El Eléctrico, el último superhéroe – Parte 2


La policía se volvía loca dándole el alto, irritados los oficiales por aquel hombre que desafiaba de esa forma las normas establecidas, aunque no existía ninguna ley que pre­viese una trans­gresión tan extra­or­dinaria.

Antonio Beltrán
@antoniombeltran

Póker de Bastos 12 septiembre, 2016


He vuelto a dejarme llevar, y aún no les he contado de verdad por qué nos volvíamos locos con el Eléctrico. Pues porque no era sólo la proeza física de verle cruzar la Meseta colgado de los cables de alta tensión, echando un kilómetro tras otro hasta convertirse de nuevo en un puntito; es que en los tiem­pos de miseria, ignorancia y miedo en los que yo me crié, aquel desconocido excéntrico y errante era el único hombre verdaderamente libre que había. Volaba por encima del Bosque Grande, en el que no se podía cazar, porque era propiedad de la familia de don Ricardito desde los tiempos del Rey que rabió; pasaba por encima de la iglesia, sacándole la lengua, si quería, a don Joaquín, que nos había aterrorizado siempre a todos con aquellos cuentos del pecado, la culpa y el infierno, haciendo aún más triste nuestra vida; incluso podía imitar a mi hermano Jacobo, treinta metros más arriba, hurgarse en la bragueta y descargar sobre el gobernador civil, el ministro e incluso el capitán general, si le daba por ahí. Y que subieran a los cables a buscarle. Había cierta justicia en la manera en que se atrevía a desafiar la altura, que remontaba las colinas y despreciaba los cercados con su vuelo de águila, volviendo los campos en los que dejábamos nuestras fuerzas en mi­núsculos retales verdes y ocres, que él atrave­saba de dos en dos.

            Claro que aquel hombre era considerado un mal ejemplo. Continuamente era atacado desde el púlpito de la igle­sia y la tarima del maestro. La policía se volvía loca dándole el alto, irritados los oficiales por aquel hombre que desafiaba de esa forma las normas establecidas, aunque no existía ninguna ley que pre­viese una trans­gresión tan extra­or­dinaria. Nuestros propios padres, que no dejaban de quitarse la boina ante el paso de un hombre con tantos redaños, presa­giaban muy seriamente, con una satisfacción mal disimu­lada, que se iba a estrellar un mal día y se iba a reven­tar contra el suelo; que se iba a elec­trocutar en uno de sus juegos; que se lo iba a comer un águi­la… En algunos pueblos, su paso era recibido con gritos e insultos, y los campesinos rabiosos le arroja­ban pie­dras que caían sobre las cabezas de quienes las lanzaban.

            En cualquier caso, en aquellos momentos en que se disponía a cruzar por encima de nuestro pueblo, lo único que se oían eran vítores y aplausos. Nosotros siempre hemos sido buena gente. Claro que pronto tuvimos motivos para preocuparnos, ya que, al ver que aquel hombre estaba llegando, a cuatro de los mozos no se les ocurrió otra cosa que saltar a la base de la torre y empezar a trepar por los hierros. Me acuerdo como si los estuviera viendo, y eso que han pasado cincuenta años. Eran Jerónimo el pequeño, que llegó a ser abogado, murió de un infarto el año pasado; Quintín, que se fue a Ginebra, a la emigración, y allí se casó con una suiza, que menuda casa se han hecho en lo que fue de sus padres; Pascualote, que al año siguiente lo mató el tren volviendo de una fiesta, se ve que venía de Valladolid colgado de un tope y al bajarse se desnucó, eso fue lo que dijo Frutos; y un tal Heriberto, uno de los extremeños, que luego se hizo comunista y pasó por Carabanchel. El caso es que treparon por la torre, sube, sube, sube, sube, mientras los jóvenes aplaudíamos y las madres se apresuraban a coger de la mano a sus chiquillos para que no hubiera una desbandada hacia lo alto. Mi padre, como alcalde que era, empezó a dar voces y a decir que se bajaran, mientras el guardagujas repetía una y otra vez, como los loros, que el contacto simultáneo entre la torre y el cable, incluso una cercanía excesiva, los iba a freír como si fueran unas migas.

