Hagan sus apuestas – Parte 3 y final

Hagan sus apuestas – Parte 3 y final

Tomada la decisión de cambiar de vida, sólo fue cuestión de echarle horas a la guía del código postal, mientras mi padre me mandaba el dinero para pagarme la academia.

«A mitad de los años ochenta, como ustedes saben, entró en vigor en España el sistema de código postal, para optimizar las rutas de reparto de los carteros. Ya conocen el procedimiento del código postal: consta de cinco cifras; las dos primeras indican la provincia, ordenadas alfabéticamente, aunque Ceuta y Melilla las ponen con Cádiz y Málaga (pero eso ya son razones políticas; ya hablaremos algún día de política, aunque yo soy bastante radical, ya se lo digo). No me voy a enrollar explicándoles el criterio de asignación de cada código concreto, y les diré simplemente eso: que desde pequeño me gustaba unir cada código con su pueblo. Astorga 24700, Toral 24794, Pozo de Quiñones 24783, La Nora 24792…

            «Tomada la decisión de cambiar de vida, sólo fue cuestión de echarle horas a la guía del código postal, mientras mi padre me mandaba el dinero para pagarme la academia. Al final, cuando se enteró, se puso hecho una fiera y me prohibió que volviera al pueblo, pero mi madre me mantiene al tanto; malo será que se muera sin perdonarme. Como iba diciendo, todas las tardes, al levantarme, me cogía la guía del código postal y empollaba, empollaba, empollaba… Sarna con gusto no pica. Al final conseguí dominar la materia, provincia a provincia, ruta por ruta. Tardé más de dos años, pero, ya les digo, siempre se me ha dado bien recordar los nombres de los pueblos. Además, había estudiado Derecho y eso curte mucho la memoria.

            «Y así fue como una tarde de invierno me planté delante del edificio de Correos, en la Cibeles, con una mesa plegable, una sillita de playa, papel, boli y una guía del código postal. Desplegué delante de la mesa un cartel hecho con cartulina, que ponía:

            «Me sé toda la Guía del Código Postal.

            ¿Quiere apostar conmigo?

            «Enseguida se paró el primer paseante:

            –Eso no puede ser.

            –¿Qué se juega?

            –¿Qué quiere decir que se sabe toda la guía?

            –Lo que le he dicho, caballero: me sé los códigos postales de todos los pueblos de España, desde Aba, en Cantabria, hasta Zuzones, en Burgos. Usted dígame cuál es su pueblo, y yo le diré cuál es su código postal.

            –¡Pero hombre, no diga tonterías! ¿Usted sabe cuántos pueblos hay en España? ¡Si tiene que haber millones!

            –¿Qué pasa, qué? –terció entonces un anciano, que nos estaba oyendo discutir.

            –Nada, que aquí este joven dice que se sabe los códigos postales de todos los pueblos de España.

            –¡Hagan la prueba, señores! Jueguen conmigo y lo verán. A usted, caballero, que ha sido el primer interesado, hoy es mi primer día en la calle, se lo voy a decir gratis. ¿De dónde es usted, si se puede saber?

            –Bueno, yo soy de un pueblo de Alicante que se llama Benimagrell.

            –¿Y se sabe usted su código postal? ¡No me lo diga! ¡Sólo dígame si lo recuerda!

            –Sí, sí que me lo sé, por supuesto.

            –Pues ahora yo también lo voy a recordar y se lo voy a decir… Benimagrell, en Alicante… Beni, beni, beni, Benilloba, Benillup, Benima­grell… 03550. El código es el 03550, caballero. ¿Sí o no?

            –¡Me cago en la leche jodida! ¡Amigo, usted debería ir a la tele! ¿Cómo demonios…?

            –¡A ver! ¡Búsqueme el mío, el mío!

            –¡Calma, señores! Que yo vivo de esto. Hagan sus apuestas. Si fallo, les devuelvo el doble de la apuesta. No adivino calles concretas, y me tienen que decir a qué provincia pertenece el pueblo. También les digo si hay algún pueblo o aldea de España que coincida con su apellido.

