El Eléctrico, el último superhéroe – Parte 4 y final


El Eléctrico y el sargento trataron de decirle al guardia que se estuviera quieto, que no le iba a pasar nada, que las balas no llegaban tan alto.

Antonio Beltrán
@antoniombeltran

Póker de Bastos 14 septiembre, 2016


Finalmen­te, diez días después del enfrentamiento en el bar de Paco, la policía consiguió sacarle al Eléctrico unos cuantos kilómetros de ventaja, y empezó a diseñar una estrategia para cazarle. Aquello ocurrió en las llanuras de El Bierzo, antes de que el tendido se internara por los montes del Macizo Galaico, donde ya no había nada que hacer. Parece ser que un comandante, venido a propósito desde Madrid, destacó una pareja de guardias en cada una de las torres que hay entre Astorga y Ponferrada, con órdenes de disparar al bulto tan pronto como vieran que trataba de bajar. El Eléctrico siguió avanzando, observando desde lo alto cómo se le iba estrechando el cerco hora tras hora, hasta que, en un tramo especialmente largo, quedó atrapado entre dos parejas de la guardia civil, una delante y otra detrás. Una hora más tarde apareció aquel comandante, avisado por radio, se puso a sus pies y le encañonó con la pistola. Con un gesto de la mano ordenó a dos de sus hombres –un sargento cincuentón y un guardia joven– que subieran por la torre, lo que los otros hicieron sin pestañear, hasta que estuvieron a unos pocos metros de distancia del fugitivo.

            –Ríndete, chaval, que va a ser lo mejor –le dijo el sargento, en tono paternal.

            –Si sube más, se va a electrocutar –replicó el viajero–. La corriente salta.

            El sargento miró hacia arriba y optó por descender discretamente unos pocos pasos, aprovechando que desde abajo no se les veía con detalle.

            –Bájate, hombre, que te vamos a tener que abatir a tiros.

            –Como saque la pistola, que es de metal, le va a dar un calambrazo. Aparte del retroceso, que le va a desequilibrar.

            –Pero dime la verdad, chaval –trató de razonar el sargento–. ¿Has matado a alguien? ¿Eres comunista, o terrorista? Que yo sepa, no estás ni fichado. Sólo tienes los disturbios en San Manrique. Venga, date preso. Te va a caer una somanta que te vas a acordar de respetar a la autoridad, eso te lo digo como lo siento, y te van a juzgar por desobediencia, pero no creo que pases más de un año en la cárcel. Te entregas, cumples como un hombre y se acabó.

            –Lo siento. Yo soy un hombre libre.

            En ese momento empezaron a oírse unos disparos. El comandante, loco de furia, estaba disparando contra la cima de la torre.

            –¿Qué está haciendo ese tío? ¡Nos va a dar! –chilló el guardia joven– ¡Mi comandante, no dispare! ¡Alto el fuego, que nos va a dar a nosotros! ¡Deja tranquila el arma, hijo de puta!

            El Eléctrico y el sargento trataron de decirle al guardia que se estuviera quieto, que no le iba a pasar nada, que las balas no llegaban tan alto. Pero el otro empezó a descender a toda prisa, hasta que en un momento dado perdió pie y se fue de cabeza contra el suelo. El sargento miró desde arriba a su compañero, junto al cual empezaban a congregarse otros guardias. Luego giró la vista hacia el hombrecillo, que se estaba enjugando las lágrimas con una mano. Estuvieron en silencio un rato, mientras les llegaban los gritos descompuestos del herido.

            –Que tengas suerte –se despidió por fin el sargento, mientras empezaba a bajar, centímetro a centímetro, ignorando las órdenes salvajes del comandante.

            Al Eléctrico le bastó con uno de sus saltos mortales. Aterrizó unos pasos por debajo de los aislantes de porcelana. Recorrió con movimientos ágiles y expe­rimentados la cima de la torre, reptando entre los tra­vesaños metáli­cos. Un nuevo salto le llevó de nuevo al refugio de los cables de alta ten­sión. Oía cada vez más lejos los alaridos del comandante, que se esforzaba en vano por reorganizar a sus subordinados. También escuchó un eco extraño, sordo e irregular: los paisanos que se habían amontonado alrededor del cerco policial juntaban las manos detrás de la espalda para poder despedir al Eléctrico sin que nadie supiera quién era el que estaba aplaudiendo.

