El rayo que no cesa

José Quiñonero Hernández

Es mayo de 1951, y el anciano, don José Pascual, que hoy imparte su última clase, cumplidos ya en febrero (tempus fugit) los ochenta años.


Primer Instituto 21 enero, 2019


Asómense conmigo al aula espaciosa de amplios y acristalados ventanales, en el Instituto que él mismo llamó Palacio de cristal, y vean al viejecito que, caballero de traje y corbata, deambula solemne (rosa, rosae), sorteando la marea y el jolgorio de los zagalones que esperan (venio, venis, venire, veni, ventum) el agitado toque de campana (Quo usque tandem abutere, Catalina, patientia nostra?) que los llevará al recreo. Es mayo de 1951, y el anciano, don José Pascual, que hoy imparte su última clase, cumplidos ya en febrero (tempus fugit) los ochenta años.

Pero volvamos al siglo anterior para encontrar en Elche a este hijo del sacristán de la iglesia de San Juan, que, tras una infancia repartida entre la disciplina de la escuela, las cruentas pedreas del barrio y las encendidas disputas teológicas con sus condiscípulos acerca de, por ejemplo, la existencia del alma o la certeza de los milagros, marcha a Madrid para licenciarse en Filosofía y Letras, como preámbulo a una dilatada carrera de profesor de Latín, Griego y Hebreo, tanto de clases particulares como en el Colegio de la Asunción, del que fue fundador y director durante 25 años.

Repasen ahora conmigo el carácter y las ideas de este tímido pero incansable polemista, impregnado hasta la médula de las creencias e ideas tradicionalistas, que proclamaba en sus relaciones sociales, en los actos solemnes y en las páginas de la prensa: miembro fervoroso de la acción católica y de la adoración nocturna, promotor de ejercicios espirituales y defensor de las fiestas religiosas, practicante de las lecturas devotas y de la oración. Militante carlista y luego de la Unión Patriótica de Primo de Rivera, su espíritu antiliberal le valió críticas y le enzarzó en no pocas polémicas; y fue ejemplo, finalmente, de adhesión inquebrantable al franquismo, de la mano de su amigo y protector Ibáñez Martín.

Detengámonos a mediados de 1928: recién ganada la oposición de Francés, ya con 57 años, llega a su nuevo destino en Lorca, y toma posesión ante el Comisario Regio unos segundos antes que su colega D. Félix Santamaría, antigüedad que el 25 de dicho mes le permite actuar como “culto Secretario” en la inauguración del nuevo Instituto, tarea que desempeñará en varias ocasiones, junto a dos bienios como Director, sorteando las añagazas de individuos que, nombrados oficialmente o presentándose sin razón alguna en el Instituto, pretenden usurparle la cátedra mientras él organiza el funcionamiento del centro y moderniza con acierto las dependencias del viejo edificio.

Don José Pascual en su despacho de dirección del viejo Instituto, hacia 1935 (Men-chón-AML).

Don José Pascual en su despacho de dirección del viejo Instituto, hacia 1935 (Menchón-AML).

Tras la injusticia de la guerra, que le tuvo huido y finalmente preso durante dos años, veámosle llegar el 29 de marzo de 1939, al compás de las tropas nacionales y, sin demora, posesionarse de nuevo del cargo de Director. Oigan luego cómo fue jubilado en febrero de 1941, a los 70 años, e inmediatamente después, cual Ave Fénix, repuesto como director y nombrado profesor interino de la Cátedra de Latín.

Véanlo, a continuación, el 28 de noviembre de 1944, como maestro de ceremonias en la inauguración del nuevo recinto del Instituto que él promovió y que algún día llevará el nombre de José Ibáñez Martín. Y no olviden su trabajada y bien lograda labor de armonización, durante estos años, de profesores antiguos y modernos, conformistas y desarraigados, en un Claustro volátil y poco estable.

Pero regresemos al futuro para contemplar, así que pasen diez años, cómo aquel febrero de 1951, el anciano que cumple 80 años escribe al Ministro de Educación, porque cree que ha llegado el momento de su descanso (beatus ille…), y leamos con él la respuesta de la autoridad, que, atendiendo a sus razones, tuvo a bien admitirle la dimisión, para nombrarle luego director honorario. Vale.

6 respuestas a “El rayo que no cesa”

  1. Obdulia dice:

    Todo mi respeto y admiración a don José Pascual, quien, sin duda, amó al instituto e hizo de él su vida y su causa, causa que le granjearía tantas alegrías como sinsabores,…? A nadie se le ocurrió rendirle un merecidísimo homenaje poniendo su nombre al instituto?

  2. José Quiñonero Hernández dice:

    Yo no tengo constancia de que nadie propusiera el nombre de José Pascual para el Centro; entre otras cosas, porque él fue el promotor de todo lo relacionado con el nuevo edificio, y para él había un bien superior, que era darle el nombre del Ministro benefactor. Él propuso el nombre de Ibáñez Martín a la Corporación Municipal, que se planteó la duda de si se podía “dar nombres de personas vivas para estos casos”. Finalmente, y tres años después de la inauguración, el Ayuntamiento solicitó del Ministro “su expreso consentimiento para que en la fachada del aludido Instituto pueda colocarse una inscripción dedicándolo al citado Sr. Ministro”, como así se hizo, sin que yo haya hallado certeza del consentimiento expreso del Ministro. En todo caso, una vez dedicado a Ibáñez Martín, no había lugar para ninguna otra propuesta.

  3. A. Belén Ruiz Jerez dice:

    Así da gusto saber de dónde viene el nombre del Instituto. Con cada artículo me siento más orgullosa de haber estudiado en el que fue nuestro centro. Imagino que la historia, bien contada, siempre engrandece las cosas y nos hace sentir partícipes de ella.

  4. Salvador dice:

    Sigo con interés los artículos de Pepe Quiñonero y hoy me ha alegrado mucho ver el nombre de Obdulia en el primer comentario. ¡Cuánto tiempo ha pasado desde que abandoné el Ibáñez Martín para trasladarme a Roquetas aquel ya lejano 1984 y cuánto he extrañado al Centro y a Lorca desde entonces!. Un abrazo.

  5. Jose Montiel dice:

    Amigo Pepe: Andaba yo algo contrariado porque no encontraba un pequeño librito autobiográfico de D. José Pascual, que llegó a mis manos hace mucho tiempo, con la intención de regalártelo, pero la aparición de esta semblanza tan ponderada de su figura me hace pensar que tú también lo conoces. ¡Qué arte tienes, tío!
    Saludos a Salvador. ¡Qué tiempos!.

  6. Mercedes Martínez Gómez dice:

    Yo no conocí personalmente a D. José Pascual. Asistí con mi hermana M. Agustina a su casa para dar el pésame por su muerte a su hija Ángeles. Entonces vivía en la blasonada casa de los Mula, hoy Museo Arqueológico. Me impresionó la soledad y el silencio de aquella sala en penumbra donde se hallaba el féretro y la serenidad de mi añorada Ángeles.

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