El examen de ingreso

El examen de ingreso

Pronto cundió la expectación entre las gentes que pululaban por las amplias galerías del Instituto: alumnos, padres, bedeles, profesores, acudieron rápidamente como si se tratara de observar a algún bicho raro. Murmullos, risas, siseos, saludaron mi entrada al examen.

Hasta los once años estuve asistiendo a la escuela de don José, en Aguaderas, en calidad de alumno de Primaria. El maestro no desaprovechaba ocasión de tratar de convencer a mi padre de que yo debería, al menos, hacer el Bachillerato. Insistía en que “el zagal” era muy inteligente y que sería una lástima que permaneciera, para siempre, dedicado a las tareas del campo. Mi padre se aferraba más y más a sus argumentos: tengo siete hijos y, aunque tuviera medios económicos (que no los tengo) para que Perico hiciese una carrera, nunca tomaría tal decisión que, según afirmaba, sería discriminatoria para los demás… El maestro no cesó en su tarea de mentalizar a mi padre hasta que lo convenció.

El autor, en el centro de la última fila, en una foto de familia de 1928.

A los once años hice el examen de ingreso en el Instituto de Lorca, ubicado entonces en el viejo edificio del Colegio de la Purísima. Mi presentación en el Centro fue todo un acontecimiento; no en balde era el primer campesino de aquellos contornos que pretendía nada menos que mezclarse con los hijos de los señoritos y, con el tiempo, abandonar la mancera del arado.

Me vistió mi madre con lo mejor; pantalón de pana rojiza rayada, hasta debajo de las rodillas, «brusa» (blusa) de tela con rayitas azuladas y blancas abotonada hasta el cuello, alpargatas de suela de goma atadas con cintas blancas; sombrero de fieltro gris, como los de los campesinos adultos, que creo me quité solamente para entrar en el aula, recordando, tal vez, que el protocolo sería idéntico al de la escuela de don José: si alguno se descuidaba y entraba sin descubrirse, el maestro le «desmonteraba» de un papirotazo.

Pronto cundió la expectación entre las gentes que pululaban por las amplias galerías del Instituto: alumnos, padres, bedeles, profesores, acudieron rápidamente como si se tratara de observar a algún bicho raro. Murmullos, risas, siseos, saludaron mi entrada al examen. Finalizado éste, algunos señoritos se acercaron al maestro y a mi padre para felicitarles; el cateto había actuado francamente bien, incluso brillante. En el examen oral, el tribunal se excedió quizá un poco en sus preguntas ante la rapidez y contundencia de las respuestas. Este examen tuvo lugar en septiembre de 1929.

Los tres primeros cursos del bachillerato los hice por libre… A lo largo de los tres cursos se sucedieron las escenas del pequeño paleto que en los primeros días de junio se presentaba a los exámenes y dejaba boquiabiertos a los curiosos.

Del libro Recuerdos, Mundi-Prensa, Madrid, 1993.
3 comments

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3 Comments

  • Fernando Martínez Serrano
    29 octubre, 2018, 19:57

    Debería continuar la historia con la brillante trayectoria que siguió el «paleto» de Aguaderas hasta brillar en la capital del Reino.

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  • Antònia Pedrol Gomez
    29 octubre, 2018, 22:17

    En esos tiempos era muy normal que los hijos de familias trabajadoras y humildes no tuvieran la necesidad de seguir con los estudios, que para ir al Campo o a una fábrica no les hacia falta . Este alumno tuvo la suerte de tener un buen maestro.

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  • ajose.mula@carm.es
    2 noviembre, 2018, 10:18

    Un buen ejemplo de la sociología del momento, pero queremos más del cronista Quiñonero y de sus fuentes. Queremos que nos cuente más sobre aquel instituto, crónica viva de la Lorca de ayer y de hoy. Esperamos próximas entregas

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