“ESPEJOS Y VENTANAS: LAGOS Y OCÉANOS”


Allá donde vamos recordamos a la misma vez que no olvidamos que nos gusta nuestra ciudad, pero quererla también implica reconocer de lo que carece. Al fin y al cabo, es la ciudad del sol: queremos un sol joven.

José Campoy

El callejón de la pluma 7 diciembre, 2017


No es lo mismo un espejo que una ventana. Ambos objetos están compuestos de cristal y se pueden ver diariamente en una casa, en un centro comercial o en el supermercado de abajo. Cuando una persona vive en una ciudad que no es la suya, ya sea por motivos de trabajo o estudios, no es extraño que, al compartir anécdotas con otras personas o amigos, defienda los valores, las tradiciones, la gastronomía, el aspecto y la belleza de su ciudad natal.

Ese orgullo puede que no esté presente en el día a día en tu ciudad, es más notable cuando estás en otro pueblo o en una ciudad que no es la tuya. Visualizas mentalmente las calles, los jardines, cafeterías, restaurantes, plazas, parques, platos típicos y por supuesto, las personas. Valoras todos los aspectos y reparas en detalles que ni siquiera sabías que existían. En mi caso y en el de muchos otros, recordamos a la misma vez que no olvidamos nuestra ciudad, Lorca. Allá donde vamos somos predicadores de nuestras comidas, de nuestro acento y vocabulario, de nuestras fiestas, nuestra Semana Santa, nuestra gracia, nuestro sol y cómo no, nuestro castillo. Llegado a ese punto es difícil no reflexionar sobre por qué la gente “se va y no se queda”.

Es cierto que quienes van a estudiar o trabajar pueden regresar a vivir a su ciudad al cabo de un tiempo, pero no es ninguna mentira que una parte de la juventud, desde temprana edad, apela que quiere estudiar, trabajar y vivir en otro sitio. Tampoco es una mentira que parte de esa juventud afirme que la ciudad no es lugar para jóvenes, que no hay bares suficientes, que el ocio no está proyectado a la juventud como otras ciudades. Quizá la visión que tengamos sobre este tema sea equivalente a mirarse a un espejo continuamente. No queremos espejos, queremos ventanas. Queremos asomarnos a una ventana y ver más opciones, más posibilidades, más camino, más futuro. No es lo mismo un lago que un océano. Ambos están compuestos de agua, y se pueden ver en diferentes lugares de un territorio.

Cuando una persona vive en una ciudad que no es la suya, ya sea por motivos de trabajo o estudios, no es extraño que observe más los detalles de dicho lugar. Tampoco es extraño que piense que ese parque, ese pub, esa confitería o esa fiesta, irían genial para su ciudad. Obviando las oportunidades de salidas laborales, que a nivel nacional tampoco sobran, los jóvenes pensamos también en el ocio. “Este pub en Lorca estaría genial, muchos jóvenes irían y el ocio aumentaría, ya no todo está en tal ciudad o en tal otra”.

Allá donde vamos recordamos a la misma vez que no olvidamos que nos gusta nuestra ciudad, pero quererla también implica reconocer de lo que carece. Al fin y al cabo, es la ciudad del sol: queremos un sol joven. No queremos un lago, queremos océanos. Queremos ver reflejados en el agua nuestros sueños, queremos ver nuevas actividades, nuevos sitios, más ocio, más camino, más futuro.

 

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