito al menos. Con esto no quiero dar a entender que fuera mejor opción la Sra. Clinton. Personalmente creo que es un símbolo de poder político que no gusta. Que asusta porque llega a todas partes y porque se sirve de otros instrumentos como la Fundación Clinton con falta de transparencia. El otro día oí como muchos estadounidenses no le perdonan que viva como una multimillonaria sin serlo, y me sorprendió que la otra mayoría haya votado a otro por serlo.

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