            La batida continuó durante una semana más, aunque ya no se sabía por dónde andaba el Eléctrico, si había conseguido perderse en las montañas, o en qué momento había tomado una ruta transversal que le podía dejar, por ejemplo, en las llanuras de Orense o las montañas de León. Aquel hombre­ci­llo había desapare­cido por completo. Sin duda viajaba de noche y pasaba el día en lo más recogido de los bosques, en las cuevas, debajo de un puente o con alguna familia cómpli­ce.

            Durante muchos meses, los paisanos que recorrían los caminos del noroeste de España fueron detenidos por sistema e inspeccionados por las autoridades, que examinaban manos y brazos con el máximo rigor. Los enclenques, los señoritos de dedos blancos y finos, enseguida quedaban libres de sospechas; los campesinos de brazos robustos y manos encallecidas tenían que dar más explicaciones. Cualquier hombre adulto podía ser el Eléctrico. De las pesquisas no se libraban ni los peregrinos que iban a Compostela.

            Pasaron dos años. Una mañana de invierno aparecieron en Tordesillas unos trozos de carne quemada, al pie de una torre eléc­trica. Los que encontraron los restos juraron que eran humanos, o que, al menos, no eran de ninguna ave rapaz. Cuando llegó el juez, la calavera había desaparecido, y encima de los despojos había un montón de plumas frescas de gallina que no logró engañar a nadie. Los guardias recogieron huesos y pellejos con todo detalle y los dejaron en la casa cuartel, a la espera de que fueran examinados por un médico forense. Pero aquella misma noche, la caserna ardió por un incendio. Se llegó a decir que fue un cortocircuito, lo que a todos nos pareció demasiada coincidencia. El caso es que, con las llamas, aquellos restos se mezclaron con todo tipo de residuos, papeles, madera, cuero, y el forense fue incapaz de identificarlos.

            Nuestro gobernador civil, que entretanto había ascendido a subsecretario, dio enseguida el caso por zanjado, diciendo que por fin se había acabado con aquel riesgo para la salud pública y para el principio de autoridad. Muchos hombres de orden respiraron satisfechos, convencidos de que aquel insensato había terminado donde tenía que terminar: achicharrado por haberse atrevido a jugar con fuego. Pero muchos otros dijeron que el Eléctrico seguía vivo, y que cualquier día le volveríamos a ver recortarse entre las nubes, volando por encima de campos y aldeas, para acabar con las injusticias del mundo y demostrarnos que podíamos ser libres.

            Yo soy uno de los que creen en su regreso. Desde aquel día en que pude estrechar su mano ya han pasado más de cincuenta años. Mi padre y mi madre fallecieron, rodeados por sus nietos y con la tristeza de mi hermano Jacobo, que se mató experimentando con una de las primeras motos con sidecar que hubo en España. Mi prima Remedios, la que tenía las nalgas de seda, se casó con un bodeguero y se instaló en Albacete, pero antes hicimos bueno aquel refrán de “cuanto más primo…”, y no digo nada que no se sepa en el pueblo. Frutos, el guardagujas, se pagó una ronda una tarde en el bar de Paco para celebrar su jubilación y aquella misma noche se fue del pueblo en el último tren, no sabemos si hacia un lado o hacia el otro, y nunca más se supo de él. Los extremeños un buen día dejaron de venir, y ahora vienen los temporeros rumanos, colombianos, peruanos, demostrando aquello de que en todas partes cuecen habas. Don Ricardito le legó el Bosque Grande a su hijo Ricardo; ahora lo lleva uno de sus nietos, hay cosas que nunca cambian. Y el difunto Kung-Fu se nos fue hace mucho tiempo: en una tormenta seca se subió en pelotas a la copa del Guindillo para relajarse como su admirado Carradine y le partió un relámpago que saltó de la cima de la torre del Sur, medio pueblo fue testigo. Ha pasado mucha agua bajo los puentes, se han segado muchas mieses y muchas vidas, ya lo he dicho, pero desde aquel día de verano en que pude saludar al Eléctrico no ha habido una sola mañana en que no haya dirigido mi primera mirada a los cables infinitos del tendido, espe­rando ver llegar de un momento a otro la figura diminuta de aquel hombre inmenso.

Este relato ganó el premio de narrativa

 “Miguel Artigas”, de Monreal del Campo

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