El viaje a Ítaca de las excursiones

El viaje a Ítaca de las excursiones

Con el tiempo, los Viajes de Estudios se desbordaron por toda Europa, empezando por Italia, para continuar por Francia, Gran Bretaña, Alemania o el Barrio Rojo de Amsterdam, convertidos en un evento en el que convivían los pocos que satisfacían su curiosidad cultural y los muchos que aprovechaban para fumar y beber de todo.

Las excursiones, recurso didáctico heredado de la Institución Libre de Enseñanza, además de fomentar la convivencia de alumnos y profesores, en los años 30 y 40 de pasado siglo permitía conocer la ciudad, el castillo, el río y sus pantanos, e incluso llegar al entorno natural de Sierra Espuña, las industrias mineras de Mazarrón, el puerto de Cartagena o los monumentos de la capital. Excursiones que con el tiempo fueron estirándose hasta Madrid o Barcelona, con fines artísticos o científicos, o nos llevaron a algunos a Estrasburgo para conocer las instituciones europeas, a Paris o a Londres, como etapa final del aprendizaje de idiomas, a la ruta del Quijote, incluida nuestra representación de sus entremeses en corral de comedias de Almagro, y a otros mil destinos.

Pero otra cosa era el Viaje de Estudios al final del aprendizaje, que hacía realidad un sueño mucho tiempo esperado. En estos tiempos en que el estudiante, casi desde la edad de niño de teta, ha viajado a Nebraska o ha pasado los veranos en Irlanda para estudiar inglés, ha participado en intercambios con institutos de los más remotos confines, viaja de vacaciones solo o en compañía de otros en los grandes expresos europeos y en las líneas aéreas de bajo coste a lugares extremos, no es fácil comprender lo que suponía en aquellos tiempos el Viaje de Estudios, que, junto con la mili, facilitaba a todos nuevas experiencias, y a muchos la no menor de salir más allá de las paretas de San Diego.

Se trataba de una experiencia iniciática que hacía realidad los sueños del “camino largo, rico en experiencias, en conocimiento”, con que dibujaba el poeta Cavafis el mítico viaje a Ítaca. Fueron creciendo poco a poco, desde las consabidas excursiones a Castilla o a Andalucía, pasando por las Baleares, para extenderse luego al Norte pirenaico y cántabro y a la lejana Galicia, sufragados con mil actividades, fiestas, bailes, lotería, venta de objetos de quincalla y otros muchos sacaperras, que, con el módico precio del viaje y las ayudas del Instituto, permitían viajar a todos. De esos viajes, entre los años 50 y 70 del pasado siglo, nos trajimos un puñado de fotos en blanco y negro, amistades reforzadas, algún amor más o menos duradero y, sobre todo, la imagen vista o no vista del Papamoscas de la Catedral de Burgos, de la rana de de la portada de la Universidad de Salamanca, de las conchas de la casa de las tales o del gallo y la gallina del milagro de Santo Domingo de la Calzada, sin olvidar algún escándalo nocturno, incluida visita a la Comisaría.

Ana Caicedo y María Agustina en una excursión a Mallorca con la promoción de 1968.

Con el tiempo, los Viajes de Estudios se desbordaron por toda Europa, empezando por Italia, para continuar por Francia, Gran Bretaña, Alemania o el Barrio Rojo de Amsterdam, convertidos en un evento en el que convivían los pocos que satisfacían su curiosidad cultural y los muchos que aprovechaban para fumar y beber de todo, junto a otras ocupaciones menos confesables, que rebajaban el pomposo viaje de estudios a un simple tournée de placer, no siempre al alcance de todos.

Finalmente, sepan que en estos tiempos y en aquellos siempre había profesores dispuestos a preparar excursiones y viajes, con itinerarios, actividades, autobuses y hoteles, y a servir luego de guías turísticos, de padres y asistentes de sus discípulos, redondeando así los trabajos y obligaciones del aula. El ejemplo de Carmen Rey, Ángeles Pascual, María Luisa Mulero, María Agustina, María Guirado, Rosalía Sala, Mercedes Martínez, Guadalupe Jiménez, Luis Caballero y tantos otros, que estuvieron siempre al pie del estribo, seguro que pervive en la memoria de todos los que pasaron por laS viejas aulas del Instituto y disfrutaron con ellos de excursiones y Viajes de Estudios.

