HIENAS

HIENAS

Su brillantez es tan evidente como su arrogancia, no perdiendo la ocasión de hacer referencia a mi calva incipiente de cuarentón o a mi falta de forma para recordarme que tengo casi el doble de edad que ellos. Eso me pasa por darles confianza y reírles la primera gracia.

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Va para ocho meses el tiempo que lleva en la empresa el grupito de hienas veinteañeras recién egresadas de la Universidad. Llegaron dispuestos a comerse el mundo y a demostrar día sí y día también que son la generación mejor preparada. Y vive Dios que es así, si nos atenemos a la soltura con la que despachan problemas de distinta índole y en distintos idiomas: por un lado, se saben tan al dedillo la teoría de costes como la alineación de la selección española de Sudáfrica 2010; por otro lado, ser nativos tecnológicos les permite programar una aplicación como el que levanta el teléfono para pedir una pizza a domicilio.

Su brillantez es tan evidente como su arrogancia, no perdiendo la ocasión de hacer referencia a mi calva incipiente de cuarentón o a mi falta de forma para recordarme que tengo casi el doble de edad que ellos. Eso me pasa por darles confianza y reírles la primera gracia.

Sin embargo, hay cosas que no pueden superar de mi generación, lo cual les irrita sobremanera.

Una de ellas es la tranquilidad con la que procesamos las tareas urgentes. Cuando el jefe nos dice que algo es “para ayer”, ellos se encierran en sus despachos como en un aviso de ataque nuclear, sin comer, a veces sin dormir, mientras me miran salir ojipláticos de camino al restaurante a comer, al tiempo que reservo pista de pádel para las siete.

No, chavales: “para ayer” no es lo anterior al fin del mundo.

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