            –Mire, yo me llamo Juan Coy y vivo en Puentedeume, en La Coruña.

            –Su apuesta, caballero. Saque la cartera, que aquí nadie trabaja gratis.

            –Me juego con usted estos tres euros.

            –Tres por su pueblo, y otros tres si doy con su apellido.

            –Bueno, vale. ¡A ver si tiene huevos!

            –Puentedeume, La Coruña… Puente, Puente, Puenteceso, Puentedeume: 15600. ¿Es correcto?

            –¡Pues sí que es ése, sí!

            –¿Se llamaba usted Coy? Cox… Coy… pues sí, hay un pueblo que se llama Coy en la provincia de Murcia. El código postal es el 30812.

            «De inmediato, aquella parte de la plaza se llenó de gente que quería saber el código de su pueblo.

            –¡Yo soy de Sayatón, Guadalajara!

            –¡Búscate La Roda!

            –¡A ver, a ver! Peralejos de las Truchas.

            –¡Corral Rubio!

            –¡Llodio!

            –¡Me llamo Juan Pozuelo!

            «Hasta que aparecieron los guindillas…

            –Buenas tardes. ¿Qué está usted haciendo aquí?

            –No, estamos jugando…

            –¿No sabe usted que está prohibido ocupar la calle sin autorización, y más para hacer esta clase de juegos?

            –Con todo respeto, agente, esta clase de juego no lo han visto aquí en su vida.

            –Este joven se sabe toda la guía del código postal –me ayudó una señora que acababa de apostar.

            –Ni la guía ni la no guía. Aquí no se puede…

            –Un momento. ¿Dice usted que se sabe la guía del código postal? –preguntó uno de los policías.

            –Dígame cualquier pueblo, agente, y yo le diré qué código tiene. No adivino calles concretas, y me tiene que decir a qué provincia pertenece.

            –¿Sabrá decirme Arévalo, en la provincia de Ávila, que yo soy de allí?

            –Pues Arévalo… Arenal, Arenas de San Pedro, Arevalillo… Arévalo: 05200. Puede usted consultarlo aquí, en mi guía, si no se acuerda.

            –Pero esto es increíble –se dijeron los policías, el uno al otro. La gente había empezado a aplaudir.

            –Me estoy ganando la vida sin engañar a nadie, señores.

            –Colmenar Viejo, aquí en Madrid –dijo el otro policía.

            –28770. Lo tengo bien estudiado.

            –Bueno, bueno… Vamos a ver, venga, mire usted; póngase más retirado, al lado de ese quiosco, y no escandalicen tanto. Esto es increíble, amigo. Si no lo veo, no lo creo.

            –Bueno, gracias, agentes, ¿eh? Muy agradecido.

            «El público y yo estuvimos en silencio unos segundos, hasta que se alejaron, y de inmediato seguimos con las apuestas.

            –¿Quieren seguir jugando, señores? Hagan sus apuestas. Si fallo, les devuelvo el doble de la apuesta. No adivino calles concretas, y me tienen que decir a qué provincia pertenece el pueblo. También les digo si hay algún pueblo o aldea de España que coincida con su apellido…

            «Entonces apareció una joven morena, muy bonita y elegante, con un vestido muy corto, me miró con sus enormes ojos y me dijo, con una voz suave y sensual:

            –Me llamo María José García de Andújar.

            –Y en tu casa, ¿cómo te llaman, preciosa?

            «Y así fue, de esa manera tan tonta, como conocí a su hija. Y, bueno, después de tanto tiempo, este mediodía al despertarnos me ha dicho, dice, vente de una vez a conocer a mis padres, que están histéricos por verte. Y aquí estamos. Y así es mi vida, doctor Emilio, Pepi… Estáis todos muy pálidos. Jose, tú también; ya sé que es de la regla, pero tu madre no creo… A ver, tomarse todos una copita. Me parece, suegros, que nos vamos a llevar muy bien, muy bien…

 

Este relato fue finalista en el

Certamen de Narrativa «Ciudad de Arévalo»

en los tiempos del Rey que rabió 😉

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