            Sin embargo, fue el propio Eléctrico el que salvó la situación: el hombre, al que ya podíamos ver claramente, su tez morena, su cara seria y mal afeitada, su pelo encrespado, les hizo retroceder con un solo gesto: detuvo su camino, soltó una de sus manos, y se quedó colgando en el vacío, penduleando, sin decir nada, como una impresionante advertencia de lo peligrosísimo que era aquello. La visión de aquella figurita endeble, que pendía de un hilo en mitad de la nada, sostenida tan sólo por unos dedos diminutos, acabó por persuadir a los cuatro bravucones, que regresaron a la tierra y tuvieron que tomar asiento para no marearse, ajenos a los gritos y amenazas de mi padre.

            –Lo que no entiendo es cómo consigue acercarse a la torre sin que le fulmine una descarga –seguía diciendo el guardagujas, haciéndose el interesante.

            Pronto tuvimos una respuesta: al ver que había conseguido desanimar a Quintín, Pascualote y los demás, el Eléctrico volvió a aferrarse al cable con ambas manos y se quedó quieto, tal vez calculando la distancia. Entonces empezó a oscilar como un trapecista, se soltó, dio un salto mortal en el aire y se enganchó a uno de los tramos medios de la torre, unos cuantos metros por debajo de los aislantes de porcelana. Frutos murmuró un “¡Lo sabía!”, complacido, pero su momento de gloria pronto pasó al olvido, ya que para nuestra alegría infinita el viajero se quedó parado nuevamente, nos observó durante más de un minuto, y, al ver que le recibíamos sin hostilidad comenzó a bajar.

            Estaba claro que aquel hombre no se podía pasar todo el tiempo en el aire. Tendría que volver a la tierra de vez en cuando para comer, para dormir… Me imagino que descansaría en lo más profundo de los bosques, o al pie de las torres más remo­tas, las que se encaramaban por las laderas más abruptas de las montañas hasta perderse entre los riscos. El caso es que en aquella ocasión sintió la necesidad de estirar las piernas precisamente cuando estaba a punto de pasar por encima de nosotros. Y nadie se puede imaginar el griterío que se levantó, aquello es para haberlo vivido.

            A ras de tierra, el Eléctrico resultaba frágil y endeble. Vestía un jersey de punto y unos pantalones de un tejido que nos pareció extraterrestre, porque hasta entonces no sabíamos lo que era un chándal. Llevaba los pies descalzos, cubiertos tan sólo con unos calcetines de lana. Sus piernas delgadas contrastaban con sus manos y sus brazos, más grandes que las de Juan, el herrero, que era la persona más fuerte que conocíamos. Nos apretujamos a su alrededor, dejándole un par de metros de respeto, mientras le mirábamos de arriba abajo. El hombrecillo carraspeó un par de veces, para asegurar la voz –que no debía utilizar mucho por ahí arriba–, y luego nos saludó con un tono bajo y cultivado, de señorito.

            –Buenos días.

            –Buenas –replicamos todos, a coro.

            –¿Qué pueblo es éste, por favor?

            –San Manrique –le respondió Frutos, solícito–. Pro­vincia de Valladolid.

            –Valladolid –reflexionó el Eléctrico, como si hubiera perdido la orientación. Para aquel hombre, las provincias eran simples trozos de tierra que se atravesaban en una jornada.

            –Y yo soy el alcalde –terció entonces mi padre. Después de unos segundos, añadió–: Bienvenido.

            Al oír esa palabra, el hombre sonrió con timidez. Sin duda había tenido recibimientos mucho menos gratos. Nos fue mirando uno tras otro, como un conejo enfrentado a una jauría de perros, esperando el primer movimiento que le haría regresar a su guarida, pero sólo vio alegría, respeto y emoción. Luego nos quedamos un rato en silencio, hasta que a uno de los niños se le ocurrió preguntarle:

            –¿Das calambrazo?

            El hombre abrió mucho los ojos y dijo que no con la cabeza. Como si hubiera sido una señal, todos a una rompimos la distancia invisible que nos separaba de él. Los hombres le dimos la mano, los niños le palmearon las rodillas, las caderas… Hasta las mujeres cuchicheaban comentando entre risas la fuerza de sus brazos y la anchura de sus espaldas. Le llevamos a la sombra del Guindillo para que estuviera más a gusto. Le dijimos si quería de comer y de beber, e incluso le ofrecimos los pajares por si le apetecía echar una cabezada. Don Ricardito quiso llevarle en el haiga, pero el viajero se disculpó, diciendo que tenía miedo a los espacios cerrados.

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