Hagan sus apuestas – Parte 2

Hagan sus apuestas – Parte 2

El salón se ha quedado en silencio. Maché y su madre lloriquean de rabia y se miran con odio. Arturo, avergonzado, mira al suelo sin saber qué decir.

La conversación vuelve a decaer. Don Emilio piensa que debería poner alguna excusa y volver a su despacho, junto a su colección de sellos.

–Bueno, Arturo. Pues éstos son mis padres –dice Maché, por decir algo.

–Pues ya les digo; encantado de conocerles.

–Lo mismo digo, hijo. Ya sabes dónde tienes tu casa, para lo que quieras… ¿Y qué tal en la notaría? –Pepi hace por fin la pregunta que ha llevado en la mente todo este tiempo. Arturo enarca las cejas, sorprendido, mientras que Maché enrojece y mira a su madre con una de esas miradas que matan.

–Es igual, mamá, nos tenemos que ir ya –se remueve inquieta en la silla–. Vámonos, Arturo –apremia al joven.

–¡Hija mía! ¿Qué prisa tienes? Arturo se va a pensar que le estamos echando de casa.

–No, para nada, no faltaba más. ¿Qué es eso de la notaría?

–No, que le he dicho a mis padres que estás trabajando mucho en la notaría, que andas muy liado con el trabajo.

–¿En la notaría? Ya… –dice Arturo, desconcertado.

–¿Pasa algo, Maché? Estarás muy ocupado con tu trabajo, porque tú eres oficial de notarías, ¿verdad? –pregunta Pepi. Se inclina sobre Arturo, le mira a la cara fijamente. El joven enrojece, se aturulla. Maché ha cerrado los ojos y mira al techo. Incluso don Emilio está expectante, esperando una respuesta.

–¿Yo? –dice por fin Arturo–. Bueno, yo pensaba que… me parece que Jose… es decir, Maché… No; yo realmente no trabajo en ninguna notaría. Acabé Derecho de aquella manera y empecé a opositar, pero al final lo dejé; era demasiado empollar… o sea, estudiar…

–¡Pero, Maché! –aúlla doña Josefa– ¡Si nos habías dicho que tu novio era oficial de notarías, en una notaría de Puerta de Hierro!

–¿La Puerta de Hierro? No, bueno, yo no…

–¿Pero qué tonterías son éstas, Maché? –interviene por fin don Emilio.

–¡Jolín, mamá! –grita la chica, a punto de echarse a llorar–. ¡Es que os tenéis que meter en todo! ¿Qué más os da en qué trabaje mi novio? ¡Eso es asunto mío, no vuestro! ¡No sois más que unos pijos y unos orgullosos metomentodos!

El salón se ha quedado en silencio. Maché y su madre lloriquean de rabia y se miran con odio. Arturo, avergonzado, mira al suelo sin saber qué decir. Don Emilio se mueve entre la incomodidad por lo ridículo de la situación, la compasión hacia el recién llegado –porque la hija es igual que su madre, qué duda cabe, las mismas ínfulas, las mismas histerias, reflexiona por enésima vez– y el interés por saber a qué demonios se dedica aquel joven. «A ver si me va a tocar mantener a otro vago«, está pensando entre dientes.

–Me imagino que no lo van a comprender –empieza a decir Arturo, lentamente–, pero yo trabajo en la calle, aquí en Madrid. Suelo estar en la Cibeles, enfrente del edificio de Correos, y me gano la vida apostando con los paseantes, adivinando el código postal de los pueblos de España.

«Efectivamente, cuando acabé Derecho me puse a opositar a notarías. Tengo un tío, un hermano de mi madre, que es notario en Ponferrada, y por ahí le vino a mi familia la afición, porque es cierto que los notarios ganan una pasta. De ahí vino la presión de mi familia. Viene a ser lo mismo que le pasa a ustedes con Jose, quiero decir, con Maché, con el máster en económi­cas donde la han matriculado. Es decir… que, en fin, que los padres dicen una cosa y luego uno tiene que aguantarse, o echarle un par de narices, que es lo que hice yo, lo que le he dicho a Jose, a su hija, un par de veces…

«Bueno; a lo que iba. Llegué a Madrid hace cuatro años, y a los pocos meses ya di las oposiciones por perdidas. Acabé hasta las narices de hacer ejercicios de memoria, recordar números, listas de palabras, y bobadas de ésas. Decidí que no me iba a pasar seis o siete años empollando leyes y más leyes, encerrado aburrido en un piso, así que, después de una temporada de fingir que estaba estudiando, me planteé en serio aprovechar todas las técnicas de empollamiento que había aprendi­do. Yo siempre he sido, pese a todo, bastante memorión.

«Un día, hace de esto un par de años, paseando por el Retiro, cerca de una boca del metro, vi a dos quinquis haciendo el trile, estafando a un par de turistas. A mí no se me ocurrió jugar, porque sabía que estaba todo trucado. Pero me dije, ¡Coño, Arturo! Con perdón, señora, digo Pepi. Me dije, digo: En vez de hacer el cantamañanas como estás haciendo, podrías vivir como un cura apostando así, en la calle y haciendo algo entretenido. Apostando, ¿el qué? Ya se lo he dicho: apostando con el código postal de los pueblos».

Arturo sigue explicándose, pasando por alto los gestos de su novia, las lágrimas cada vez más reales de su futura suegra, las muecas de rechazo, incredulidad e interés a pesar de todo del doctor. Liberado definitivamente del corsé de las buenas maneras, su voz va subiendo de tono, mientras que su léxico se hace más y más desinhibido por momentos.

–Una cosa buena que tenemos en la España rural, de provincias como decís aquí en Madrid, es que los nombres de los pueblos tienen significado; tienen su Historia. Aquí la gente dice, vivo en Urgel, porque tiene el piso al lado de una salida de metro que se llama Urgel. ¡Qué cosa más cutre, por el amor de Dios! Mi pueblo se llama Pozo de Quiñones: Quiñones por el río que lo atraviesa, y Pozo porque su origen es un pozo que hicieron los árabes. Con esto quiero decir…

El joven detiene de repente su discurso y se gira hacia su futuro suegro.

–Le voy a aceptar la copita que me ofrecía al entrar, señor Emilio. Pero sólo si me acompaña, que está usted un poco pálido. ¿Hay cointreau? Ya. Entonces ginebra. Sí, sin hielo, a palo seco, tengo costumbre, échele, échele, sin vergüenza, Emilio, sin vergüenza…

Arturo vacía medio vaso de un sorbo y sigue hablando, feliz por poder explayarse ante un auditorio que le escucha en el silencio más sepulcral.

–Pues lo bueno de los pueblos, de mi tierra y de muchos otros sitios, es que tienen nombres como Dios manda, con Historia. Pozo de Quiñones. Toral de Fondo. Laldea de Ríoturienzo. ¿Me comprenden o no? Hay una chavala con la que su hija y yo quedamos de vez en cuando, para foll… que nos pasa los apuntes… que es de un pueblo de Ávila que se llama El Templar de Vegabaja de Bajoz, ¡que se dice pronto!

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