El Eléctrico, el último superhéroe – Parte 1


En los tiempos que corren, hoy ya sabríamos si el Eléctrico era soltero o casado, si dormía colgado de los cables o tenía una casa con piscina, incluso habría alguna de ésas que viven del cuento vendiendo su romance en la televisión.

Antonio Beltrán
@antoniombeltran

Póker de Bastos 9 septiembre, 2016


Era uno de los días más calurosos del verano, y todos los que podíamos estábamos recogidos en nuestras casas, con las mínimas ropas que nos permitía el pudor. Yo, que estaba adentrándome en la adolescencia, miraba con envidia mal disimulada cómo mis hermanos pequeños se revolcaban desnudos en la tierra mojada del patio, mientras me iba moviendo por la galería pegado a una silla de esparto, buscando alguna improbable corriente de aire y tratando de que mi prima Remedios, que estaba en la cocina con las mujeres, se diera cuenta de que ya no era un niño sino una persona formal.

            Entre que tenía la mente en otra cosa, el escándalo que estaban montando los pequeños y el rumor de fondo de los millones de chicharras en el campo, que gruñían como si se estuvieran asando a fuego lento en una gigantesca sartén… Entre todo el barullo, decía, tardé en darme cuenta de que había un hombre golpeando la puerta de nuestra casa, gritando no sé qué una y otra vez.

            Salí a la calle. Era Tomás, el jefe de la cuadrilla de los extremeños. Vendría buscando a mi padre, que era el alcalde, para hacerle alguna queja del alojamiento, de los jornales… o tal vez alguno de sus peones la había vuelto a montar en el bar de Paco. Empecé a explicarle que mi padre estaba en casa de don Ricardito, el del Bosque Grande, que estaban preparando la reunión con el gobernador por aquello del trazado de la nacional… Pero al verme, el extremeño me cogió por los hombros y me gritó así, a bocajarro:

            –¡Que está llegando el Eléctrico!

            Por la calle corrían ya montones de vecinos en dirección a la era del tío Genaro, que cerraba el pueblo por abajo. Parecía que había estallado una bomba atómica y que había que evacuar la provincia, aunque en aquellos años aún vivíamos en el desconocimiento feliz de lo que era el peligro nuclear. De lo de Hiroshima habíamos visto algunas imágenes en el cine portátil del padre Tomás, pero las ruinas de aquella ciudad japonesa no nos decían gran cosa, porque, al fin y al cabo, nos habíamos criado escuchando historias de cuando la Guerra Civil. Pero estoy divagando, es lo que tiene la vejez. El caso es que, al grito de “¡El Eléctrico!”, los vecinos dejaron el frescor de sus casas y salieron al exterior, guiñando los ojos y agachando la cabeza como si estuvieran en presencia del arcángel San Miguel, que nos ha de juzgar a todos a sangre y fuego, como decía siempre el difunto Kung-Fu.

            –¿Cómo que viene el Eléctrico? –dijo mi madre, a mis espaldas. Sentí un revoloteo, un perfume y un calor que no eran de este mundo, y mi prima Remedios saltó a la calle por el mínimo espacio que dejaba mi cuerpo, rozándome con una de sus nalgas de seda. Mi hermano Jacobo consiguió escaparse completamente desnudo, y se perdió entre los demás chiquillos que corrían envueltos en nubes de polvo; los otros fueron firmemente apresados por manos femeninas, que les embutieron en calzones, gorras y camisetas antes de dejarlos escapar. Yo busqué una camisa –ya he dicho que me estaba haciendo un hombre–, me puse las alpargatas y me dispuse a seguir a mis vecinos.

            –Vete a casa de don Ricardito y les dices lo que hay –mandó mi madre. Reprimí un gesto de rebeldía, porque lo único que me pedía el cuerpo era irme donde el tío Genaro a ver si era verdad, pero en ese momento vi acercarse el haiga, el único coche que había en el pueblo. Dentro venían Jesús, el chófer –qué cosas más obvias estoy diciendo–, apretando frenéticamente la bocina para que los demás le abrieran paso, don Ricardito, con medio cuerpo asomado por la ventanilla para ver mejor, y mi padre, al que saludé con orgullo, viéndole tan bien acomodado. Sin más dilaciones, seguí la estela del coche, aspirando humo de escape y polvillo, hasta que llegamos a la era del tío Genaro, en cuya linde había una gigantesca torre del tendido eléctrico.