4 comments

Posts Carousel

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked with *

4 Comments

  • Fernando Martínez Serrano
    25 junio, 2019, 20:06

    De aquellas excursiones concebidas como recurso didáctico pronto dejó de hablarse.
    Los viajes de estudios eran ciertamente deseados por los alumnos y sufrieron grandes cambios: se ampliaron los límites geográficos,perdieron su carácter docente-informativo,crearon discriminaciones entre quienes podían pagarlos y quienes no,pasaron a ser una especie de rito inciático para el alumno (y no precisamente en aspectos positivos).
    En fin,como tantas otras cosas, yo creo que se han degradado un poco con respecto al modelo inicial.

    REPLY
  • Romualdo Mateos Ramos
    26 junio, 2019, 13:41

    La verdad es que el título de la entrega anterior me tuvo en zozobra no poco tiempo,pues no encajaba con el contenido del que hablaba. Por un momento pensé si mis neuronas no alcanzaban ya a desentrañar el fino sentido del maestro Quiñonero o si,por contra, no había éste perdido el seso,enfrascado como anda en estos sus recuerdos sobre el Instituto.
    Menos mal que el entuerto ha quedado resuelto y que todo ha sido un desliz pasajero y puntual.Ahora ,ya sí ,las aguas han vuelto a su cauce y puedo conciliar mejor el sueño.¡ Albricias!

    REPLY
  • Romualdo Mateos Ramos
    26 junio, 2019, 14:10

    Centrándome en esta última entrega,he de corroborar cuanto apunta Pepe,respecto a la cuidada y minuciosa preparación con que se llevaban a cabo aquellas excursiones.
    Yo tuve la gran suerte de formar parte del viaje » Las dos
    Castillas»,que tuvo como organizadoras a doña Carmen Rey y a doña María Guirado.
    Recuerdo que visitamos Ávila,Valladolid, Segovia, Toledo y Madrid: fue una experiencia imborrable, tanto en lo cultural como en lo humano.
    Nos dividimos en varios grupos y preparamos otras tantas informaciones sobre las ciudades que habíamos de ver,de modo que cuando estábamos en ellas éramos los guías artístico-historico-geográficos de las mismas.
    Todo se completaba con una selección de textos literarios acerca de dichas urbes.
    En fin ,un viaje cultural en toda la extensión de la palabra.
    Un modelo para cuando ejerciéramos de docentes.
    En este caso,el verso del «Poema de Mío Cid»,adquiere todo su sentido y pierde el original valor desiderativo,pues «el buen señor» lo era cumplidamente,y así » los buenos vasallos» no teníamos sino seguir a pies juntillas las directrices que nos eran señaladas.

    REPLY
  • A. Belén Ruiz
    26 junio, 2019, 23:25

    Qué cierto eso de que el viaje de estudios era uno de los principales objetivos desde el primer día de Instituto. Y para aquellas personas que no éramos de Lorca, aparte de la ilusión por salir de España por primera vez (en mis tiempos había que cruzar frontera o era un fracaso) y descubrir nuevo mundo, también estaba el pasar más tiempo con tus compañeros y conocerlos mejor. Aquellas interminables horas de autobús… madre mía, qué tiempos! Como anécdota diré que en mi viaje nos repartieron en grupos y a cada uno le hicieron preparar algo de cada ciudad que visitábamos para saber un poco más lo que íbamos a ver. Luego lo leíamos en el autobús para que el personal se terminara de dormir mientras dábamos la información. Así que igualmente llegábamos a las ciudades sin saber mucho de ellas. A mí grupo le tocó Bélgica. Y recuerdo estar recabando información en varias enciclopedias para exponerlas. Hoy, esa sensación de búsqueda de información en bibliotecas también está perdida. Aunque, indudablemente, encuentras más información y mejor. Pero la sensación de haber logrado algo, no puede ser la misma.

    REPLY