Hola, soy Aral – Parte 2

Hola, soy Aral – Parte 2

En aquel hogar paralelo al nuestro, la caótica habitación en la que mis hijos dormían, jugaban y se peleaban era una salita para coser y planchar, con un armario gigantesco, una tele pequeñita, un radiocassette e incluso un reloj de péndulo.

–Pero, ¿qué ha pasado aquí? –siguió gritando mi mujer. La aparté con suavidad para poder mirar al interior del cuarto de los chicos, ganándome un bufido por mi desconsideración.

Carlos y Sara estaban en un extremo de la habitación, junto al armario en el que tienen sus muñecos y sus libros. Estaban cogidos de la mano como Hansel y Gretel perdidos en el bosque.

            En la mitad derecha de su habitación había aflorado un lago.

Un lago de forma ovalada, de tres metros de diámetro, con unas aguas claras y rizadas en las que se reflejaba un cielo azul y con nubes blancas.

            –Pero, ¿qué habéis hecho? –murmuré.

            –Ha salido solo… –me explicó Carlos.

            –Estábamos jugando –dijo Sara.

            –¿A qué narices estabais jugando? –gritó Conchi, haciendo llorar a la pequeña. Di un par de pasos; me arrodillé para recibir a aquella muñeca hermosa y desconsolada, la calmé con un beso y miré el charco.

            –Una fuga. Tenemos una fuga de agua en pleno mes de julio. Y en viernes.

            –Papá, ha salido del parquet –me dijo Carlos, cogiéndome del brazo con energía–. Estábamos jugando a Patricio y Bob Esponja y Calamardo, y de pronto la madera se ha enfriado y ha empezado a salir agua, poco a poco, hasta que lo ha llenado todo.

            –Carlitos ha bebido –se chivó Sara.

Mi hijo le devolvió una mirada cargada de rencor.

            Asentí de manera maquinal, solté a mi hija y me arrodillé junto al charco.

            –Es bonito –murmuré.

            Aquella lámina de agua llenaba de reflejos móviles las caritas de mis hijos. La propia Conchi parecía más serena, más relajada, al sentir su cuerpo sudoroso acariciado por el reflejo de aquella luz tan fresca y viva. Metí los dedos; sentí un escalofrío de placer por todo el cuerpo, unas ganas tremendas de empezar a beber y a beber, de mezclarme con la naturaleza salvaje que impregnaba cada una de las gotas de aquel charco. Agua pura, agua que la civilización, con sus vertidos de basura y sus embalses de hormigón, no había sido capaz de contaminar.

Sumergí la mano, luego el antebrazo… traté de encontrar al tacto, por la vibración, el punto de donde salía la fuga. Mis hijos se sumaron a la búsqueda, chillando de frío y de placer. Nuestros dedos se rozaban bajo la superficie como peces de un acuario a los que acabasen de poner en libertad.

            –Hay que llamar enseguida al Canal de Isabel II –me instó Conchi.

            Me puse en pie; sentí un escalofrío cuando unas gotas de agua helada cayeron sobre mis piernas húmedas por el sudor. Al otro lado de la ventana Madrid seguía asándose bajo el calor implacable de las cuatro de la tarde.

            –Lo que hay que hacer es avisar a los vecinos de abajo –resolví–. Aquí hay mucha agua embolsada y les puede caer encima el falso techo.

            –Pues se marchaban hoy mismo, así que, como no te dés prisa…

            Me vestí y bajé las escaleras. Por los pelos. Arturo y María ya estaban cerrando la casa rumbo a Benidorm. Eran un matrimonio cincuentón, sin hijos; buena gente, aunque quizás demasiado predecibles. Cuando les conté que teníamos una fuga de agua en una de las habitaciones, él se cagó en la leche varias veces y ella hizo el ademán de arañarse la cara como la protagonista de una película de terror.

            –No puede ser –zanjó él.

Estaba plantado en el umbral de su casa con la expresión firme de aquellos centinelas antiguos que mantenían a raya a los mendigos que portaban la peste en sus harapos. Me puse en su lugar. Su vecino de arriba, el rarito, el progre, era lo único que se interponía entre ellos y sus ansiadas vacaciones de tres semanas en Benidorm. Cuando María empezó a verter lágrimas silenciosas, pero muy reales, me sentí el hombre más malvado del planeta.

–Tira para adentro, vamos a ver –le invité.

            A Arturo le temblaba la voz mientras avanzaba por su pasillo, gemelo del mío pero con moqueta en vez de parquet.

            –Me cago en la leche… pero si acabo de revisar todas las habitaciones…

            –Pues, chico; yo no sé lo que ha pasado… –me disculpé, aunque en realidad no tenía la culpa de nada.

            Avancé los últimos metros esperando pisar agua en cualquier momento. Cuando Arturo se detuvo junto a la puerta de la habitación temí que nos barriera una ola gigante como en los dibujos animados. Abrió la puerta, encendió el interruptor.

            Nada.

En aquel hogar paralelo al nuestro, la caótica habitación en la que mis hijos dormían, jugaban y se peleaban era una salita para coser y planchar, con un armario gigantesco, una tele pequeñita, un radiocassette e incluso un reloj de péndulo.

            –Se me había olvidado parar el reloj –dijo Arturo, ajeno por unos segundos a la amenaza del agua.

María me apartó con un empujón poco disimulado y atravesó la habitación con la vista clavada en el techo. Descorrió las cortinas, subió la persiana, inspeccionó cada centímetro de las molduras e incluso trató de meter la cabeza por el pequeño espacio que quedaba entre el armario y la pared.

            –Aquí no hay nada. ¡Aquí no hay nada, joder! –protestó; era la primera vez desde que la conocía que la oía soltar un taco.

Mis vecinos me miraron con enfado, y, la verdad: a mí también me hicieron enfadar. Yo no estaba loco; aún sentía las yemas de los dedos frías por el contacto con aquella agua helada. De manera que, tras dirigirle al techo una última mirada rencorosa, me apoyé en uno de los costados de la puerta y les desafié:

            –Pues la habitación de mis hijos está inundada.

            Salí de aquella habitación y me dirigí a la de al lado. Encendí la luz. Una cama de matrimonio con cabecero de latón, retrato de boda y crucifijo en la pared, dos mesitas de noche, una silla, un tocador. Y el techo seco. Recorrí el piso de punta a punta, abrí puertas, encendí luces. Sé que fue una grosería, pero estaba tan desconcertado que no se me ocurrió pedirles permiso. María me siguió dócilmente, apagando las luces y cerrando las puertas tras de mí. Todo estaba en perfecto estado de revista; a punto de empezar una espera de tres semanas hasta que sus propietarios volvieran de las vacaciones de verano.

            Volví a la salita. Arturo se había subido a una silla para ver el techo más de cerca, descalzándose antes para no ensuciar el tapizado con los zapatos. Sentí una especie de ternura hacia aquellos dos jubilados que sólo querían tener la fiesta en paz.

            –Ten cuidado, que te vas a caer –le gritó su mujer, lo que casi provoca el efecto que estaba tratando de evitar.

            Mi vecino nos miró desde arriba con la misma expresión que Zeus tonante antes de lanzar el primer relámpago y negó un par de veces con la cabeza. Ni se iba a caer, ni allí arriba había agua.

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