            Los que habían llegado primero habían tenido el privilegio de poder apretarse bajo la sombra del Guindillo, un árbol bajo, oscuro y retorcido, que nunca hemos sabido ni cuánta edad tenía, ni qué tipo de planta era en realidad, ni siquiera a qué sabía su fruto, porque a algunos nos sabía a espiga de trigo quemada, y a otros les recordaba a manzana podrida. Algunos niños habían trepado hasta lo más alto del Guindillo para estar más cerca del cielo, ya que el Eléctrico venía agarrándose por los cables de alta tensión, atravesando España a pulso, a treinta metros de altura, sin detenerse jamás.

            En los tiempos que corren, hoy ya sabríamos si el Eléctrico era soltero o casado, si dormía colgado de los cables o tenía una casa con piscina, incluso habría alguna de ésas que viven del cuento vendiendo su romance en la televisión. Pero estoy hablando de 1960, a lo mejor incluso antes, la gente no estaba tan maleada –aunque canallas los hubo siempre– y lo único que sabíamos era que aquel hombre aparecía por el Sur, por la torre de la era del tío Genaro, por los cables que venían de Madrid, y se marchaba por el Norte, por la torre de antes del Bosque Grande, que detrás de él ya era provincia de Zamora.

            Como siempre, en aquellos momentos mi hermano Jacobo tuvo que dar la nota. Con aquel amigo suyo, Manolín, que luego habría de llegar a juez, se subió a la capota del haiga para ver mejor el horizonte, aprovechando que mi padre y don Ricardito se habían adelantado hasta los pies de la torre, y que Jesús, el chófer, estaba muy ocupado mirándole el trasero a las chavalas. Como era de esperar, Manolín imitó a mi hermano y se quedó también en pelota. Pero, claro, aquella capota de hierro les quemaba los pies, de manera que no se les ocurrió nada mejor que empezar a orinar para refrescar el metal. Cuando mi madre les vio puso el grito en el cielo; Jesús se lio a pedradas con los chiquillos, que corrían como liebres entre las pajas del trigo, y todos los vecinos empezamos a animarles, entre risas, diciéndoles que se escaparan. Como dijo mi padre aquella noche, se ve que el Eléctrico bajó a la tierra porque le dolió que nadie del pueblo le hiciera caso.

            –¡Ya le veo! ¡Ya le veo! –gritó entonces Frutos, el guardagujas. Jacobo y Manolín dejaron de correr, el chófer soltó las piedras que llevaba entre los brazos. Miramos hacia arriba, hacia Madrid, y allí había una silueta gris, diminuta, que se iba acercando poco a poco. Tomás el extremeño la había visto media hora antes porque aquellos jornaleros tenían ojos de halcón. Los chiquillos y los mozos empezamos a dar alaridos, los hombres silbaban, aplaudían o blasfemaban, según el carácter de cada cual, y algunas mujeres se taparon los ojos con la mano, mirando entre los dedos las evoluciones de aquel hombrecillo.

            –¿No tendrá vértigo?

            –Ya estará acostumbrado.

            –No sé cómo no se achicharra.

            –Porque los cables están aislados. Llevan en su interior miles o millones de voltios de alta tensión, pero están bien protegidos por una capa de plástico aislante –fue mi padre el que dijo estas palabras, llenándome de orgullo por segunda vez aquella mañana. Yo aún no había entrado en esa fase de la juventud en la que se rechaza a los mayores por sistema, todavía era lo suficientemente crío como para sonreír abiertamente ante la exhibición de la cultura de quien me había dado la vida.

            –Pero si toca la torre se queda frito… –terció el guardagujas. Y luego añadió, para que todos viéramos lo leído que era–: tal y como está ahora mismo, cualquier contacto con el resto del planeta le convertirá de forma inmediata en una brasa humeante.

            Y es que Frutos no lo podía evitar, siempre tenía que decir la última palabra, para restregarnos a todos que él también era un hombre de cultura. Siempre estaba así, amargado, como deseando subirse a cualquiera de aquellos trenes a los que daba el paso con la bandera y marcharse bien lejos. Decía que había aterrizado en el pueblo de casualidad, que habían montado veintitrés mozos en la Estación del Norte y se habían ido sorteando los destinos durante el viaje, tú la primera caseta, tú la segunda… a él le había tocado aquélla, había bajado del tren de un salto, echando primero el petate, y aquél iba a ser su puesto hasta aquello del arcángel San Miguel.

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