Hola, soy Aral – Parte 1

Hola, soy Aral – Parte 1

El día en que llegó Aral fue el primero que nevó en las playas valencianas. No fue más que una fina capa de espuma, una telilla de encaje que se podría haber confundido con esos grumos cargados de yodo que el viento le arrebata a la cresta de las olas

El día en que llegó Aral fue el primero que nevó en las playas valencianas. No fue más que una fina capa de espuma, una telilla de encaje que se podría haber confundido con esos grumos cargados de yodo que el viento le arrebata a la cresta de las olas. Al ver caer los copos, los bañistas corrieron en busca de sus teléfonos móviles, los ipads, los iphones y las tabletas, y en vez de deleitarse con aquella lluvia fresca e inesperada empezaron a pelearse buscando el enfoque y el encuadre. En este país todos hemos nacido para Pulitzers.

De acuerdo; es posible que sea un aguafiestas. Mientras los informativos de todo el país emitían una y otra vez aquellas fotos de playas empolvadas y chavalas en bikini haciendo castillitos con la arena y con la nieve, yo movía la cabeza entristecido y recordaba que nunca, ni en los tiempos de mis abuelos, había nevado en las playas de Cullera a primeros de julio.

Cuando me oyó renegar, mi mujer me dijo que ya estaba bien, que a todo le tenía que dar mil vueltas y que le estaba amargando la vida. Entonces me levanté del sofá y me fui a mi despacho a dejar constancia de aquella nevada en el lugar en el que tenía que estar: en mi Caja de los Errores, o de los Horrores.

Encendí el ordenador, busqué entre las carpetas del escritorio, abrí la que había venido a buscar. Una simple tabla con tres columnas –Fecha, Lugar y Fenómeno– y un número mucho más elevado de filas; una por cada síntoma de que este planeta, en el que vivimos, no está sano. Por reducirlo a términos humanos: está bien que pierdas peso, no pasa nada si una tarde te sienta mal la comida, y algún día te puedes levantar y escupir en el lavabo un poco de sangre. Pero si todas las semanas pierdes peso, todas las comidas te sientan mal, y cuando te lavas los dientes tu lavabo parece sacado de una película gore… entonces, amigo, harás bien en abrir los ojos a la realidad e irte al trote al médico más cercano, así en pijama, sin perder el tiempo cambiándote de ropa. Ni siquiera te detengas para apagar la luz del cuarto de baño.

Mientras apuntaba aquella nevada de verano en la fila inferior de la tabla, fui repasando las entradas de las semanas anteriores. A primeros de mayo había habido otra nevada en las costas de Melilla; un día antes, un pequeño tornado había matado tres vacas en una explotación de Menorca. Suma y sigue. Vertidos tóxicos en el Danubio, peces hermafroditas en Taiwán, un río de Irlanda lleno de whisky, el enésimo glaciar desgajado de la Antártida… basura, basura y más basura. Y luego el aguafiestas era yo.

Apagué el ordenador y volví al salón. Acabábamos de empezar el verano en nuestro piso de Carabanchel; un verano que se iba a hacer muy largo. No teníamos dinero para marcharnos ni aunque fuera quince días a Cullera, a ver nevar. Mi sueldo de profesor de instituto se lo llevaba la hipoteca, y Conchi, mi mujer, estaba estudiando oposiciones a enfermería. De manera que nuestros hijos sobrevivían yéndose conmigo a la piscina todas las mañanas, echando las tardes en el parque, pasando los fines de semana en el piso aún más pequeño de los abuelos y peleándose a todas horas por cualquier nimiedad.

Volví a entrar en el salón. Mi esposa aceptó mi compañía con un gruñido, encogiéndose en una punta del sofá para que no le diera calor; habíamos llegado a un punto en que lo único que esperábamos el uno de la otra era dejarnos mutuamente en paz. Conchi estaba harta de que yo me pasara el tiempo quejándome de lo injusto que era el mundo, y yo también me estaba hartando de que todos mis argumentos repetidos durante años no hubieran sido capaces de cambiar ni siquiera un milímetro la manera de pensar de mi mujer; yo, que en otros tiempos había soñado con cambiar el pensamiento del conjunto de la Humanidad… De manera que me centré en el final del informativo, una crónica de archivo sobre esa gente en Inglaterra que se parte de risa rodando ladera abajo para cazar un queso cheddar; luego me pasé al canal de al lado y me adormecí mientras veía las peripecias de unos ñus para cruzar un río que bajaba repleto de cocodrilos.

