El Eléctrico, el último superhéroe – Parte 3


Como todo lo bueno se acaba, en un momento dado apareció la pareja de la Guardia Civil y todos nos retiramos, buscando la protección de las paredes o el mostrador.

Antonio Beltrán
@antoniombeltran

Póker de Bastos 13 septiembre, 2016


Mientras le guiábamos hasta el bar de Paco, fue res­pondiendo a todas nuestras preguntas con pacien­cia, aunque se notaba que no estaba muy acostumbrado a conversar. ¿No se cansa­ba de estar todo el día en el aire? No. ¿No le daba miedo? Sí. ¿No tenía frío? Algunas veces. ¿La vista era bonita? Por aquella zona, sí. ¿A dónde iba? Aquí se encogía de hombros. Ni él mismo lo sabía. ¿Cómo se le había ocurrido ponerse a viajar por los postes? Mien­tras devoraba un plato de jamón y queso, el Eléctrico guardó silencio unos momentos y confesó que hacía muchos años había tenido que trepar a una torre para escaparse del fortachón de su pue­blo, y había descubierto que allí, en lo alto, nadie podía hacerle daño. Hablaba tropezando con las pala­bras, abrumado por la presen­cia de la gente.

            Como todo lo bueno se acaba, en un momento dado apareció la pareja de la Guardia Civil y todos nos retiramos, buscando la protección de las paredes o el mostrador. El Eléctrico aceleró el ritmo, como si estuviera ansioso por llenar la despensa antes de echar a correr. De repente el sargento, que era una mula, apartó la mesa de una patada, y el hombrecillo se levantó de un salto.

            –¿Así que tú eres el Eléctrico?

            La primera bofetada sonó como un disparo. El viajero enroje­ció, mientras todos nosotros bajábamos la vista, avergonzados.

            –¿Tú no sabes que está prohibido circular por los cables del tendido eléctrico, que te puedes jugar la vida?

            Cayó la segunda bofetada en mitad de un silencio gla­cial. Entonces, el Eléctrico levantó la vista y la cruzó con las nuestras. Los adultos agacharon la cabeza, los niños le miramos boquiabiertos, a punto de echarnos a llorar. Algún anciano le recomendó con el gesto que se estuviera tranquilo, que no respondiera. Verdes las habían segado. Cuando nos quisimos dar cuenta, el sargento había caído de espaldas, con la boca partida de un puñetazo propinado por aquellos brazos de hierro que habían atravesa­do España entera. Su compañero se llevó la mano a la cintura y cogió la pistola, pero entonces intervinimos nosotros. Sin pensarlo dos veces, sin ningún grito que nos animara, sin seguir a ningún cabecilla, todos los campesinos, hombres, mujeres y niños, nos abalanzamos sobre los guardias para defender a nuestro héroe. La taberna se convir­tió en un campo de batalla; volaron bote­llas, mesas y tabu­re­tes; hubo puñetazos, patadas y mordiscos… se vivieron momentos que luego, a toro pasado, a todos nos parecieron muy emocionantes. Antonio el de la Porra Seca y Fabián Confurco, el de los Relejes, que llevaban quince años sin hablarse, cogieron entre los dos una mesa, se la echaron encima al sargento y luego se estrecharon la mano con una sonrisa. Aquel gandul de Julián, que a los treinta años aún vivía con sus padres y del que las malas lenguas decían que era de la raza calé, paró con el hombro un puñetazo que iba destinado al Eléctrico, y remató la maniobra con un corte de mangas y una terrible blasfemia. El difunto Kung-Fu nos deleitó con sus mejores llaves de kárate, o lo que el pobre entendía que era kárate; le dio una palmada en la espalda a don Ricardito, que había cogido la pistola del guardia y la había lanzado a la calle, y le dijo, “¡Olé tus huevos, marqués!” Y le ofreció media jarra de vino del que estaba bebiendo, que el otro se tomó sin pestañear. Fueron detalles que en el pueblo nunca pudimos olvidar. Y es que habría­mos lu­chado hasta la muerte para salvar a aquel hom­brecillo que encarna­ba todo aquello que nosotros no alcanza­ríamos jamás. Finalmente, mientras una barrera de hombres protegía al Eléctrico, los guardias salieron del bar sin darnos la espalda, entre insultos y amena­zas por ambas partes, recuperaron la pistola y se esfumaron.

            –¡Locos! ¡Estamos locos!– gemía Frutos, el guardagujas.

            –A ti y a mí se nos acabó el chollo. Esto es la ruina, ya verás –pronosticó mi padre, fúnebre.

            –¿Qué va a ser la ruina? ¿No tienes dos brazos para cavar? ¿No tenemos más de dos docenas de ovejas? –le dijo entonces mi madre.

