Hagan sus apuestas – Parte 1

Hagan sus apuestas – Parte 1

El doctor don Emilio García de Andújar, prestigioso estomatólogo con consulta propia en el Madrid de los Austrias, y su mujer, doña Josefa López de García de Andújar, de profesión sus labores, reciben a la joven pareja en el salón principal de la casa, una casa repleta de mármoles, porcelanas y platas.

            Después de mucho insistir, los padres de Maria José, Maché, han conseguido que su niña les presente a su novio Arturo, un joven inteligente y muy bien preparado, que se muestra tímido y educado en su primer encuentro con su familia política.

            El doctor don Emilio García de Andújar, prestigioso estomatólogo con consulta propia en el Madrid de los Austrias, y su mujer, doña Josefa López de García de Andújar, de profesión sus labores, reciben a la joven pareja en el salón principal de la casa, una casa repleta de mármoles, porcelanas y platas.

            Doña Josefa está radiante. Lleva dos días llamando a todas sus amistades para contarles lo de su niña y el novio notario. Sentada en una silla de terciopelo rojo, lu­ce con generosidad sus joyas más vistosas, y ha obligado a su esposo a ponerse traje y corbata.

            (Cuando los jóvenes se presenten por fin, con media hora de retraso, la niña con unas mallas de flores y manifiesta­mente sin sujetador, su novio con barba de dos días y unos vaqueros mal lavados, el buen hombre sonreirá sin darse cuenta al percibir la frustración de su señora.)

            –Encantado de conocerle, doctor Andújar –dice Arturo.

            –Puedes llamarme Emilio.

            –Muchas gracias, doctor. Encantado.

            –Maché nos ha hablado mucho de ti. ¡Hijo mío, casi es como si te conociéramos de toda la vida! –comenta la mujer del doctor, que está a punto de emocionarse y echarse a llorar.

            –Sí, bueno, gracias, señora.

            –¡Hijo mío, qué cumplido eres! Llámame Pepi, ¡que no soy tan vieja!

            –Claro que no, señora. Pepi.

            –Y, ¿cuéntame? ¿Qué te parece la vida de Madrid?

            –¡Mamá, jolín, que Arturo ya hace cuatro años que vive en Madrid! –tercia la niña– ¡Qué pesada eres!

            –¡Ay, niña, y yo qué sé! –se disculpa Pepi, forzando una sonrisa–. ¡Me has hablado tanto del dichoso Arturo…!

            –Su hija y yo somos buenos amigos…

            –De tú, de tú, Arturo. Pepi y Emilio, Emilio y Pepi, que lo mismo monta… Me gusta mucho que salgas con mi hija, porque nos ha dado muy buenas referencias de ti. ¡Ya tenía ganas de conocerte! El otro día se lo dije a Emilio, ¿verdad, Emilio? Emilio, a ver si la niña nos presenta de una vez a su amiguito para que le echemos un vistazo…

            –¡Jolines, mamá!

            Hay un silencio bastante incómodo mientras la madre y la hija se fulminan con la mirada la una a la otra. Don Emilio no hace nada por aliviar la tensión; se diría que disfruta viendo los esfuerzos de todos por ser corteses. Finalmente, Arturo encuentra el hilo de la conversación.

            –Pues la vida en Madrid está bastante bien; se acostumbra uno enseguida. Aunque, claro: yo de vez en cuando me voy a León a pasar unos días…

            –¿A León? ¡Hijo mío, también son ganas de irse le­jos!

            –No, yo es que soy de León, señora, bueno, Pepi. Mi familia es de un pueblo que se llama Pozo de Quiñones, que está más o menos por Astorga, para que ustedes se ubiquen, y entonces, cuando puedo, me cojo el coche y me voy unos días a ver a mi familia, aunque hace más de un año que no voy…

            –Una gran ciudad, Astorga –concede don Emilio–. La catedral, o el palacio episcopal, son de Gaudí. Hay buenos bares de tapas. ¿Aún existe el hotel La peseta, a mano derecha, pasando el puente?

            –Sí, ya lo creo. A menos que lo hayan cerrado.

            –Astorga, Asturica Augusta. Ciudad romana. Gran ciudad.

            –Sí.

            La conversación declina nuevamente.

            –Así que estás a gusto en Madrid –dice Pepi–. ¿Y no echas de menos tu pueblo?

            –¡Jolines, mamá, ni que Arturo fuera un paleto!

            –¡Ay, qué canejo de niña! No me lo tomes a mal, hijo mío. Es que a cada uno le gusta lo suyo. A mí, si me sacan de Madrid, me matan. Bueno; a no ser cuando vamos a La Toja, o a Marbella. Es como quedarse en casa, pero con mar.

            –La Toja la conozco, sí. Muy bonita. En Marbella no he estado nunca.

            –Pues también es muy bonita.

            –No lo dudo.

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