Pasaron unos minutos hasta que una voz más aguda, más agitada, se impuso sobre la letanía del documental.

–¿Qué hacen los niños?

Sacudí la cabeza y murmuré cualquier cosa, tratando de recuperar la siesta que se escapaba a jirones.

–¡Los niños, que qué están haciendo, que no les oigo!

Estuve a punto de decirle a mi mujer que por qué no iba ella a comprobarlo en persona; sin embargo, no estaba tan adormecido como para bajar la guardia de aquella manera. Los matrimonios en crisis no son como barcos que se hunden; más bien son como campos de minas. Inmensos campos yermos, con las cosechas agotadas y millones de cargas de profundidad dispuestas a estallar a la menor pisada y a seguir estallando durante horas o días. De manera que me erguí en el sofá. Conchi se había retrepado en su rincón y me miraba detrás de un fajo de apuntes, con un punto de impaciencia. Ojos entornados, labios fruncidos. Mientras algunos duermen, otros estamos estudiando muy duro; era lo que me decía aquella expresión, lo que ratificaba su cuerpo tenso como un resorte.

Me desperecé con un suspiro. Demasiado tarde. Conchi apartó sus apuntes con brusquedad, se puso en pie de un salto y salió del salón rezongando, mientras yo me dejaba caer en los cojines recalentados del sofá. El verano iba a ser largo, muy largo.

Los pies descalzos de Conchi se alejaron pisando el parquet con esa autoridad que sólo saben transmitir las madres que van a poner orden. Oí cómo abría la puerta de la habitación de los niños. Se quedó callada unos segundos y luego pegó un grito increíblemente agudo, un aullido que me aceleró el corazón y me hizo saltar del sofá como un animal en fuga, exactamente igual que los ñus que al otro lado de la pantalla del televisor daban brincos sobre las aguas repletas de cocodrilos amenazantes.

–¿Qué es lo que has hecho? –gritó Conchi, refiriéndose sin duda a nuestra hija pequeña.

Tenemos dos hijos, Carlos y Sara; uno de siete y la otra de cinco años, pero a ojos de mi mujer siempre es la pequeña la que anima al mayor a que haga cosas malas. Una actitud de la que ella no es consciente, que no sé si se debe a machismo o feminismo, pero que me demuestra que las malas relaciones entre madres e hijas son algo que se hereda, como el color de los ojos. Ella misma es incapaz de pasar más de media hora al lado de su madre sin que las dos nos empiecen a dar por saco en estéreo a los demás.

Recorrí el pasillo con rapidez, algo más tranquilo al escuchar las voces de protesta de los dos chiquillos. Por lo menos, no se habían abierto la cabeza ni se habían tirado por la ventana.

Nuestro piso era pequeño, pero muy mal repartido. Un pasillo al que se abrían, uno tras otro, la cocina, el salón, el cuarto de baño y dos habitaciones. Todos ellos encarados al maldito sol poniente que convertía todos los espacios en un cocedero a partir de las tres de la tarde.

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4 Comments

  • Consuelo
    5 julio, 2016, 0:26

    Me gusta. Para cuándo la segunda parte?

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    • Redaccion@Consuelo
      5 julio, 2016, 8:09

      Nos alegra que te guste. Cada día, de lunes a viernes una parte de los relatos de Antonio Beltrán. Un saludo

      Redacción de El Sol de Lorca

      REPLY
  • Cristina
    5 julio, 2016, 10:04

    Qué bien escrito!! Quiero más!!
    Menudo fichaje, Antonio Beltrán!!!

    REPLY
  • Juan Carlos
    5 julio, 2016, 10:57

    Es lo que le pido a un relato …. que te enganche desde el principio… Bravo Antonio !!

    REPLY

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