            Los demás hacíamos comentarios semejantes. Unos se llevaban las manos a la cabeza; otros sonreían, con una expresión nueva en sus semblantes. Como más ilusionados.

            –Que me quiten lo bailao –repetía sin cesar el difunto Kung-Fu, mientras los ancianos se remontaban a los tiempos de sus abuelos, que se habían enfrentado por lo menos a las tropas de Napoleón. Los más audaces comparaban al Eléctrico con el Empecinado, que había liberado los campos de Castilla la Vieja antes de ser traicionado por su propio Rey, y aquel Heriberto no sé qué dijo del propio Marx. Así atravesamos el pueblo hasta llegar a los pies de la torre del Norte.

            –Siento mucho haberles causado tantos problemas… –se excusaba el Eléctrico, sin parar.

            El hombrecillo pasaba de grupo en grupo, estrechaba manos, se dejaba abrazar… Los extremeños, mucho más serenos porque aquello en el fondo ni les iba ni les venía, fueron quienes le recomendaron que se marchara de una vez, antes de que vinieran los refuerzos.

            –Yo me quedo con ustedes… yo me hago responsable…

            –No sea tonto, hombre –le calmó mi padre–. Usted no ha tenido la culpa de nada. Vale más que se marche; ya volverá a visitarnos en otra ocasión.

            –Aquí siempre serás bienvenido, Eléctrico –le dije yo.

            El hombre me miró y me estrechó la mano, transmitiéndome un calor que a veces me parece que aún me dura. Luego observó a las decenas de personas que le estábamos sonriendo y miró a las alturas con una expresión extraña, como si estuviera deseando quedarse en el mundo con nosotros. Finalmente dio un pequeño salto, se agarró a los travesaños más bajos y empezó a trepar, seguido por los aplausos de todos. Cuando quisieron llegar los civiles, su silueta ya se perdía entre las copas de los árboles del Bosque Grande.

            Los vecinos se salvaron de ir a la cárcel porque pasó como en Fuente Oveju­na: que todos habíamos metido baza. Los hombres aguantaron a pie firme los exabruptos del teniente durante más de media hora. Mi padre y los concejales fueron destituidos tres cuartos de hora más tarde, después de una llamada telefónica del gobernador civil. En esa misma llamada, el gobernador les anunció que, como castigo, la carretera nacional ya no iba a pasar por San Manrique, sino por Manrique del Vado, que era el pueblo más cercano al nuestro.

            Hay que decir, en honor a la verdad, que cuando supieron la buena noticia, los gorrinos –que es como llamamos a los del Vado– nos mandaron en un taxi tres jamones y cuatro cajas de vino de Rueda, para que compartiésemos con ellos su alegría. Eso les libró de males mayores, porque hubo quien habló de vengarse de la manera acostumbrada. Que les haya aprovechado, porque treinta y seis años después la nacional se convirtió en una autovía, que ahora rodea su pueblo, y casi todos los comercios han tenido que echar el cierre. Lo que fácil llega, fácil se va.

            Después de pegarnos la bronca, el teniente inició una maniobra para detener al Eléctrico. Creo que todavía no existían los helicópteros, aparte que no se podían utilizar a la buena de Dios para detener a una persona que ni siquiera tenía delitos de sangre, así que tuvieron que recurrir a las camionetas, las motos y los tiros de escopeta. La operación movilizó a las comandancias de Valladolid, Segovia, Zamora e incluso León, pero cercar al Eléctrico resultó más difícil de lo que se habían planteado. El hombre avanzaba saltando los obstáculos naturales, bosques, montañas, ríos, barrancos, mientras que los guardias perdían un tiempo precioso sorteando las desigualdades del terreno, buscando las carreteras, los vados o las cañadas más accesibles.

            Con el paso del tiempo nos enteramos de que el gobernador civil trató de presionar a los directivos de la compañía eléctrica para que quitasen la luz:

            –Corten el suministro, y hago subir a las torres a dos docenas de guardias que tengan un par de huevos –se ve que llegó a decirles.

            –Tendría usted que hablar con el ministro de Industria –fue la respuesta–. Porque nosotros no podemos dejar sin fluido al cuadrante noroeste de España.

            –Pues aumenten la tensión, hasta que estallen los aislantes y ese hijo de puta salte por los aires convertido en un carbón –chillaba el gobernador.

            –Dígale usted al ministro si está dispuesto a pagar los cientos de kilómetros de cable quemados por un exceso de voltaje, además de todos los aparatos que estén conectados a la red. Si hacemos eso se puede pegar fuego hasta la manta eléctrica que tienen en el Pazo de Meirás –parece que fue la respuesta de los jerifaltes de la compañía, aunque este último comentario yo siempre lo he tenido por una invención.

 

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