El maestro Calero

El maestro Calero

El profesor Calero, por encima de todo, conservaba su condición primera de maestro de primeras letras: el amor a la lectura, el trabajo minucioso y concienzudo, la valoración de los pequeños detalles del aprendizaje, la sensibilidad y la cercanía en el trato con los alumnos, la creencia de que no se enseña ni se educa con grandes teorías, la seguridad de que no transmite más el que mucho sabe, sino el que contagia con su entusiasmo su poco o mucho saber.

Cuando llegó al Instituto en su viejo R8, en septiembre de 1978, algunos reconocimos en él al joven profesor de prácticas que, en la Universidad de Murcia, nos mostró que había otras formas de desbrozar los caminos de la Literatura; y a otros les sonaba su leyenda de profesor innovador y de ciudadano inconformista que venía de remover la cultura y las conciencias en la pequeña villa de Alhama, admirado por muchos y considerado un peligroso activista por las fuerzas vivas de allí.

Pero el profesor Calero, por encima de todo, conservaba su condición primera de maestro de primeras letras: el amor a la lectura, el trabajo minucioso y concienzudo, la valoración de los pequeños detalles del aprendizaje, la sensibilidad y la cercanía en el trato con los alumnos, la creencia de que no se enseña ni se educa con grandes teorías, la seguridad de que no transmite más el que mucho sabe, sino el que contagia con su entusiasmo su poco o mucho saber. Todo esto estaba en él y con este bagaje, como aquella primera maestra inolvidable o aquel profesor de literatura que llevaron al niño García Márquez “por el laberinto de los buenos libros”, el maestro Calero condujo a muchos por la senda del buen decir, del placentero leer y del aseado escribir.

El profesor Calero en la jubilación de sus compañero Sánchez Granados y Quiñonero, año 2009 [Archivo Quiñonero].

En ese curso del 78, algunos de los que empezamos a trabajar con el ya catedrático, nos asombramos ante su desprecio de la cátedra y de la lección magistral, de los saberes eruditos, de las lecciones de memoria, y comprobamos atónitos cómo los exámenes y pruebas no los dictaba con las manos en los bolsillos sino que eran hojas ciclostiladas sembradas de uno o varios textos, de cuestiones para la interpretación, la síntesis y la relación entre ideas y, finalmente, la manipulación y recreación de aquellos textos o la elaboración de los propios. Pruebas con las que el alumno demostraría, nada más ni nada menos, que iba aprendiendo a leer y escribir; y que, acumuladas en un abundante banco de recursos, muchos admirábamos, imitábamos o fusilábamos al pie de la letra, tras darnos cuenta de que había muchas maneras de enseñar; pero comparadas con aquella, la peor era la nuestra.

Esto para empezar, que luego venía la creación y el mimo de la biblioteca, las recomendaciones de lectura en programas de mano y en pasquines, los recitales, discoforos y cineforos, los talleres de lectura y las multitudinarias tertulias literarias, las confección de la revista literaria, las rutas literarias y los concursos, que como una malla sin fin iban enredando a profesores y alumnos en un inacabable trajín.

El proyecto Lengua viva, emprendido y desarrollado durante años con entusiasmo vino a culminar este afán de racionalizar todos estos materiales para el uso y el aprendizaje en el aula. Sin apenas medios, emprendimos la tarea de leer mucho, recopilar textos novedosos y atractivos, diseñar actividades, organizar los contenidos y discutir paso a paso todo lo que hacíamos, de día de noche y de madrugada, para acabar ilustrando, componiendo y maquetando con cajón y tijera el primer Lengua viva, que provocó una jamás vista saturación de ventas a la Universidad de Murcia y compitió con “anayas” y “santillanas” en el aprecio de profesores y alumnos.

El que esto escribe, que, junto con Mercedes Martínez, vivió y compartió en primera línea esta experiencia que cambió radicalmente su rumbo profesional e influyó en tantos profesores y alumnos, quiere poner al maestro Calero a la altura de los profesores eminentes de Lengua y Literatura –Alfredo Milego, María Agustina, María Guirado…- que dieron fama al Instituto y dejaron huella imborrable en sus alumnos.

     [Reelaboración del artículo publicado con motivo del fallecimiento del profesor Calero, en el diario La Opinión de Murcia, en marzo de 2016.]

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3 Comments

  • Mercedes Martínez Gómez
    30 julio, 2019, 10:58

    Yo ya conocía a Pepe Calero de los años de Universidad, tiempos de protesta silenciada por el adormecimiento y rutina de unas clases aburridas y anticuadas en general.
    El reencuentro en el departamento de Lengua del Ibáñez fue una coincidencia feliz.. Cómo jefe de Departamento, dio un giro tremendo a la forma de trabajar, con su hacer callado y sin imposiciones, aunando en las diversas actividades, ilusionando a varios de los profesores e implicando a los alumnos.
    Con la perspectiva del tiempo, me doy cuenta de lo mucho que trabajamos y aprendimos, del vuelco que le dimos a los.métodos de enseñanza, del buen recuerdo que queda de aquellos años y de la influencia en otros compañeros que entonces fueron alumnos nuestros.
    Su marcha dejó un vacío irrellenable.
    Un recuerdo emocionado para el Maestro y amigo Calero.

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  • Romualdo Mateos
    30 julio, 2019, 11:14

    La semblanza que trazas del Maestro José Calero es de lo más cuajado y sentido que ha parido tu estro compositor.
    Las palabras, las oraciones, los párrafos se suceden sin esfuerzo y tu admiración, tu respeto y tu gratitud hacia esa persona, hoy ya personaje modélico entre quienes hemos querido ser docentes,se desparraman "sin duelo",esto es,sin pena,al referir las múltiples y diamantinas facetas del colega,del mentor,al cabo del amigo.
    ¡ Qué gran suerte y privilegio tienen aquellos a quienes el azar les brinda compartir algunos momentos de sus vidas con estos raros especímenes del género humano!.

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  • A. Belén Ruiz
    30 julio, 2019, 19:40

    Ahora entiendo yo muchas cosas, una de ellas de dónde viene aquel famoso libro con el que la lengua pasó a ser para mí una asignatura querida, y no una secundaria, como siempre había sido. Curiosamente, hoy un amigo me mandaba un link para leer un artículo de Emilio Lledó, que se titula "la verdadera riqueza de los seres humanos es el lenguaje" (doy el link abajo, para los curiosos), y este texto de D. José viene a dar el mismo mensaje. Imagino que tendré que agradecerle al profesor Calero que lo infectara a usted, y así yo me pude aprovechar de esa labor tan bien hecha en primero de Bachillerato, donde me contagió su pasión por leer libros y de ver el lenguaje de forma diferente. Es algo que siempre cuento con orgullo cuando alguien me dice que tengo una escritura aseada. Como soy de ciencias, no parece que sea un requisito. Pero lo es, lo es. Debe serlo.

    https://www.circulobellasartes.com/revistaminerva/articulo.php?id=774

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